martes, 14 de octubre de 2008

EL GALGO DE UYSUS


Saposaqta presenta esta vez una obra nueva en el género narrativo. Se trata de un cuento de Miguel Ángel Alarcón León (40). Él es pampino de nacimiento, profesor de Matemática y Física, graduado en la Universidad Nacional del Centro del Perú, y actualmente se desempeña como especialista en Educación de la Unidad de Gestión Educativa Local (UGEL) de Tayacaja. Alarcón publicó en 1986 un poemario titulado “Amor en primavera”. En setiembre de este año publicó su libro “Cuentos Andinos y Poesías”, del cuál extraemos “El galgo de Uysus” donde se aprecia su capacidad narrativa, la misma que describe la historia con un lenguaje sencillo y profundo en contenido.

EL GALGO DE UYSUS

De cualquier parte de Pampas, si elevas la mirada hacia el norte, observarás un alcor de singular performancia, parece un picacho, concluye en una puntita, y hasta alguna vez confundieron con un volcán; ese cerrito que a la distancia se ve, se llama Uysus. Por sus al rededores en las partes bajas bufandean lugares como Ccasapata, Qonchapallana, Pueblo Libre, etc.

Uysu, para los quechuas, es el codo que forma el mango de la chaquitaclla en su parte más alta. Los antiguos lo llamaron así, por tener el cerro la forma de codo; pero castellanizado lo llamaron Uysus; pareciera tocar el cielo. Por su singular forma se ve cual atalaya, del que se domina todo el valle y hasta se controla la imagen del majestuoso Yanapadre; en cuyas laderas reposa el ancestral e inolvidable Viñas. Los antiguos pobladores ocuparon las zonas más altas en su propósito de controlar sus ganados y siembras; de ese modo, también no eran vulnerables a las inundaciones y huaycos, además infranqueables para las épocas de guerra.

Al caer el imperio Wari en los albores del siglo XII D.C.; los Chancas entraron en apogeo; poblaron principalmente las regiones de Apurímac, Ayacucho y gran parte de Huancavelica. A diferencia de los waris que tuvieron ciudadelas; los Chancas vivieron en pequeñas comunidades proliferadas en las partes más altas de los lugares que estaban bajo su dominio; tenían dos jefes de comunidad, uno para la época de paz y otro para la guerra; tal es así que en su intento de querer expandir sus dominios hasta la región Cuzco, fueron derrotados en una cruenta batalla por los Quechuas; quienes al mando de Pachacútec sometieron todos los dominios Chancas, desapareciendo para siempre esta cultura en los epílogos del siglo XIII; cuando en el viejo mundo, La Santa Inquisición hacía de las suyas.

En Uysus existen vestigios de pobladores antiguos; hay ruinas de construcciones circulares de piedra y barro; tan igual que en Ayaorcco; cuevas donde sepultaban sus muertos en las partes inaccesibles, con restos humanos y de vasijas de barro; hasta un enorme molino de piedra; posiblemente de la Cultura Chanca. Los lugareños que tientan llegar a esos lares, hacen sus pagas para evitar los daños y rendir pleitesía al Apu, dios tutelar de la cultura andina. Al llegar los españoles, lo consideraron como dominio de los gentiles y para librar al gran Uysus del espíritu de los demonios, obligaron a muchos indios de la zona y a fuerza de sometimiento hicieron colocar una enorme cruz de madera en la misma cumbre como señal de aplastamiento, un dios sobre otro. Hasta hoy los pobladores de Hualhuayocc veneran cegados por la fe católica y levantan todos los años llevados por los quirmas a tan accidentado lugar como prueba de fe, valor y fortaleza.

Entre esos riscos cubiertos de espinos, charamuscas, tayas, cactus y abundante ichu que han cubierto casi por completo las ruinas; se chamuscan muchas historias y cuentos repletos de tetricidad y aventuras como la que sucedió hace algunas décadas atrás, cuando por entonces las cosechas de cebada, trigo y otros cereales se hacia mediante el pisoteo de baile, llamado Huaylas de trillar; hombres y mujeres de toda edad se reunían en las noches de luna y bailaban sobre el producto tendido en las pampas preparadas especialmente, llamadas “eras”; cantando los festivos jarawis y calentados por algún licorcito de la zona.

Era una de esas noches de plenilunio, el viento de la tarde otoñal había dejado límpido de nubes el cielo andino; en esa cumbre cubierta de frío serrano se habían apagado los trinos y encendido los grillos. A lo lejos se oían uno que otro alarido monótono traídos por alguna ligera ráfaga de viento viajero que se perdía en las crestas de los abismos del gran Uysus.

