miércoles, 28 de enero de 2009

LOS ABIGEOS


CUENTO: LOS ABIGEOS

Las luces del alba encendían cada vez más la cima del Waqrawillca, gran Apu de las montañas andinas; las sombras de su negro crestón eran desalojadas sutilmente por los rayos primerizos del Sol; encendiendo por el oriente, flancos de nubes vestidas de púrpura con sombra gris. Los ichus chiflones enmudecidos por el manto blanco de la escarcha y la negra superficie de la tierra terciada por el chiclanco, mostraba sus primeras formas acompasados por el monótono concierto matutino de los animales lugareños que despertaban en sus estancias.

Austera como todas las mañanas, despertaba la comunidad de Rayán; entre el arrebol y las auras sorprendió el claro a una que otra casita humeante que mecidos por ventiscas frías se esparcían sin rumbo, mezclándose en el ambiente con el inmoble olor a estiércol. Todo parecía igual; el tiempo empezaba a transitar por los mismos caminos; esos caminos serranos, cual arrugas marcadas en el viejo rostro de la cordillera andina, se perdía entre lomas y quebradas como guías de caminantes citadinos; las reses bramaban igual, los perros seguían husmeando las huellas de sus dueños que con porongos en mano volvían de algún puquial aledaño para cocinar la merienda del día.

Se cruzaban las venias y los saludos, y en la pequeña plazuelita ya se juntaban uno que otro comunero para comentar sobre el estío, el perjuicio de sus siembras y la falta de alimento para sus ganados.

-- Anoche robaron la casa de Julián Curo – dijo al llegar agitado un maqtillo de ponchito corto, un lapichuco cubría su testa; sus pies sin color aguaitaban de los llanquis de jebe. Todos en busca de la noticia corrieron a la casa de Julián.

Doña Antuca no dejaba de llorar balbuceando su queja, su rostro pálido avizoraba el susto mezclado en pena, y de rato en rato se jalaba la cabellera desgreñada en señal de desesperación. –Dicen que eran los “compañeros” – comentó don Julián -- ¿Cómo van ser “compañeros”?, san llevao mis dos nuvillos, mi carnirito tamben, hasta a mi Vicintita han abusao, yo conozco a eses desgraciados.


Los pobladores altruistas siguieron el rastro por el camino hacia Accoyanca, pero estos se perdían en el sendero guijarroso que lleva hacia las cumbres del Waqrawillca. Todo hacía sospechar que habían venido de Chuspi.

Se comentó del hecho durante los días siguientes, hubo alarma entre la gente; el temor reinante sacudió en desvelos a los comuneros de Rayán, pero el tiempo, bálsamo del olvido, fue medicina para la tragedia de Julián Curo y al fin quedó como un suceso más para la comunidad…

Una madrugada, mucho más temprana que todas, otra vez se alarmaron los comuneros de Rayán; esta vez dos hermosos novillos del viejo Ceferino Soto había sido presa fácil de los malhechores. A la hora en que todos dormían el sueño propicio, llegaron como cuatro runas con chalinas, ponchos y gorras que les cubrían el rostro; llevaban linternas y machetes; ingresaron sigilosamente y una vez dentro de la casa, ataron con sogas a los dueños e hicieron de las suyas; solo un chiquillo de la casa había logrado esconderse en el gallinero y cuando ya se fueron los ladrones pudo correr a avisar con llanto trémulo a la casa del Agente Municipal.

Don Ceferino había reconocido a uno de ellos – Era ese canalla Anselmo Carhuapoma; ese es pues de la comunidad de Lloqe, a la vista su nariz chuico; seguro han llevao mis ganaditos a la feria de Tucuqasa...

Formaron un grupo de recios comuneros para seguirlos; con sus perros ovejeros, hacían husmear las huellas de los cuatreros; preguntando por el camino a quiénes se encontraban. Una que otra pista, hasta verse consumidos por esos caminos cobrizos de la serranía y no dar con los ladrones. Pero alguien se enteró que Anselmo Carhuapoma había vendido ganados a unos comerciantes de Anco y volvieron con esa noticia.

En la reunión comunal el Agente de Rayán alzó la voz para decir—La semana pasada fueron vistos dos de los ladrones en la feria sabatina de Tucoccasa; Anselmo Carhuapoma y Elio Machuca; esos desgraciados se hacían pasar como comerciantes ganaderos en todas las ferias de la zona; ese tal Jacinto Poma de Huancay, el Honorato Montero de Occoro, y algún soplón más que vive en la comunidad vecina de Accoyanca. Tenemos que capturarlos, ya los conocemos quienes son; no hay que bajar la guardia – La comunidad ya estaba organizada.

Una nochecita de esas que recién se iniciaba; cuando recién dormían las gallinas, el Teniente de la comunidad alarmó al pueblo con su sonoro silbato; todos acudieron a la plazuelita; era reunión comunal; cuando ya todos juntos, grandes y pequeños, niños, ancianos y jóvenes; la autoridad blandió su castellano mal masticado con voz aguda sobre la plebe – Queridos compoblanos, les he llamao para comunicarles que ayer en la madrugada, los valientes compañiros de la cumunidad de Ranra han capturao a varios abigios y lo han llevao a las autoridades de Pampas; hemos pensao ir algunos compañeros para edentificar y reclamar lo que nos han robao, que dicen ustedes--- Todos, a una voz aprobaron la propuesta.

