jueves, 19 de enero de 2012

LOS GLOBOS DE ENERO


Pampas Tayacaja está celebrando su fiesta Patronal del 20 de enero y es ocasión para nosotros publicar un hermoso cuento del escritor tayacajino Antonio Muñoz Monge, donde describe con nostalgia y ternura, recuerdos vividos en su juventud.



EL GLOBO


Fue en ese año en que besaba tímidamente a Niskar, buscando que sintiera mi olor a mentol chino para que me creyera mayor, cuando vimos caer el globo a la altura del corral de mi casa. Corrí feliz, nervioso de alegría. Sobre el techo del gallinero terminaba de desinflarse. Ahí estaba como dormido, acurrucado sobre las tejas. Un tímido vientecillo soplaba sobre su arrugada piel. Desde aquí abajo, quería tocarlo, doblarlo con cuidado y llevármelo escondido en mi pecho.


Ha venido desde lejos. Seguro que hay fiesta en Ahuaycha, por Acraquia; hermosos lugares de eucaliptos, alisos y guindos donde vi llorar a las pencas atravesadas de hondazos. Lo guardé por varios días, en silencio, casi en secreto.


Meses después, una tarde de sol, lo saqué al patio de la casa, del baúl donde estaba durmiendo. El suave papel de su cuerpo se desarrugó con leves sonidos que acariciaron mis recuerdos. Fue entonces cuando llegó Teodoro, quien me ayudó a desenroscarlo con delicadeza. Una pequeña ráfaga intentó inflarlo graciosamente mientras lo sujetaba del aro y los alambres. Fue un remilgo, un coqueteo con esos aires ramplones, a ras del suelo. Pensando en la próxima gran fiesta del pueblo, fui doblándolo con cuidado para no herirlo, para no rasguñarlo. Todavía faltaban meses para la fiesta patronal. Entonces si, lo ofrecería orgullosos al Mayordomo para que volara abiertamente por esos cielos.


Un camaretazo madrugador anuncia el inicio de las Novenas. Parado en la esquina de la tienda de Saravia, mirando a la plaza del pueblo, Teodoro Apacclla espera gozar de la “Novena” de su compadre Hipólito Poma. Pero su compadre no ha llegado.


Conforme transcurren las horas, Teodoro se escabulle nervioso, por cualquier lugar queriendo esconder, su frustación, su pena. Todos lo conocen al antiguo empleado de la familia, al “buen Teodoro”. Por donde iba le confirmaban la noticia; “no hay globos para la fiesta, don Hipólito Poma no ha podido viajar”.


Entre ponche y ponche, Teodoro abrigado con su amplísimo y viejo saco, su oscuro sombrero de paño de cintas negras, reconoce que está triste, descubre que la nostalgia lo ha capturado y se deja llevar por el recuerdo de otras fiestas patronales de enero, cuando había globos de sobra, volando por el cielo de fiesta de Pampas, su pueblo.


Esa noche Teodoro se confundió entre la multitud, bebiendo solitarios tragos que le alcanzaban anónimas manos. Más tarde, ya en la amanecida turbia, cuando, de los bullicios racimos humanos, se separaban solitarios borrachos para irse a descansar, Teodoro acompañado del zapatero Llacclla, a quien ladran y persiguen por gusto los perros del pueblo, de Yanapuyo, alcohólico sastre remendón, y Socracha Barrientos, guitarrista insigne; abrazado de la tristeza y confundido en un hipo de lagrimeos, confesaba su pena: no habrán globos para la fiesta, el cielo estará desolado como nunca, a quien se pedirá ahora los deseos y las esperanzas, ya no sentiremos ese cosquilleo en todo el cuerpo mientras seguiamos el incierto vuelo de los globos… “si cae antes de la casa de la tía Etelvina, pierdo y no se cumple mi deseo. Si logra pasar la altura de los eucaliptos, allá por Qoqapata, feliz, todo me irá bien”


Los niños ya no corretearán persiguiendo la aventura de las caídas, las hondas se quedarán colgadas sobre sus pechos tiernos de los muchachos, enroscadas en las muñecas o guardadas para siempre en sus fríos bolsillos.


Majestuoso, lleno de vida, repleto de aire, remonta, rozando las altas copas de los eucaliptos. Sube cada vez más alto, balanceándose al capricho de los vientos. El pueblo está de fiesta, manos y ojos del gentío que baila embriagado, despiden alegres, el triunfal vuelo.


Las orquestas desenroscan huaynos nostálgicos. Los sonidos de saxos, clarinetes, violines se entremezclan en el aire serrano de esta noche estrellada. Un borracho feliz arroja por los aires su viejo sombrero. Poco antes, mientras Teodoro lo alimentaba de aire caliente con la antorcha de trapos y waipe empapado de gasolina, su cuerpo que iba tomando forma ya quería irse por los aires.


Después de llevarlo a un claro, haciendo espacio entre el gentío acompasando el ritmo del cuerpo, se le soltó dándole un fuerte envión en círculo. Teodoro lo despidió con un salto y un guapido, orgullosos.


Se fue elevando calmo, parsimonioso, como dándonos tiempo para mirarlo, para admirarlo en esta atmósfera que ya era suya. El gentío aplaude este triunfo mientras los cohetes retumban aquí y allá rompiendo en colores el cielo. Un fuerte olor a pólvora nos vuelve bondadosos y nostálgicos. Se eleva seguro, pleno, con la champa de trapos amarrada al centro de los cuatro alambres que sujetan el aro. La champa gotea fuego. En la noche negra, el globo abre un camino de luz, con el nos vamos por esos abismos celestes. Teodoro me abraza y en un susurro que sale de su pecho me dice, “gracias niño, gracias”.


Esa noche nos acompañamos como cuidándonos, bailando, brindando unos tragos, abrazados, conversando alegres cualquier cosa.


Otras veces, otros años, para que se queden por ahí cerca enredados en algún árbol o desfallecientes en un techo, los heríamos de muerte.


Agazapados, armados de hondas, escondidos bajo las sombras de los muros, apenas iniciaban su vuelo, soltábamos una andanada de diminutas piedras o alpuntos, que silbando por el viento, buscaban sus cuerpos de papel de colores. Pero la mayoría se remontaba siguiendo la dirección de los vientos…. “Ese pasa por el cementerio, llega hasta Purhuay”, decíamos sabedores. Las apuestas se hacían en medio de brindis de ponches y “calientitos”.


El año pasado llegó uno hasta las alturas de la hacienda Pillo - a veces se exageraba conforme avanzaban los tragos – yo encontré uno en unas chacras de Pazos cuando la mayordomía de Carlín Morales.


Pero muchos se quemaban en pleno vuelo, otros volaban de tumbo en tumbo, sin fuerza, para caer en cualquier tejado cercano, como esa vez en mi casa. Cuantas veces, al caminar por las chacras, lejos ya del pueblo, encontrábamos retazos viejos de papel cometa que llegaron volando hasta estos lugares. Entonces, volvía a nacer la conversación, los recuerdos sobre la fiesta de enero, la fiesta en honor a la Santísima Patrona de Pampas, de los castillos de fuegos artificiales, de la entrega de toros en la faldería del cerro San Cristóbal, de las corridas y los voluntarios de turno, de las peleas de gallos, de los amores que nacieron en esos días, de algún huayno que hizo época: “Vaso de cristal”, “El Alizal”, “Entre licor y licor”, “Piedra en el camino”, “Dile”. “Olvido que nunca llega”…

Autor: Antonio Muñoz Monge
Fuente: “El Patio de la otra casa” Edición 1992 Lima