viernes, 12 de agosto de 2016

LOS TINTERILLOS



Esta hermosa narración pertenece a la pluma del escritor tayacajino Miguel Angel Alarcón quien con un estilo propio nos traslada a la época de las haciendas, fundos, y pueblitos donde los protagonistas nos ofrecen una historia digna de leerlo. El Blog Saposaqta agradece al autor por permitir que su obra sea difundida por este medio.    

La mañana de la serranía aún matizaba el ambiente entre el claro y el alba, era el siguiente día del viaje fingido a la vecina hacienda “Perseverancia”. Don Aurelio desmontó del hidalgo lomo de un hermoso potro airoso, cuyos belfos espumantes hicieron resollar en el patio, sendos rebuznos de cansancio. El pongo madrugador recibió por las riendas al noble bruto y luego de un reverente saludo a su amo, se llevó el animal para alimentarlo.

Era muy de mañana, los solsticios del verano inundaba de tenue luz los espacios; la tibia brisa de la serrana quebrada mecía los warangos y molles arrebatando de sus sueños a las tuyas y cuculíes de los zarzales que raudos refrenaron el vuelo hacia los cañaverales donde bandadas de loros y qaqechos festinaban los frutales en sazón. Esa armonía matutina del ambiente que callaba con el sutil rumor de las aguas del Mantaro, no contrastaba con la turbada mente de don Aurelio, dominado por los celos permanentes, le hacía vacilar en ensayos de maltrato y constante humillación a su esposa; sin embargo, la fiel y por demás bella Rebeca, era incapaz de traicionar a su marido ni con el pensamiento.

Las botas de cuero ceñido al pantalón de montar, rechinaron en el empedrado del patio y al ingresar al corredor se quitó el poncho color vicuña y el sombrero de fina piel de potro e hizo estribar su recio cuerpo en la antigua y bien tallada butaca de cuero; propio de una hacienda veterana como los que hubo antaño.

Las huellas de su propio caballo alrededor de la casa, fue motivo esa mañana para decirle _ ¿Cuál de tus queridos te visitó anoche?... allí están las huellas de su caballo. _ Rebeca caía en estupor sin saber de qué la acusaba; sólo su anciana suegra salía en su defensa… Don Aurelio estaba severamente enfermo de celos; cuando ya no había motivos de maltrato, fingía viajes para volver a la media noche, dar vueltas alrededor de la casa y dejar huellas para al día siguiente acusar por la supuesta visita de algún amante.

Las chacras de la fecunda hacienda “B…” florecían todo el año; hermosas pampas como elevados sobre el barranco del  Anqoymayo  hasta los límites de Locroja; por los costados, dos cristalinos riachuelos con agua permanente que hacían verdear los cañaverales, retorcer en sus tallos a los frijoles y panamitos, paruar los maizales y como cerco natural abundante plantas frutales. En su tiempo, ya colgaban de sus tallos enormes campanas de plátanos en sazón, amarillaban las papayas, se columpiaban en sus ramas los naranjos y los mangos inundaban de palidez los copos de sus árboles.

Las partes altas de la hacienda cubierta de tierras eriazas, estaba poblado por ganado propio del lugar, cabras, ovinos y un gran hato de acémilas listas para ensillar. Mucha abundancia, peones serviles a disposición; pero en contraste, lo que no abundaba era la paz, la que debería primar en el hogar; verdadero motivo para disfrutar de todo cuanto se logra con el trabajo. Rebeca era realmente una mujer muy atractiva; tal vez eso obsesionó al marido que no deseaba que nadie más la codiciara, entonces; ¿por qué los maltratos?, ¿acaso había motivos?; cuando los celos se convierten en una enfermedad, enceguece la razón; pues entonces, el amor se torna en una falsa sensación obstinada de crear terror y dibujar fantasmas donde nos las hay, con tal de retener por la fuerza a la pareja, un amor enfermizo.

Rebeca tenía alguien que la protegía, su suegra; la pobre anciana siempre se interponía cual escudo cuando se animaban los problemas, la protegía de los maltratos y agresiones del marido; pues ella sabía más que nadie la fidelidad de la nuera. Esta fue la vida de Rebeca por muchos años, más parecía no tener fin.

