lunes, 21 de marzo de 2011

MAS RELATOS TAYACAJINOS


El Blog Saposaqta publica en calidad de primicia el maravilloso cuento titulado El Joyero cuyo autor es el escritor tayacajino Miguel Alarcón León, y fue extraído de su última publicación de Relatos Andinos.





EL JOYERO


Eran tres hermosas damas que partieron de tierras warpas, tres lindas mujeres como tres gotas de agua, sus bellezas, eran el reflejo de la pureza de su alma. Las tres Marías del cielo iniciaron su largo peregrinaje por nuestras inhóspitas tierras andinas; donde iban, colmaban de bendiciones, su afán transeúnte tenía por equipaje un caudal infinito de fe y esperanza, paz y hermandad en los pueblos donde sus divinos pies pisaron y sus cuerpos a descansar.



_ Pan para nuestra hambre _ y el hombre andino allí estaba con su pobreza. _ Cobijo para nuestro frío _ decían al llegar a otro pueblo, y allí estaban las bayetas y pullos de lana artísticamente tejidas por diestras manos femeninas de la serranía. _ Agua para nuestra sed _ y los límpidos manantiales daban sus más puras y cristalinas aguas vivificantes a merced de tan lindas mujeres.

Las tres hermanas siguieron su largo peregrinaje, andando y descansando, haciendo camino en la dura ruta de la agreste serranía. _ ¿Dónde nos llevará el destino? _ decía una de ellas _ Tenga paciencia vuestra merced, ya llegaremos, el señor tiene un lugar para cada una de nosotras. _ decía la más cauta y purísima de sentimientos.

Una mañana muy jubilosa, estaba por finalizar el siglo XVIII, los pueblos de la serranía nunca olvidarán; las tres hermanas llegaron muy cansadas a un pintoresco caserío; la brisa era muy tibia, la caminata muy larga y por quebradas cálidas, las casitas muy alejadas unas de otras, eran muestra de una desunión infranqueable, mucha indiferencia, ajenas unas de otras; el pueblito era reflejo de mucha enemistad y atraso. Para cerciorarse una de ellas fue a pedir agua para la sed, pero que mal, no halló respuesta; entonces la más Purísima propuso; _ Una de nosotras se debe quedar aquí, este pueblo necesita de nuestra ayuda para superar sus males, alguien que los hermane y los una para siempre._ Unas a otras se miraron y al fin Candelaria dijo: yo me quedaré y lo llamaré Occoro, donde estamos sentadas haré mi casa, este pueblo será de gente unida que prosperará y sin indiferencias. _ Que el cielo te bendiga hermana y estaremos pendientes de ti _ replicó la más Purísima de ellas.

Dicho esto las dos hermanas partieron la empinada cuesta en cumplimiento de su misión; siguieron sorteando rutas y caminos admirando fecundas tierras y paisajes lejanos, les era un encanto la serranía de profundas quebradas, de picos elevados, de punas infinitas, donde el viento susurra al oído sus frías notas; ningunas sabían su parada final. _ Nuestra hermana ya se quedó, a dónde llegaremos a parar nosotras? _ decía una de ellas, pero la más purísima de sentimientos, siempre más cauta le decía; _ calma hermana, ya nos tocará nuestro lugar, solo sé que también nos separaremos, cada una cumpliremos nuestra misión por separadas.

Desde las cumbres de granito, observaron un hermoso valle azul, parecía un inmenso espejo de agua que reflejaba el cielo, era el hermoso valle de Pampas; estaba inundado sus prados y chacras de la hermosa flor de linaza, muy similar a un lago azul. De tanto andar por el vergelero valle pampino, llegaron a una plazuela que solo contaba con algunas casas de anchas paredes el rededor; propiedad de los principales del pueblo, como dijera Arguedas, de esos que odiaban a los forasteros y despreciaban a la gente del campo. El pueblo no excedería los mil habitantes, en la plaza había una capilla y algunas veces se recordaban de San Pedro; pues en 1702 se había designado como cofradía de San Pedro y consiguientemente era el Patrón del pueblo.

