lunes, 23 de marzo de 2009

CAMINO HACIA LA SOLEDAD


Presentamos el relato del escritor pampino, Miguel Ángel Martínez Bernardo (1971) titulado "Camino hacia la soledad", el cual forma parte de próxima novela. Martínez ganó el primer puesto en los Juegos Florales 'Manuel Moreno Jimeno' en 1991, y 'César Vallejo' en 1992, de la Universidad Nacional Enrique Guzmán y Valle (La Cantuta). Asimismo publicó en 1993 sus relatos "Conociendo a los condenados", los cuales están publicados en la revista La Manzana Mordina Nº 36.


Relato: Camino hacia la soledad

Regresar y respirar el aire que siempre has ansiado, después de mucho tiempo, puede no tener casi nada de novedoso, aún cuando ves que tu pueblo, al que tanto quieres se ha estancado en el tiempo y la memoria y se ha dejado consumir por el conformismo, la banalidad y la falta de identidad, justamente por sus mismos hijos; sin embargo sacándole provecho a una visita corroída de ingratitud, podemos rescatar ciertos aspectos que toda persona expresaría en su momento más profundo de su nostalgia, mezclada de una suerte de alegría. Relatar los pormenores de una fiesta, los momentos de embriaguez, las repetidas vueltas por la poco apreciable plaza de Pampas, las conversaciones llenas de ironía, mentira, petulancia, a veces de soberbia (actitud común en el pampino); resultaría redundante ya que todos los años en el mes en el que se suele dar rienda suelta a la libertad y al derroche del exiguo dinero con el que se cuenta, sucede lo mismo.


Me detendré a ensayar un relato de un jueves lleno de sol en el que fuimos partícipes Khari y yo. Inicialmente me había llamado la atención volver a visitar las ruinas de Átocc después de casi veinte años, seguramente seguirán siendo ruinas en el más exacto sentido de la palabra, por la desidia que suele tener la autoridad pampina, pero los cálculos de tiempo y los problemas de movilidad nos hicieron cambiar de dirección a La Colpa y dejar para otros buenos años la visita a Átocc.


En la bulliciosa y poco atractiva legendaria avenida Arequipa, una de las principales de Pampas, en la que por fin vi la casa donde nací, avenida que se ha convertido en una suerte de parada, por la infinidad de ambulantes, paraderos de autos, motos, camionetas, camiones; esperábamos el bus que nos llevaría a La recordada Colpa. Qué mejor que ser acompañado por una hermosa chica que resulta ser una excelente guía turística, porque fue ella quien me iba narrando y explicando los nombres de los lugares, pueblos, caseríos, de los dueños, de los hacendados, de las temporadas de siembra y de cosecha, de los productos que se saca de las chacras; como regresando a la infancia, a los viejos paseos escolares. Realmente Khari lo sabía todo, incluso me señaló un buen grupo de hermosas vacas y me dijo que eran de su abuela. Al fin llegamos a La Colpa, estaba igualita (como decimos los pampinos), la misma franja estrecha entre dos cerros, el mismo río que corta el pueblito, la misma fuente de agua salada (estaba convertida en un charco lleno de barro negro), lugar en el que las autoridades de Pampas Tayacaja no han puesto ni un ladrillo y se llenan la boca diciendo que se cuenta con un potencial turístico, y sacan afiches, boletines, revistas con fotografías de éste y otros lugares. Bueno, la mañana de aquel jueves de sol era prometedora. En una de esas vistas panorámicas que solemos hacer los que visitamos algún lugar, nuestros ojos coincidieron en la misma dirección, demasiado distante, casi imposible. Después de una deliberación rápida, la respuesta fue común: “¡vamos a Aya Orqo!”. Descubrí que mi regreso a Pampas, ahora sí, sería bueno. Tendría algo de qué recordarme. Caminamos por la carretera que sube por la parte izquierda de La Colpa, el sol era más desgraciado con nosotros, yo tenía que hacer gala de mis excelentes pulmones; sin embargo, me di cuenta que Khari, con su fragilidad de mujer, su delicadeza, era más fuerte que yo. Claro, tenía que serlo porque como buena maestra trajina cada treinta días caminos y alturas más inclementes que el camino a Aya Orqo. Más de una vez se me cruzó por la mente echar atrás la osada visita a ese cerro, ya no era el niño que a los diez años corretea por cual camino se le presenta. Yo había ido a Aya Orqo con mis compañeros de la Cinco Veintiuno y mis profesores, fue hace veinte años. Las ganas eran las mismas ahora. La compañía resultaba mucho más motivante, pero realmente yo quería regresar. La decisión de Khari fue alentadora. Los restos arqueológicos de Aya Orqo nos esperaban a unos cuatro mil metros de altura, era un reto y ya lo estábamos cumpliendo. Unos cuantos vasos de gaseosa y unas paradas para conversar, aliviaron el cansancio. Las casi dos horas de camino se estaban haciendo divertidas, amistosas, especiales. Aunque cada vez que avanzábamos, nuestros ojos miraban más lejos al cementerio preínca. Había recordado mi infancia cuando cruzábamos las chacras, los sembríos de papa, nos tirábamos con los aylumpos. Proseguimos entre relatos, cuentos, preguntas por los antiguos amigos, las chicas del colegio, los viejos maestros, las travesuras. Le conté que de Niños éramos tan terribles que una vez inundamos el vivero de Pampas, se echaron a perder cientos de plantones de diversas especies, muchos almácigos, tierra preparada. Todo por nadar en un reservorio de agua para el riego, el cual desaguamos sin control y sin aviso. Al final el caso pasó a la comisaría y ciertas influencias hicieron que quedara archivado. Ella escuchaba y se reía con admiración. Mucho más cuando escuchó que rompíamos las ventanas del colegio de mujeres, los focos de los postes, lanzando piedras con las hondas en unas estúpidas pruebas de valor.