Una mañana de octubre, don Aurelio preparó un viaje a la capital, tenía que visitar a sus hijos que estudiaban por allá, fácil encontró una movilidad que procedía de Mayocc; se fue sin presagiar que, aquél viaje estaba dando un nuevo rumbo a la vida de su familia y el destino de sus propiedades. Era obvio que el viaje del hacendado demoraría cuanto menos una semana; entonces, la anciana suegra aprovechó esta ausencia para salvar a la nuera. Con el corazón plagado de sinceridad y para evitar desgracias posteriores, le dijo a Rebeca con voz débil, quebrándose en llanto y frunciendo el ceño adusto; _ Hija mía, ya estoy muy anciana, cualquier día me llegará la parca y te quedarás sola, no habrá quien te defienda de las agresiones de mi hijo; cuando ya no esté, hasta podría matarte; toma el pequeño ahorro que tengo y vete a mudar, huye muy lejos donde tu marido no te encuentre, nadie debe conocer tu paradero y has otra vida.

Rebeca no lo pensó dos veces; pues, sabía que esa era la oportunidad para acabar con muchos años de martirio, y sin llevar casi nada, partió rauda por el angosto camino de la quebrada sin rumbo alguno, echó su andar al destino, no hubo tiempo para despedidas. Los cañaverales que por derecho le pertenecían, mecieron sus lanceoladas hojas con la suave brisa de la quebrada, los molles la despidieron con su arbitral aroma y cuando el sol con aplomo acertaba sus dardos de fuego desde el cenit, se oyó el chasquido de una agorera ave en la alta rama del añoso roble que se erguía en el patio principal de la casa.

Es de imaginarse que a su retorno don Aurelio no concibió tal atrevimiento de su mujer; la buscó por todas partes, preguntó a muchas personas y agotado pensó  _ La infiel habrá huido con  algún amante…_ Lloró desconsolado hasta el hastío y pensó que;  “nadie sabe  lo que tiene hasta cuando lo pierde” . Todo se le vino de malas, en ese trance, también perdió a su madre anciana, le llegó la hora negra y se fue guardando el secreto de la nuera, bien dicen que “los males no vienen solos”.  Don Aurelio, era de esos hombres de decisiones firmes, entendió que la vida continuaba y que en ella se pierden peores cosas; se sobre puso a sus males y continuó con la rutina del trabajo, algún día olvidaría sus penas en un recodo de su soledad.

II
Eran los años en que escaseaban los abogados, en pequeñas ciudades como Pampas, los juicios lo defendían los picapleitos o leguleyos que, en el lenguaje más usual y sin bochornos los llamaban con desprecio los tinterillos; hacían las veces de abogado, desde luego que para sus argucias tenían que conocer algo de leyes, aunque sea al revés, en más de las veces desarrollaban habilidad persuasiva para encandilar a sus ingenuos clientes y convertirlos en vacas lecheras o en las gallinas de los huevos de oro. Hubo muchos de ellos en Pampas; la defensa no era cautiva; entre ellos uno apodado “El Chino”, era un viejito testarudo de procedencia huancavelicana, que por mucho batallar toda su vida en el oficio de embustero, sentó raíces en el pueblo y se hizo de muchas cosas gracias a su astucia, que muchos confunden por habilidad; tomó como suyo muebles e inmuebles de sus prójimos.

La mañana tenía la claridad serrana cuando no llueve; el pueblo huancavelicano gozaba del otoño usual, y su fría temperatura a pesar del sol, se extendía desde las cumbres del Potoccsi hasta dar sus alas de hielo en las altas pendientes del granítico Oropesa. “El Chino” estaba ocasionalmente visitando su terruño y de paso andando en alguna tinterillada de costumbre; se sorprendió cuando en una de sus callejuelas vio como a un fantasma, la imagen antigua de un rostro conocido; era Rebeca, ambos se conocían por alguna ocasión y hasta había cierto parentesco, luego de un ineludible saludo decidieron desayunar juntos para seguir charlando.

