martes, 16 de septiembre de 2008

LUCERO

Saposaqta, en su afán de difundir la narrativa tayacajina actual, presenta en esta oportunidad el cuento corto "Lucero" de Herman Canales, el cual forma parte del libro Pampas de leyenda, del mismo autor.


LUCERO

Buco, era un familiar muy cercano y amigo. Un personaje tranquilo, modesto, introvertido, criaba en su fundo “Valiana” una pequeña ganadería de vacunos criollos, y entre ellos destacaba un hermoso toro juguetón que lo había criado desde que nació, ya que la madre del becerro había muerto al tenerlo. Buco tuvo que conseguirse un biberón y alimentar a su mascota hasta que pudiera valerse por sí mismo; lo adiestró para que jugara con una capa y lo toreaba en la pampa arrancando los aplausos del público, que consistía en curiosos y amigos que se daban cita para ver como el émulo de Manolete hacía una serie de suertes con la capa. El torito era limpio y respondón, de color enteramente negro con una mancha blanca en la frente, por cuyo motivo le habían puesto de nombre “Lucero”. De buena alzada, de unos 300 kilos de peso y, según los entendidos, de muy buenos “pitones”. Todo el pueblo estaba enterado de las habilidades del animal como toro de lidia, y por esa razón ya era costumbre verlo en las improvisadas plazas de toros, pues los organizadores de las tardes taurinas lo alquilaban para amenizar los eventos taurófilos.

Cuando salía el animal al ruedo, se paseaba campante por toda la plaza sin que ningún aficionado a la tauromaquia se atreviera a torearlo; el toro desafiante embestía furiosamente a todo ser que se movía, provocando gritos de entusiasmo o de temor, en todo caso. El público asistente siempre estaba a la espera de que algún par de imprudentes se animaran a lucir sus dotes de “mataor” y fueran cogidos, para de esa manera comentar que “la corrida fue muy buena, pues hubo dos muertos”. Parece que antaño, la cantidad de difuntos en las corridas era garantía de la bondad de estos eventos. En cualquier caso, el animal regresaba vivito y coleando y sin sufrir rasguño donde su dueño. Las grandes tardes taurinas, que se organizaban en las fiestas de enero, eran precedidas por dos días de recepción de toros: el primer día en el barrio de Ccaruaturco, y al día siguiente en Chalanpampa, donde los “obligados” donaban un hermoso toro al Mayordomo de la Fiesta, y además de donar el toro, tenían que armar su kiosco donde ofrecían refrescos, chicha y cerveza a los amigos y allegados, y cabalgaban en briosos corceles de paso, enjaezados con elegantes arneses y pellón sampedrano, luciendo su vestimenta de chalanes que ostentaban muy orgullosos en esa única ocasión. Después de los dos días de recepción de toros, se programaba una tarde taurina, se improvisaba una plaza de toros cercada de vistosos palcos que cada familia mandaba construir y, con un programa especial en el que salían hasta veinte toros de “lidia”, tendenciosamente dedicados a las entidades públicas, principales autoridades y personalidades de la localidad. Estos toros eran bautizados con nombres muy pintorescos o estrambóticos, según las características del personaje, y muchas veces se aprovechaba esta costumbre para aludir en forma sutil y disimulada al “homenajeado”. Las divisas o enjalmas eran artísticamente confeccionadas y donadas por las principales damitas de la ciudad, así que los jóvenes que pretendían llamar la atención de la dama de sus sueños, tenían que quitar la divisa amarrada al lomo del toro; de esa manera demostraban su arrojo y valentía y guardaban la prenda como un trofeo de valor sentimental. Mayormente las corridas eran solo con personas aficionadas al toreo, ya que llevar a un torero profesional se hacía muy difícil.

Fue en una de las tantas del 20 de enero que los organizadores de la corrida de toros tomaron contacto con un personaje muy popular de la época, y a quien le pusieron el apodo de “Guaracha”, por su afición al popular baile. Este personaje, al emigrar a la capital en busca de nuevos horizontes y un futuro mejor, se aficionó a los toros, y formó con algunos compañeros una cuadrilla de novilleros que realizaban sus faenas en provincias. Tenían sus reglamentarios trajes de luces y, por supuesto, se habían convertido en auténticos profesionales del arte taurino. Pues bien, nuestro amigo “Guaracha” fue contratado para la gran corrida de toros en honor a la Virgen Purísima, Patrona de la ciudad de Pampas, y como no existen toros de lidia y había que salvar el espectáculo, “Guaracha” se contactó con Buco y le alquiló a su engreído “Lucero”, asegurándole al propietario que nada malo le ocurriría a su querida mascota. Llegado el momento de soltar al famoso toro, “Guaracha” le salió al encuentro vestido con traje de luces, empezó a torearlo y todos los pases que hizo le salieron magníficos; el público muy entusiastamente gritaba un ¡0lé! a cada pase que daba: Una vez que terminó la primera parte, o sea el primer tercio, mandó tocar con un músico la trompeta anunciando el segundo tercio. Salió luego premunido de sus banderillas y acribilló al pobre animal con tres pares, y todo el pueblo veía con admiración que la corrida era de verdad, por primera vez en su historia. Después de la faena de los banderillazos hizo tocar nuevamente la trompeta, para tomar la muleta y seguir con el tercio reglamentario, a lo que el noble animal respondió maravillosamente. Se arrodilló, hizo la “suerte de Procuna” y finalmente, en un arrebato de entusiasmo, pensando tal vez que se hallaba en una plaza de toros de España o por lo menos en Acho, le dio la estocada al animal matándolo en el acto y limpiamente. Hizo una faena completa, como para ganar el Escapulario de Oro de la Feria del Señor de los Milagros, cortando orejas, patas y rabo. Fue largamente ovacionado y cargado en hombros; mientras tanto, los amigos de Buco, al ver que el animal había sido sacrificado, fueron con la noticia donde el dueño del toro contándole minuciosamente todo el episodio y la muerte gloriosa de su fiel mascota.

Buco, al escuchar la noticia, montó en terrible cólera y se fue a buscar al torero para matarlo. “Ojo por ojo, diente por diente, vida por vida”, pero no logró cumplir su cometido, pues el Cordobés pampino había sido advertido que el dueño del animal lo buscaba no precisamente para felicitarlo por su magistral faena. Ante este peligro, “Guaracha” tuvo que huir por los arrabales para refugiarse en las alturas de Yarqakancha, de donde tomó un vehículo hasta llegar a Lima. La corrida de toros fue inolvidable para muchos, especialmente para Buco y Guaracha; el primero, que buscaba con furia homicida al asesino de su torito, y el segundo, por haberse consagrado en una inolvidable tarde taurina en Pampas.

Muchos años después, nos encontramos con “Guaracha” en su recreo-bar, al que había bautizado con el nombre de “Pampas”, y entre bromas y chascarrillos se nos ocurrió preguntarle por la memorable tarde taurina de la cual había sido protagonista, y él, evocando con aire nostálgico su pasada gloria, nos confesó que había procedido mal, pero lo emocionó tanto encontrar un magnífico ejemplar de toro de lidia, que se olvidó de las promesas y toreó hasta las últimas consecuencias. De tarde en tarde tenemos la oportunidad de alternar con el amigo “Guaracha” y recordar a Buco, a Pampas y a Lucero.

SERIE: ESCRITORES TAYACAJINOS
Del libro: “PAMPAS DE LEYENDA”
Autor: Hernán Canales