viernes, 10 de octubre de 2008

FIESTAS DE ORIGEN HISPÁNICO


La primera parte del libro [de Sergio Quijada: "Estampas Huancavelicanas"] ofrece una reseña de las fiestas patronales de los puebbs de Huancavelica: las del Niño Callaocarpiño, del Niño Ojje, del Niño Perdido, de la Navidad, de San Sebastián, de la Semana Santa y de las cruces, celebradas en la misma capital; y del Señor de Acoria, Virgen de Lircay, Virgen de lzcuchaca, señor de Jechjamarca, etc. Lo que más llama la atención de estas descripciones es que se trata de cultos instituidos por los españoles, muchos de los cuales fueron reelaborados, adaptados, reinterpretados y refundidos por el pueblo andino; y, otras veces, simplemente yuxtapuestos.

El origen de estos cultos lo explica el pueblo mediante leyendas que difieren unas de otras. Según estas versiones, las fiestas, habrían sido promovidas no solamente por los sacerdotes sino también por los dueños de las minas, como el caso del Niño CaIlaocarpiño, junto con su negrito Jacobo Illanes o Puca uchucha, hizo que el cerro de Santa Bárbara y sus adyacentes brindasen las ingentes riquezas mineras que guardan en sus entrañas (p. 20). San Roque, el patrón de Castrovirreyna, está igualmente relacionado con la minería; según la leyenda, es dueño de una rica mina de oro (p.104). Algunas ceremonias como la adoración de los Reyes Magos o la del Niño Ojje, conservan todavía el antiguo libreto de su dramatización (que, muy bien, pudiera ser una reproducción de las Natividades de Juan de Encina o Gil Vicente), reescrito, claro está, una y otra vez, por los fieles. Lo mismo puede decirse de los villancicos, reinvenciones populares, desde su origen en la Europa medieval.

Entre este abundante material sobre fiestas religiosas, el interesado podrá encontrar, de paso, elementos para explicar la historia de la región. La adoración del Niño Perdido, por ejemplo, es una representación simbólica del problema racial y social del negro. Cuenta la tradición que este niño se habría desprendido de los brazos de la Virgen para dirigirse a una hacienda donde trabajaban esclavos de origen africano. La fiesta es, por eso, una exaltación étnica del negro, sobre todo, de sus bailes y canciones (pp. 41-43). La festividad de San Sebastián, la más celebrada en Huancavelica, no es más que la secular escenificación de la batalla de moros y cristianos, que se practica todavía en muchas lugares de México y Centroamérica. En esta danza los actores terminan, a veces, en una feroz pelea.

La fase más importante de todas estas celebraciones es, desde luego, la corrida de toros, que da lugar a una serie de ritos que duran dos y tres días (la recepción de los toros, el velakuy, el arreglo de las enjalmas y la corrida misma).

En algunos pueblos, como Caja Espíritu (Prov. de Acobamba), la epifanía de la Navidad está fuertemente penetrada por el espíritu nativo. Las competencias entre los conjuntos de bailarinas -el pascuachkuson, por ejemplo- no son sino una versión del atipanakuy prehispánico (p.1tK). En estas fiestas, además, es frecuente escuchar hayllis, en vez de villancicos (Cf. Heraclio Vivanco Allende, 17 villancicos quechuas del folklore peruano, Lima, s/f, pp. 54-57).

También aquí tiene una presencia relevante el negro que, por intermedio del conjunto de "los negritos" simula llegar de la costa, con su cargamento de vino y pisco. Su intervención destaca igualmente en la fiesta de Navidad de Acobamba. Un grupo de danzantes se disfraza de negro y actúa en forma jocosa y cómica. Lo que hace suponer que esta costumbre fue promovida por los comerciantes que ejercían el arrieraje entre la costa y la sierra o por las esclavos llevados a las minas (p. 117).

La fiesta es una reconstrucción histórica y social de las formas de trabajo, practicadas en la época colonial, donde están presentes "Los caporales" (que obviamente, personifican a los administradores del mismo nombre), "los chutos" (o sea, los campesinos) y los "negritos": Los mayordomos son, por cierto, los propietarios de las haciendas y de las minas (pp. 117-118).
La fiesta de las cruces es, evidentemente, de origen hispánico y católico. Sin embargo, en ella también puede verse la modificación que sufre la cultura dominante en contacto con la cultura subalterna. Los organizadores del culto (que, por lo general, son las familias más pudientes de la localidad) toman esta celebración como diversión y medio de obtener recursos económicos; en tanto que la masa campesina la asume con una veneración y "una abultada credulidad", según dice el autor, "con la seguridad de que ella representa el santo custodio de las buenas cosechas, la que calma las iras de las agentes de la naturaleza, la que defiende la salud y en la que el arriero deposita su confianza para que durante el viaje no tenga percances ni sea dura la fatiga; para que no le parta el rayo o no sea obstaculizado por los malos espíritus" (p. 62).


Este culto tiene un enorme arraigo en los países andinos, según lo registra el libro La cruz en América de Adán Quiroga. Respecto a esta misma devoción, Josafat Roel Pineda ha dejado valiosas transcripciones musicales de filiación netamente indígena. Hay un caso muy singular en que el mismo culto es practicado en dos fechas diferentes y por grupos sociales opuestas. Es la fiesta de la Virgen Purísima que se celebra en Pampas. La misma imagen es venerada por los indios en diciembre y en enero por los notables. En aquella prevalecen los ritos andinas. En ésta, se reproduce la tradición hispánica feudal. Carvallo-Neto habría podido encontrar aquí un rico material para su estudio sobre las relaciones de castas y clases sociales en el folklore.

El carnaval es otra de las grandes fiestas que se celebran en la sierra y que ha arraigado profundamente en el mundo andino. Hasta ahora, nadie ha estudiado la forma cómo esta antiquísima costumbre (de origen románico y pre-románico), introducida por las españoles durante la colonia, logró fundirse con las fiestas nativas. En muchos lugares del país, el carnaval está totalmente indigenizado, según puede verse en los estudios de Víctor Navarro del Águila, Chalena Vásquez y Abilio Vergara, dedicados al carnaval andahuaylino y ayacuchano, respectivamente. Quijada Jara se ocupa de esta fiesta en varias estampas.
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Manuel Baquerizo: Sergio Quijada Jara y la cultura popular andina.
Imagen 1: Óleo, Titulo: Fiesta patronal, Autor: Hercilia Ylarreta, 1994 / Imagen 2: Óleo, Título: Fiestas patronales, Autor: Vicente Alonso 2007 / Imagen 3: Óleo, Título: Retablo de Jesús, Autor: Alfredo Gramajo, 1930.