“El Chino” no dejó ni un minuto para hacerle una andanada de preguntas y averiguaciones sobre su paradero y el misterio de su desaparición de la hacienda, a las que ella respondió con sinceridad y elocuencia; virtudes que la caracterizaba, ello despertó un interés maligno en el viejo, rápido se le prendió el “foquito”, como se suele decir; con astucia pensó en una acción que le haría beneficiario de pingues ganancias, el muy veterano amablemente y vistiéndose de cordero le hizo una solícita propuesta:

_ Doña Rebeca, ahora que no está usted muy bien, no debe permitir que sólo su marido sea el beneficiario de la hacienda que le pertenece a los dos, debería reclamar sus derechos y con un juicio bien llevado, recuperará lo que no tuvo en muchos años de su ausencia.
_ Señor C… esto de los juicios es un afán, viajar desde Puquio a Pampas para esas cosas requiere de tiempo y dinero, eso no está a mi alcance; realmente no me interesa. _ respondió la señora.
“El Chino” insistió; pues algo se traía entre manos, entonces le hizo una propuesta mucho más convincente a la que terminó aceptando casi sin querer.
_ Rebeca, a usted no le costará nada, gastos ni viajes, ni perderá su tiempo; me otorga un poder y del resto me encargo; verá que no se va arrepentir _ El viejo tinterillo salió convenciéndola y apurándose en pagar atentamente la cuenta del desayuno; pese a su tacañería, salieron juntos en busca de un notario. “El Chino” tenía bastante amistad en su pueblo, alguna vez había sido escribano.

Empezaron a redactar un poder lleno de argucias; “El Chino” se puso frente a la máquina de escribir, empleando el estilo refinado de tinterillo, adornó y picó en cada treta con términos usuales para el fraude de modo que la balanza incline el peso a favor del viejo; más que poder, era un seguro para sus intereses. Entre lo que más resaltaba era; que la ganancia del juicio sería dividido en partes iguales. _ Firme aquí doña Rebeca y asunto concluido, yo me encargo de lo demás, le tendré informada de todo cuanto suceda, déjeme una dirección y vuelva tranquila nomás…

Se despidieron los nuevos socios haciéndose muchos encargos; aun siendo pesimista doña Rebeca y que la propuesta no surtiría efecto,  se fue soñando con el curita de Cora Cora. Pero en fin, como nada le iba costar, que importaba; allá el tinterillo, que vea su caso.

En el Juzgado de Pampas una mañana de sol radiante, se presentó tan apurado el tinterillo, y casi sin saludar a nadie, entró a la oficina del secretario llevando una demanda ampulosa; era como de cinco páginas, a ello adjuntaba una copia del poder y otros papeluchos más. Se estaba iniciando la larga travesía del Juicio de Liquidación de Gananciales, Usufructos no Percibidos, Daños y Perjuicios, Costos y costas del pleito, etc.; a esto siguieron  sendos escritos querellantes, cargados de abundante literatura de tipo batiburrillo, de derecho y dogma, parafraseados de citas legales y fundamentaciones por doquier y los otrosí que desfilaron por el despacho del Juez; “El Chino” se convirtió en el paladín de la justicia, defensor de la desposeída mujer de un hacendado, y poco a poco fue engordando el expediente, consigo, el apetito ambicioso del embustero y desde luego, ganarse alguito más de lo previsto…

 Don Aurelio había tenido que interrumpir sus quehaceres de la hacienda; montar muy de madrugada su más brioso caballo y atravesar la cobriza montaña de la quebrada, para llegar a Pampas y responder por el juicio que, dicho sea de paso, le había caído como un baldazo de agua fría; después de muchos años apareció su mujer, a la que había creído muerta y sólo para demandarlo; pero aun así, decidió afrontar el pleito.

El hacendado al llegar al pueblo, fue recomendado a don “Teo”; un tinterillo de mediana estatura y pelada testa, su abultado abdomen parecía decir que la cosecha era en abundancia; era de esos que hacían durar los juicios una eternidad, de modo que consideraba a un litigante como “La gallina de los huevos de oro”. Decían que don Teo cuando tomaba sus traguitos con sus amigos, hacía gala de su masculinidad y solía decir que; cuando orinaba hasta la pared se hinchaba. Meaba cogiendo su genital con las dos manos como si llevara un bulto pesado y de orgullosa ventaja. Era de esos tipos a los que llaman libidinosos, miraba a una mujer y sus ojos se iluminaban como semáforos en peligro, se lamía los labios como el perro que roba manteca. Tenía un hijo estudiando derecho en Lima y aprovechando sus vacaciones, hizo una visita a su padre en Pampas, don Teo se dio un corto descanso y encargó los juicios y la oficina a su hijo;  el joven intrépido y como buen estudiante de derecho, en una semana había matado tres juicios con solo presentar un recurso; a su retorno su padre le pidió cuentas y el hijo le manifestó que; en vano mantenía los juicios pudiendo resolverse de la forma más  breve; a esto don Teo respondió; _ So mozalbete atrevido, con qué crees que pago tus estudios…? , mataste a la gallina de los huevos de oro.

