miércoles, 14 de marzo de 2012

EL CHOLO MELENDEZ




EL CHOLO MELENDEZ

Desde muy pequeño, aún cuando la razón no orbitaba en su cabecita de cholito serrano, Meléndez había quedado huérfano de padre y madre, la madre murió en el momento del parto; pues alumbrar en domingo siete a un cholito robusto no era tan sencillo; la primera vida que cobró fue la de su madre, era el primogénito. Los vecinos se alarmaron, vaticinando extraños destinos según su creencia para el futuro hombrecito; no eran necesarios los oráculos tebanos para predestinar. El hombre andino vive aferrado a sus creencias, es parte de su existencia. Es casi costumbre en los pueblitos y comunidades alejadas de la serranía, envolverse en supersticiones que por meras coincidencias podría suceder. El viudo se consolaba con el niño que precozmente exageraba en peso y tamaño al nacer; pero, poco duró esta fantasía; también él murió cuando el pequeño vástago empezaba a brincar sus primeros pasitos. Luego de haber asistido a una fiesta patronal de la comunidad vecina, regresaba ebrio en una noche lóbrega de martes trece, se desbarrancó a un abismo muy profundo. El cholito Meléndez quedó huérfano, al cuidado de la solitaria abuelita.

Vivían en una casita alejada en las alturas de Colcabamba, agobiados por la ironía de la pobreza. Raras eran las veces en que la abuelita bajaba al pueblo aprovisionarse solo de lo necesario, sal, velas, azúcar, fósforo y otros de los que no se podía prescindir, ¡ah! También coquita para que en sus veladas acompañe sus penas; para el campesino es artículo de primera necesidad, ellos no lo ven como droga, si no, es parte de su vivir, de su lenguaje. El niño nunca acompañaba a la abuelita al pueblo, hubiera preferido caer muerto antes de ver a gente extraña, crecía cual un ermitaño, un anacoreta.

Los años; consecuencia de la ley cósmica, seguían uno a otro; el niño fue creciendo introvertido, muy huraño y de poco hablar, al extremo de esconderse debajo del cawito o en el maizal más cercano cuando alguien visitaba la casa. Se sumía en su mundo, nunca asistió a la iglesia a oír misa; esos remotos años no había ni escuelas, no conoció amigos, vivía aislado de los demás, en esa paz natural, cuando el hombre no destruía aún el paisaje, el cholo Meléndez estaba gestando en su ser una personalidad macabra, más parecía haber nacido con un signo y que podía hacerse realidad todos los vaticinios.

En su soledad jugaba extrañamente; capturaba moscas y les arrancaba la cabeza para disfrutar a carcajadas con la muerte desesperada amen de los aleteos. La abuela no despertaba ninguna sospecha maliciosa con el juego, hasta le parecía muy normal en un niño de su edad. El cholito crecía junto con su maligno y peligroso juego, ya no era con moscas, lo hacía con los pollos de la abuela, siguieron las gallinas, y a medida que crecía, con los carneros y estaba acabando con los animales de la casa, y no era por hambre que mataba, más por diversión, era una forma peligrosa de hacerse joven, hasta que la abuela entendió que corría peligro cuando supo que su primera víctima había sido un niño que en la soledad pastaba sus animales. Se vio obligada a echarlo de la casa, había descubierto muy tarde que estaba frente a un psicópata, con instinto asesino y que era capaz de cualquier cosa con tal de disfrutar con el dolor ajeno.

El cholo Meléndez divagó por las punas frías y solitarias, su sangre comulgaba con el ambiente tétrico y su recio cuerpo sin alma se fortalecía a la par de sus andadas, su temeroso semblante de pómulos grotescos, albergaba una acerba mirada y profunda, como si en ellos se avivaran las brasas de odio y muerte. Meléndez no conocía el miedo, llevaba tatuado en su cuerpo unos músculos desalineados, cubiertos de una piel cobriza que el sol de los andes pintó con los tintes de su raza; sus brazos de hierro solo obedecían el placer de su macabra mente que mantenía excelsa su frenética sed de matar. De tanto andar di vagante, logró ubicarse en una cueva antigua; en ese machay instaló su centro de operaciones, de él se dominaba las profundidades de los abismos donde se perdía la voz del viento, estratégicamente ubicado y muy apreciable el tránsito de los caminos. Meléndez esperaba a sus víctimas con un chafle bien afilado y luego de decapitarlos, el cuerpo lo aventaba al abismo y la cabeza los coleccionaba en su guarida. En más de las veces llevaba con engaños a sus víctimas para cometer sus fechorías y luego de dar rienda suelta a su instinto asesino, desaparecía los cuerpos. Muchas familias habían perdido a sus seres queridos en manos del asesino, los alrededores se colmaron de espanto, y el perverso no dio tregua a su instinto, como si en el habitara el mismísimo diablo. La gente estaba alarmada y temían por constantes noticias; estaban cumpliéndose los vaticinios de los lugareños, había nacido con un mal signo y la única forma de dar fin a tanta desgracia era eliminándolo.

