domingo, 6 de mayo de 2012

RECUERDOS DE SALCABAMBA




Reproducimos un artículo publicado en la Revista “Rebeldías” en el siglo pasado, crónica escrita por Ángel Prialé, donde sus escritos son de vital importancia de la historia de Huancavelica.

En este artículo encontramos en detalle cómo se veía por aquel entonces el “hermoso pueblito" de Salcabamba, de aspecto urbano humilde, pero cuyas bellezas naturales lo convierten en un rincón poético inolvidable. Sus casitas son rústicas en su mayor parte; algunas cuantas de aspecto mejor acabado por pertenecer a hacendados de la zona, otras con techumbre de paja, se hallan enfiladas en dos hileras, que hacen un remedo de calle.

El pueblito presenta un declive notable que causa gran fatiga en el forastero y además, caracteriza, de forma peculiar, el andar de los vecinos.

Durante el día, la naturaleza comunica alegría y vida, pero las noches son lóbregas y silenciosas, causan terror por su espesa oscuridad y obligan al refugio. Salcabamba ha sido en otras épocas centro de grandes fiestas en la que los hacendados se reunían haciendo gala de riqueza y de generosidad. Allí se vieron arder monumentales castillos de fuegos artificiales, notables corridas de toros y grandes jugadas de gallos; los aficionados al cabalgar lucían arreos de plata en caballos de primera clase; se daban grandes comilonas, solo igualables por las bodas de Camacho.

Salcabamba fue lugar de notables como don Eusebio Morales, don Matías Arana y otros, que pasaron por este mundo viviendo una larga vida de satisfacciones.

Al hacer estos apuntes, dice Ángel Prialé, no se puede olvidar a uno de los mas originales caballeros andantes de este mundo, propietario de un flaco rocín, chiste en los labios y hambre en el estómago; el tío Juan Rivas cuya historia cuenta que en una ocasión se reunieron los vecinos de Salcabamba y resolvieron sentenciar a la pena de la horca al buen tío Juan, por el delito de traición a la Patria. Una vez en prisión nuestro Quijote de aquellos montes y serranías se sintió un héroe, un mártir y creyó en la inmortalidad de su nombre.

Aproximándose la hora de su ejecución fue llevado al cementerio en donde se levantaba amenazante la siniestra horca. El tío Juan, lloroso se despidió de sus fieles amigos y encomendó su alma a Dios; hizo testamento verbal dejando su caballo flaco, a su único patrimonio, a su sobrino José Abad.

El momento era solemne, ni una sola voz interrumpía el silencio. La brisa mecía suavemente las hierbas silvestres que como homenaje de la naturaleza, adornaban las tumbas de los olvidados.

El verdugo colocó la soga homicida al cuello delgado y duro del tío Juan, que parecía dispuesto a victimarlo cuando los acompañantes prorrumpieron en estridentes carcajadas y retornaron al pueblo vivando al héroe, el tío Juan.

Se había tratado solo de una macabra broma.

La clase dominante en aquella época eran los hacendados, quienes manejaban el monopolio de propiedad de la tierra y dentro de estas, vivían familias de campesinos quienes disponían de ciertos sectores asignados para realizar su propia siembra o crianza menor de ganado a cambio de de retribuir con su trabajo, el laboreo en las siembras y cosechas del dueño, el cuidado y pastoreo del ganado; y por turnos (semanal o quincenal), el servicio domiciliario, tanto en la misma hacienda como en la ciudad.

De este sistema salió el “pongo” que viene de la palabra quechua “puncu” que eran servicios de mano y de mandado. Otros servicios incluían al “yanaconaje”, quien hacía uso de tierra y pagaba con parte de su cosecha y, en algunos casos, el “partidario” sembraba a medias con el patrón. Era en esencia un sistema feudal.

Fuente: Historia de Huancavelica
Autor del Libro: Federico Salas Schultz
Primera Edición  Noviembre del 2008 (Página 26) Tomo II
Autor del artículo: Ángel Prialé