Formaron una comitiva y en la madrugada antes que cante el gallo ya los comuneros se perdían entre las sombras de la noche por el camino sinuoso y escarpado rumbo a las cumbres del gran Waqrawilca, rumiando sus esperanzas de por fin hallar justicia para sus males. Después de tanta travesía al dar el medio día, ya la comitiva estaba bien plantada en la Comisaría – Somos Autoridades y comuneros de Rayán, queremos reconocer a los ladrones; a nosotros también nos han robao -- El policía de turno recibió la denuncia y los llevó donde los detenidos; tras las rejas del calabozo pestilente y frío estaba Honorato Montero como un león enjaulado; se movía de un lugar a otro, su rostro raído y sus contados bigotes raciales estaban como marchitos y demacrados. Anselmo Carhuapoma; fresco como la lechuga, no le hacía mella la “jaula” era como un triunfo más en su haber, renqueado en las batallas del mal, abigeo de renombre, ya no temía nada una raya más al tigre no le hacía diferente, mas bien fulminó a los comuneros con mirada amenazante; su nariz aguileña destilaba un sudor incesante; su semblante sin resignación avizoraba su pronta salida. Entre ellos estaba un muchacho más asustado que todos, el hijo de Gregorio Pacuri de la comunidad de Accoyanca, lloraba en la celda balbuceando mil arrepentimientos. Y había un cuarto varón más, muy cholón y desconocido, pero fornido; calzaba botas de cachaco.

Los policías bien “machitos” en su comisaría, luego de la inspección les dijo con ronca voz – Vayan no más; estos carajos se podrirán en la cárcel – y volvieron con ese consuelo creyendo en la palabra de la autoridad. Misión cumplida y ya no habrá más robos; todo Rayán ha creído la noticia. Y, pero… ¿Los novillos y carneros de Julián Curo?... y… ¿Los enormes toros de Ceferino soto?,… y… ¿Los otros robos de la comunidad?,… ¿que será de eso?..., eran las preguntas que nunca tuvieron respuesta. Todos volvieron a sus quehaceres.

Después de dos semanas corrió la noticia…-- Han salido de la cárcel—pero ¿Quién sabe como?, otra vez se alarmaron los campesinos, se convencieron que la justicia estaba lejos de su alcance—Ya no hay que creer en las autoridades—dijeron y empezaron a organizarse en rondas; pues, presentían que, cualquier noche serían visitados por esos canallas vengativos.

Las reuniones eran con frecuencia en la casa de Petronila Layme que estaba ubicado en la plazoleta. –Tenemos que cuidarnos y capturar a esos perros – decía el agente Celestino Quispe – para los pobres no hay justicia, con la plata de sus robos habrán pagao, por eso han saliu rapidito.
--Pero tenemos que ser unidos todos, así como los dedos de las manos, sin cobardías; aquí en Rayán se acabaron los cobardes—replicó el tal Justino Oronccoy—Tenía media completa el joven, por eso hablaba así y era asediado por las mozuelas de Rayán.

Después de cinco meses a la media noche se quebró la rutina, ingresó la alarma por la entrada oeste del pueblito, se oyó el silbato sórdido y desesperado de los ronderos; los perros ladraban con furia; todos empezaron a salir de sus casuchas, eran las primeras horas de la madrugada, sogas, palos, hondas, huaracas, todos a correr – Rateeerooooo…, currimuychic carajo – se oía las voces desde la casa de Oswaldo Mitma; trepando muros y cortando caminos llegaron al lugar, había un desorden, Teófila; su mujer, estaba prendido de los pelos de un cholo flacuchento – Este desgraciado es… kaymi, kaymi – y no lo soltaba. Ante la turba no podía resistirse, lo hicieron un blanco de golpes por doquier, descalzo y sangrando lo llevaron a la plazuelita y lo ataron a un palo. Los golpes se repetían una y otra vez – rimay carajo, quien es tu compinche – y más golpe.

Los gallos ya daban su monótona clarinada y los comunes ya estaban borrachos; el cholo sangraba por todas partes balbuceando incoherencias entrecortadas. Y ya al rayar la aurora entre dos luces, entraban por el camino que viene de la quebrada; otro grupo de comuneros, traían a golpes a otro cholo sangrante de mediana estatura atado con una soga, pusieron junto con el compinche y más golpe. Los comuneros seguían bebiendo más trago y propinando de golpes a los capturados.

Antes que ilumine el Sol las tierras cobrizas de Rayán; los capturados ya no respiraban. – Ya no respiran carajo, están freyos – grito Amadeo Vilca; estaba borracho – están muertos, ya nos jodimos, aurachalla.

Cállate carajo, cállate – lo reprimió Justino Oronccoy – Ahora que haremos.

Los comunes se alarmaron a pesar de estar adormecidos por el trago y el desvelo de la noche; estaban asustados.

Pero, alguien dijo; -- Nades ha visto nada, no cuenten nada, solo cuatro valintes vamos a saber el destino de estos pierros misirables – y llevando los cadáveres en dos burros temblorosos por el frío, se perdieron en la lomada de Muyuna y no se vio, ni se supo más, nadie reclamó nada.

Al medio día volvieron los cuatro comunes bien borrachos y con los labios verdosos de tanta picchada; se encantinaron donde mama Petronila sin hablar del asunto.

Era la justicia, su propia justicia; desde entonces no se vieron abigeos en Rayán; ellos lo hicieron señor…todos… y ahora no hay más robos…

Autor: Miguel Angel Alarcón León
De: Cuentos Andinos y Poesías
Imagen: Oleo de Pérez Lara