martes, 10 de marzo de 2009

LA LLUVIA

Apoyado sobre el barandal del corredor del segundo piso que da al patio, miro caer la lluvia. La hora incierta de la tarde me atrapa en ese lugar. En la habitación de adentro duerme mi padre. Llueve a cantaros. Colocados en hileras, bordeando el patio, baldea y latas reciben el agua que rebalsa de las canaletas de los techos de tejas y calamina. Los objetos se diluyen en sus formas por el diluvio que se desata. Con dificultad adivino la silueta del árbol de cedrón que crece en un rincón del arrasado patio.

Unas aves cruzan el horizonte para perderse por los campos. Prisionero de la lluvia, camino por los pasadizos y las habitaciones de la casa. Pero, siempre me detengo en una esquina del largo corredor del crujiente piso de madera.

De un viejo tiesto que ha reventado aquí abajo, en el patio, desparramando la antigua tierra preparada, crece una apretada enredadera de flores lilas. Son varias plantas que conforme caían las maduras semillas de la primera, retoñaron en el abonado terral, entrelazándose con el tiempo, troncos y ramas, hasta llegar y sobrepasar la altura del corredor. Ahora los sarmientos reptan sobre el tejado.

La lluvia cae mas fuerte. Su sonido se apodera de la casa; la aprisiona. Bajo los techos de teja, el ronco murmullo adormece, gusta. Afuera en el patio, el corral; es desolado, lúgubre, triste. No quiero despertar a mi padre; ha tomado algunas copas y es mejor que descanse.

La lluvia limita mis movimientos. Puedo recorrer toda la casa. Bajar al primer piso, guarecerme en los corredores, llegar hasta la cocina. Sin embargo, apenas si camino por este rechinante entablado. Observo la habitación de mi padre, escucho su ronquido y sus largos silencios y vuelvo a detenerme con la mirada perdida en este bosque sonoro.

El agua cae compacta. Mi visión de las cosas es casi nula: no puedo atravesar con la mirada este bosque húmedo. Mi espacio se angosta. Solo el inútil corre me lleva y trae. Oscurece. No se exactamente la hora, La tenue luz, hace mas sonoro el diluvio, más quedo mi silencio. Los truenos se revuelcan achicando el cielo. Un rayo ilumina por un instante la lejanísima y perdida soledad de los cerros.

En la maraña de la enredadera que cuelga y se explaya sobre el barandal un tivio movimiento me saca de mi quietud, de mi abstracción. Me acerco hasta casi rosar con el rostro el entrevero de hojas. Observo, esperando. Nada se mueve. Puedo haberme equivocado. La ventisca previa al chaparrón ha desaparecido, pero de rato en rato, fuertes ráfagas de viento sacuden la enredadera. Este fugaz y precario movimiento de las hojas es independiente a estos vientos.

Sospecho en algún débil pajarillo que ha llegado a cobijarse de la tempestad. Mis suposiciones y tanteos se ven cortados por el cercano rechinar de los maderos del corredor. Como si alguien hubiera dado dos o tres veloces pasos a mis espaldas, el sonido nítido e inmediato desaparece. Camino al dormitorio de mi padre. Sentado al pie de su cama velo su sueño. Temo despertarlo y provocar sus arranques de cólera. No se cuanto tiempo estuve ahí escuchando el rumor triste de la lluvia, y contemplando su lejano rostro. Un nuevo ventarrón sacude la puerta que da al balcón. Al frente la plaza solitaria, castigada por la lluvia desaparece. No hay señales de vida en toda esta parte del pueblo.

Abajo, por corredores se escuchan repetidos golpes; luego un silencio largo y, nuevamente, sobre alguna puerta los sonidos se hacen mas decididos. No me atrevo a bajar. Ahora parecen venir de la puerta de calle. Para abrirla tendría que atravesar los corredores, bajar escaleras, pasadizos, una sala, la oficina de mi padre y recién poder preguntar, ¿Quién es? No lo hago. Me siento atado en esta habitación, donde puedo esconderme de la lluvia al lado de mi padre.

Los golpes se han ido. Salgo al corredor afinando el oído. Como demora la tarde. Nuevamente los golpes insisten, se hacen mas persistentes. Quiero gritar desde aquí preguntando quien es. El ruido sordo del aguacero ahogaría mi débil voz. Solo conseguiría despertar a mi padre. Al pensar en este detalle, reparo que hace horas, desde la mañana, no hablo, no tengo con quien hablar. Este pequeño descubrimiento me fastidia y provoca el deseo de hablar. Con voz queda, apenas perceptible, doy un tímido grito; pero no hablo. No se me ocurre que decir. Dentro de mi hay una catarata de palabras que sin embargo no afluyen. Pienso que la lluvia y el no querer despertar a mi padre han domesticado mi voz apagándola. Cada minuto que pasa, el deseo de hablar se me hace mas urgente, vital. Tengo que hablar. Desespero. Me pongo nerviosos. Agarrado del barandal proyecto mi cabeza hacia el patio y logro balbucear mi nombre. Esta tímida prueba provoca un ecozor en mi garganta.

Entonces, sin pensar en miedos, me dirijo a la escalera, bajo a las otras habitaciones y grito, ya lejos del sueño que velo.

Al cruzar el corredor, una plomiza gallina sale despavorida cacareando, como si se hubiera topado con el mismísimo diablo. Estoy a unos pasos de la puerta de calle. Me envalentono y grito claro y fuerte, ¿Quién es….quien es?

El viento silva por el patio. Nadie me contesta. Repito mis gritos, hablo de todo, riéndome de mis temores de hace un momento.

Abro la puerta. No hay nadie. Miro la calle solitaria; el viento gime en esta soledad. Regreso al dormitorio y me alegra escuchar el ronquido del viejo.

De pronto los golpes vienen, se acercan, crecen, se hacen insoportables. Parece que quisieran forzar la puerta la puerta. No puedo más. Grito desde aquí..Quién es… que quieren? A mis gritos desesperados, mi padre se mueve en la cama y con un gesto desorientado, ausente, abre los ojos. Me mira, y estirando sus brazos me dice: que tienes, que te pasa hijo. ¿He dormido demasiado no?.

Agarrándome de sus brazos, de su cuello, abrazándolo, hablándole, me echo sobre él. No se si lloré o solo me escondí de esa parca ternura.

Sobre nosotros la lluvia arrecia. El cielo vomita ríos de agua. Afuera, el patio, el corral, el pueblo, se hunden.
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Del libro: “Abrigo esta esperanza”
Autor: Antonio Muñoz Monge
Editorial Colmillo Blanco
Lima, invierno de 1991