La provincia entera se había enterado de la noticia, se había expandido la infamia de Meléndez, quejas y querellas de familias lastimadas llegaban a los pueblos, y como cualquier cosa terrenal tiene su límite, colmó la inoperancia, el temor se quebrantó y cansados de tanta saña se reunieron hombres y mujeres de todas las comunidades y pueblos de la provincia y sesionaron en la plaza grande. Pidieron la asistencia del cura de Pampas, se hizo presente para ofrecer una misa de seguridad y de repudio a las acciones del energúmeno hombre del mal y luego de una bendición se fueron llevando consigo todos los sacramentos habidos; no se olvidaron de los encargos del curita que les dio bastante agua bendita y un crucifijo de acero; partieron de todos modos llevando de equipaje un poco de temor, pues se creían enfrentar al mismo diablo, más de medio centenar de runas se perdieron en la última curva que sube la cuesta por las alturas de Colcabamba.

Al promediar el medio día del tercero de búsqueda, ubicaron al sujeto, era el instante del fuerte viento que soplaba por el barranco que no logró despertar a la fiera; un eco se levantaba suave hasta dilatarse en el frío horizonte y con este compás tétrico, los comunes había rodeado la guarida del cholo, lo sorprendieron en plena siesta, no le dieron tiempo para reaccionar, se le lanzaron de a montón para luego inutilizarlo. Todas las armas cumplieron su función, ataron sus pies y manos con sogas de llama, una vez indefenso rociaron su cuerpo con toda el agua bendita, pero no pasó nada, pusieron el crucifijo en su frente y no sucedió lo que esperaban; pues el cura les había advertido que si era el mismo diablo, tenía que derretirse con el agua bendita o prenderse fuego al contacto con el crucifijo, pero nada sucedió; entonces, entendieron que era tan humano como cualquiera de ellos, ello obligó a tener que ejecutarlo y abrirle las entrañas para ver si tenía corazón. Meléndez contuvo todo el dolor y expiró sin ninguna queja, el grito y todo el odio se comprimieron en cada rincón de su cuerpo para la postrimería; los captores continuaron con toda la faena hasta descuartizar el cuerpo y distribuirlo en diferentes lugares y evitar que siga haciendo daño al prójimo.

La cabeza lo llevaron por las alturas de Colcabamba y fue enterrado en la comunidad de Pichccapuquio, hoy comunidad de Independencia; de allí brotaron cinco manantiales de las cinco cuencas de su calavera, se formaron bolsas de agua como manantiales de odio, tanto fue la ira que se convirtió en un gran huayco que arrasó la mitad de la población colcabambina.

Los que fueron de Pampas, trajeron los riñones y el corazón; de paso, enterraron bajo una enorme roca, al borde del Opamayo, en La Colpa de donde brota el agua salada; el corazón lo llevaron hasta Chalanpampa, fue enterrado y empezó a brotar el manantial que hasta hoy calma la sed de muchos pampinos y de los maceteros del cementerio. Los comuneros de Ocoro, también llevaron parte del Cholo Meléndez, las vísceras fueron enterradas por los bajíos de Jabonillo donde se formó Chaquiqocha, una laguna muy cristalina, pero misteriosamente de la noche a la mañana desapareció, ahora solo quedan huellas. Las extremidades inferiores se lo llevaron los pobladores de Churcampa y antes de llegar al pueblo enterraron verticalmente, de ello se formó un profundo abismo llamado Kishuarpata; años más tarde sirvió de patíbulo para la familia Gutiérrez, que por pleitos de terrenos fueron desbarrancados por el sanguinario “Tiraccaya” que sirvió de sicario, cuya vida terminó en la isla del Frontón.

Los brazos se llevaron por la zona de Huayllabamba y Mayunmarca, con el tiempo provocó el deslizamiento del cerro y al embalse de Huaqoto. De ese modo el Cholo Meléndez hizo sentir su ira aún después de muerto, siguió cobrando vidas a través de la naturaleza y si es eso cierto según los vaticinadores, entonces que ha de suceder después…?

Por la cumbres del Malpaso, existen enormes rocas, tétricas y solitarias; entre ellas hay una cueva que se llama “Ayamachay” que quiere decir cueva de la muerte; refieren los transportistas que en sus viajes nocturnos y solitarios, parecen ver la sombra enorme de un cholo sin rostro y de tórax vacío; sus descarnadas manos empuñan con firmeza una guadaña reluciente a la luz del carro y se pierde en las oscuras redes de la noche como un espíritu que lleva el viento, estrellando ecos roncos de carcajadas que se tropiezan y viajan con los truenos dilatándose en el espacio.


Autor: Miguel Angel Alarcón León
Obra: Los Tinterillos y Otros Relatos Andinos
Editado: Febrero del 2011
Imagen: Fotografía de Teófilo Hinostroza (Colcabamba)