Todo estaba en calma, los jóvenes iniciaron con la faena de trillar la cebada del viejo Abraham; los varones provistos de palos curvos para golpear la cebada y las mujeres con unas horquetas para voltear la paja. El silenció se alejó del lugar por los cantos y jarawis propios de la costumbre ancestral, se formaron las rondas y todos a triscar. La noche estaba despierta en aquel pequeño lugar del planeta; el disco plateado de la luna se arrimaba hacia el cenit borrando cada vez más la pálida sombra de las montañas orientales. Los macctas seguían con su faena infatigable y las pasñas cantaban hasta ronquear sus gargantas que solo se remediaban con un trago de caña.

Era preciso un descanso, todos se pusieron a picchar su coquita, entre risas y chascarrillos; en un instante el silencio empezó a reinar, sin presagiar que a esa hora de la noche, cuando la luna ya se colgaba en lo más alto de la bóveda estrellada, se oyó de pronto por las crestas de Cullcusmoqo un silbido agudo y profundo que hizo resonar a los cerros con su eco; todos estremecidos empezaron a temblar por el extraño y horrible chiflo que por los oídos penetraba hasta sentirlo en la médula de los huesos; el aire empezó a zumbar y chocar estrépitamente contra el tejado de las casas y como en fracción de segundos desapareció. De pronto y ya más cercano se levantó un alarido tremendo que parecía un grito de dolor arrancado de las entrañas de la humanidad con horror, hasta formar los ecos lastimeros en las montañas. Los perros de las casas aledañas al camino saltaban en jaurías a destrozar al “viajero”, pero extrañamente volvían a sus casas gañendo como si pegados por una pedrada. El ambiente se tornó tétrico, nadie decía nada, sus cabellos estaban hirsutos de horror; en unos instantes todo pareció animarse, pero con un movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian a la vida y como si entre sueños se volviera a la calma; todos se miraron unos a otros – imataq chayqa- ¿Qué cosa es eso? – se decían; mezclando sus sentimientos entre asombro y horror observaban atónitos la entrada del camino que sigue a Cheqchecancha a pocos metros de la “era”, separado por una acequia.

Una vez calmado el ambiente, comenzó a oírse un acorde lejano de pisadas sigilosas que pudiera confundirse con el zumbido del aire; pero que cada vez se hizo más perceptible y apareció tras una sombra, una silueta casi inofensiva de un enorme perro galgo de color negro; sus largas orejas y colgantes era vistoso a la luz lunera; detuvo por un instante sus patas largas y continuó misteriosamente su camino después de echar una mirada brillosa. Teodomiro; el de la barba roja, se levantó como impulsado por un resorte, cogió su palo curvo y se fue tras el “animal” ante la mirada atónita y espantada de los trilladores.

En el recodo del camino ya estaba por alcanzar a la enorme “bestia” para golpearlo, cuando éste se detuvo; empezó a sentir temor el osado gañán; pero su miedo luchaba aún con su valentía de ebrio, se acercó más, pero, fue grande su horror al ver el rostro del “galgo”, sus blancos colmillos sobresalían de sus descarnadas mandíbulas, de las oscuras cavidades de los ojos de su calavera brillaba una extraña luz de fuego y tenía un olor nauseabundo. Sus nervios saltaron por una emoción tétrica, chocaron sus dientes, le asaltó un temblor corporal imposible de controlar, hasta sentir un frío profundo que caló sus huesos, con violencia latió su corazón y al zumbar agudamente sus oídos, cayó a tierra sin conocimiento y no vio más…

Al ver que Teodomiro no volvía, sus compañeros llenándose de valor fueron en su búsqueda y hallaron tirado en el camino sin conocimiento, pálido y botando espuma por la boca sumido en un delirio profundo. Le acudieron con los auxilios primeros, pero se recuperó de los delirios al cabo de unos días.

La noticia se supo en todo ese lugar; pues al día siguiente encontraron por el camino, muchos perros mordidos el cuello por enormes colmillos, desde entonces los lugareños temieron por los perros finos y es costumbre hasta ahora por ese lugar no criarlos. Si vas por Qasapata solo encontrarás en todas las casas, perros chuscos dedicados a la ovejería…

Autor: Prof. Miguel Ángel Alarcón León
De : Cuentos Andinos y Poesías
Edit. Septiembre del 2008

Imagen: "Isla de perros", óleo de Fernando Aceves Humana