Don Aurelio, tampoco podía abandonar sus quehaceres y permanecer defendiendo el juicio, otorgó un poder a don Teo para que se encargara; pactaron los honorarios que, desde luego  eran muy onerosos y con muchas promesas don Teo despidió al hacendado llenándole de esperanzas. _ Vaya no más don Aurelio, está usted confiando en mejores manos, déjeme un adelantito y en dos por tres lo tendremos en el bolsillo a ese chinito testarudo. _ Don Teo era el rey de la fanfarronería ilimitada, un tinterillo refinado y a carta cabal.

Siguió el juicio con comparendos y todas las diligencias de naturaleza; toda la balanza se inclinaba a favor de los demandantes; mas por el descuido de don Teo que no fue leal al trato; ¡ah!, pero si, de puntual cobranza. Don Aurelio le hacía esporádicas visitas y todas ellas terminaban en comilonas y borracheras; el hacendado tenía que gastar hasta en los vicios de su defensor y siempre era la misma historia, _ Pero cómo don Aurelio, usted confíe en mí, todo está de nuestro lado, ese chinito está perdido. _ Y el varón confiado retornaba a sus quehaceres.

En una de sus tantas visitas, el hacendado se había encontrado con “El chino” en la plaza de Pampas y a pesar de ser su parte contraria, le había referido que el juicio le estaba yendo mal. _Está usted montado en un mal caballo don Aurelio, ese juicio los vas a perder. _ Había empleado su metáfora para darle a entender que su juicio lo estaban defendiendo muy mal. Oído esto, se fue a buscar a don Teo para reclamarle y que le aclare sobre el caso, pero primó la fanfarronería para decirle, _ Ese chinito te dijo eso porque ya sabe que lo tenemos en el bolsillo, ya se siente perdido por eso está asustado; vaya tranquilo no más don Aurelio siga disfrutando de sus ganancias, el resto es mi trabajo; para eso pues yo soy su cholo, su servil.

De tanto tramitar el juicio, llegó el día de la sentencia, todo fue a favor de los demandantes; don Aurelio fracasó completamente en el juicio y por el usufructo de muchos años ya nada le correspondía. Luego vino la orden de desalojo y el imperio se derrumbó cual castillo de naipes, el hacendado quedó pluma al aire, perdió toda la hacienda y nada le quedó. Por tantas desgracias juntas, desahuciado, se dio al abandono, dicen que lo veían en Izcuchaca hasta dedicándose al alcohol, viviendo de la voluntad ajena y posteriormente sus hijos se lo llevaron a la capital.

“El Chino” si estaba con una sonrisa de oreja a oreja, hizo llamar a doña Rebeca para el reparto de la ganancia, y haciendo uso de su astucia inagotable de buen tinterillo, se quedó con la mejor parte de la hacienda, junto a la carretera, con abundantes frutales, sembríos y harta agua. A la señora le dio los terrenos eriazos, que solo servían para echadero de animales y que a la postre tuvo que vender a un precio de regateo a la comunidad de Locroja.

El bien caído del cielo para “El Chino”, o mejor dicho del infierno; le iba bien, ¡… pero hasta cuando…!. Nadie puede ser plenamente feliz con desgracia ajena, algún momento la novela tenía que llegar a su final.

III
Era el mes de Abril de 1974, se había prolongado el invierno en nuestras serranía; las permanentes lluvias eran amenazantes en la quebrada del Mantaro, todas las tardes las nubes negras viajaban en alas del viento y cada vez más fúnebres, como anunciando un funesto presagio. Los abismos de esa quebrada de Ccochaccay son infranqueables y con terreno deleznable.