Ya podíamos observar con más claridad las rústicas construcciones circulares, de piedra y barro que hay en Aya Orqo. Resultaba increíble creer que en cientos de años no se haya hecho nada por conservar esos restos arqueológicos, ni la Municipalidad, ni el Ministerio de Educación, ni el I.N.C., nadie. Aya Orqo vivía y existía en el olvido y en la soledad, dejándose atrapar por la maleza, el tiempo y las lluvias. Es imperdonable que se haya dado autorización a no sé qué empresa para que construyera e instalara una inmensa antena parabólica en el mismo centro de los restos milenarios, destruyendo la originalidad y la pureza del paisaje. Seguramente que nadie, absolutamente nadie, sabe que las zonas arqueológicas son intangibles, intocables. Claro. Y lo peor de todo es que la bendita antena ni siquiera funciona. Cámara en mano, Khari y yo, registramos el lugar, nos tomamos algunas fotografías, hablamos un rato sobre la historia del lugar, el significado que tiene. Para ella fue algo maravilloso ya que por primera vez, en sus bien puestos veintitantos años, visitaba Aya Orqo.


Después de recorrer y dar vueltas por las construcciones, prácticamente destruidas, notamos que no había ni un solo letrero o aviso que indicara que es una zona arqueológica, ni siquiera los caminos estaban señalados. Era el mismo camino que hace veinte años me condujo a mí, y cientos de años atrás, a esa gente que habitó el lugar, transitó y dejó sus huellas. Era la misma tierra, el mismo aire. Recogimos pedazos de cerámica, de mates o utensilios de cocina. No encontramos restos óseos, pero la gente dice que sí hay. Como es lógico pensar, se estarán consumiendo por el tiempo, por el olvido, por la miseria.


La bajada nos resultó más fácil, menos agotadora; traíamos con nosotros la gran satisfacción de cumplir el reto de subir hasta Aya Orqo, de haber compartido hermosísimos momentos; de que ella, ya sepa qué era, qué había en el tan misterioso cerro. La satisfacción mía fue haber visto en todo momento sonreír a la hermosa Khari, de haber hecho todo lo posible para que se sienta bien, y de haber logrado ingresar a un lugar tan especial para ella.
El retorno a Lima, no tendría que ser menos provechoso. Le di a Khari el trozo más grande de cerámica con una inscripción, como recuerdo de Aya Orqo y traje conmigo el recuerdo de sus ojos, de su sonrisa eterna, y en la mano una botella del más puro aguardiente de caña, que Khari me regaló.

Miguel Martínez
Enero 2002.
Imagen utilizada: "Camino campo" de Richard Greswell