El día 25 de abril de ese año, en todo el día no se vio el sol, el cielo lloraba y los cerros se escurrían, la quebrada de Ccochaccay se veía muy funesta; los pueblitos serranos muy alejados unos de otros, se repartían como perlas andinas en las cumbres de las montañas esperando la noche. La lluvia era incesante, su goteo monótono era cada vez más intenso. Sobre la cima del cerro Mayunmarca se dormía y despertaban los negros nubarrones, a instantes iluminaban el horizonte los wacris  al cerrarse el día. Todos dormían sobresaltados, parecieran presagiar algo; los campesinos viven más contactados con la naturaleza; es como si entendieran hasta el mismo lenguaje del viento y las montañas.

Al arrimarse la media noche, las reses bramaban en sus estancias, el viento soplaba por doquier y la tierra empezó a temblar; el sonido era estruendoso en la quebrada. Las filtraciones y alguna falla geológica, despertó la furia del Mayunmarca y con violencia titánica fue lanzado desde la cumbre hasta el fondo de la quebrada donde se agitaban las turbias aguas del Mantaro, con una velocidad aproximada de 140 Km/h haciendo desaparecer por completo las haciendas de Ccochaccay y Huaccoto. La naturaleza no dio tregua a su furia jamás y como si fuera venganza de los dioses andinos, consigo se llevó aproximadamente 460 personas que no vivieron para contarlo.

Durante los siguientes días, la laguna artificial aumentaba amenazante su volumen; cubría fértiles tierras, fructíferos fundos de frutales; los próximos cuarenta y tres días fue en aumento el terror natural. Para los habitantes de la zona, era novedoso y curiosamente peculiar ver sobre volar helicópteros; el afán era desembalsar el dique que ya había avanzado 30 Km de largo, y haber cogido 650 metros de ancho con una profundidad de 170 metros; los cielos serranos comprimían sus nubes y parecían amenazar con la erosión de otra montaña aledaña. Todo el Perú estaba alerta al desastre; peligraba la represa de Quichuas.

El día 6 del mes de Junio; luego de los cuarenta y tres días de permanente labor especializada, por fin, las violentas aguas del dique artificial, se precipitaron furiosas aguas abajo; con bronca y estruendo fue a parar estrellándose de peñón en peñón, arrasando todo a su paso; se llevó plantaciones, animales y todo lo que encontró a lo largo de su cauce; destruyó poblados enteros, carreteras y caminos, sembríos por doquier, a lo largo de muchos kilómetros, trasladando incluso su irónica furia hasta el río Apurímac, en la selva ayacuchana.

El hermoso fundo “Perseverancia”, ubicado a escasos tres kilómetros cerca de la presa artificial, fue el primer blanco de la desgracia, también el fundo “B…” fue abatido y arrancado desde las entrañas por la furia de las aguas que entraron en proceso de liberación. El poblado de Anco, previamente evacuado y el puente de Mayocc, fueron presa fácil de la furia de las aguas del “Anccoymayo”. Rugía la quebrada que nunca tuvo piedad, se pelaron los abismos, las playas y los remolinos sucumbieron a la fuerza titánica de las aguas.

Los campesinos se sumieron en lágrimas de dolor e impotencia, vieron perderse en pocos minutos, las tierras que habían sido cuna de sus antepasados, donde vieron la primera luz de la vida y de sus hijos. Pues ellos con razón porque les había costado esfuerzo y sacrificio, días de incesante trabajo, noches de flagrante desvelo, donde aferraban de rodillas sus esperanzas y no como otros que por astucia, maldad y sinvergüencería, valiéndose de artimañas y tinterilladas lo habían ganado.
Fue destruido la carretera que une Huancayo y Ayacucho, aproximadamente un tramo de treinta kilómetros, dejándolo inhabilitado por mucho tiempo. 

Cuando “El Chino” volvió por esos lares, nunca más reconoció el lugar, el fundo “B…” había desaparecido, su dueño se lo llevó. A eso dirán “Lo mal habido, el diablo se lo lleva”. Han pasado los años y todo ese lugar que una vez se enlutó de terror, es ahora un hermoso y paradisiaco lugar, la misma naturaleza se encargó de reformular y ordenar las cosas, a pesar de haber sido sepultura de muchas personas, pero ahora es esperanza de muchas generaciones. Bien diré que; Dios perdona siempre, el hombre a veces, pero, la naturaleza nunca perdona.

Editado año 2011
Obra: “Los Tinterillos”
Autor: Miguel Ángel Alarcón León