_ Este pueblo nos necesita, bastante coraje se debe tener para quedarse, hay muchos necios y hay que llegar hasta sus corazones. _ manifestó una de ellas rasgándose las vestiduras. _ Tú debes quedarte hermana mía; eres la más cauta y tus sentimientos son purísimos, con la sabiduría que tienes podrás conquistar estos necios corazones y ablandar sus sentimientos para que se quieran unos a otros; yo seguiré mi camino, ya habrá un lugar para mí.

Dicho esto la otra María se marchó, tomo el rumbo del camino que va hacia Huancayo, pasando por Rumichaka, Yarccacancha; caserío donde había un inmenso corralón y la gente por ese lugar sufría de hambre sin tener nada que ofrecer al viajero, posteriormente pasó por Huancaycucho para llegar a Obrajería, Quesera, hasta Pamuri, donde hacía mucha falta el agua. Esta María se propuso solucionar el problema y emprendió su caminata por la cuesta hasta llegar a las cumbres de Champaqocha, abrió dos pequeñas lagunas y para descansar se posó sobre una piedra y al moverse la roca empezó a brotar abundante agua; desde entonces se quedó la Virgen de Champaqocha.

Por su parte, María Purísima se quedó en Pampas para ser la patrona. La santa solía tomar el cuerpo humano, transformada en una mujer muy hermosa y humilde se iba por los campos y pueblos aledaños del valle, para mostrar su esencia divina, muy dedicada con los necesitados, sobre todo con la gente humilde del campo, cumplía con afanes domésticos y del campo ayudando a los humildes y en la tarde volvía a su altar.

Los valles de Pampas y el Mantaro eran unidos por caminos de herradura; las mulas y acémilas en piaras viajaban por el antiguo camino inca, el Capaccñam, uniendo pueblitos antiquísimos de Mullaca y Pazos, para bajar a Pucará y empalmar al valle Wanca. Los comercios y trueques se hacían de esa forma, tomaban semanas enteras en viajar comerciantes y compradores.

El wanca Surichaqui, era dueño de una joyería en Huancayo, hacía sus viajes esporádicos a Pampas tres o cuatro veces al año para proveer de hermosas y codiciables joyas en oro y plata con acabado de piedras preciosas para sus lujuriosos clientes del pueblo. Adquirían contadas mujeres presumidas de maridos gastadores y vanidosos. El wanca embustero, dejaba hasta al crédito con tal de vender su mercancía aunque fuese a precios judaicos.

Una tarde que estaba de vuelta a Huancayo, encontró en el borde del camino a una hermosa mujer de facciones divinas; nunca antes sus ojos se habían complacido con tal encanto de mujer; vestía trajes andinos y sus ojos color cielo eran una ventana para ver un mundo de sinceridad; el wanca Surichaqui fue picado por el gusanito lívido de la curiosidad y la galantería y so pretexto de pedir agua para su sed, se acercó a tan agradable dama; no le negó, con agradable sonrisa, transparente y una mirada resplandeciente de amor puro y sincero, atendió al caminante. Éste encantado por todo se sentó cerca a ella y empezó a galantear; a pesar de estar tartamudeando por emoción extra y trémulo daba a entender que podía amar a esa mujer. La hermosa dama le seguía la corriente, pues entendía el corazón del mortal.

Le embargó una emoción inmensa que, sacó de su equipaje un par de pendientes de oro de elevadísimo costo entre todas sus joyas y la ofreció como regalo, como quien hace méritos para ganarse su cariño. Ella aceptó con mucha algarabía y agradeció con bastante complacencia. A esto aprovechó el wanca para preguntarle donde vivía. _ En la Plaza de Pampas _ dijo ella _ búscame cuando quieras, te estaré esperando.

El wanca en su engañado corazón pensó que ya había conquistado, entonces le hizo una cita, fijando fecha, hora y lugar; a la que la damita aceptó con mucho entusiasmo. El joyero continuó su camino muy feliz, desojando margaritas, pues consideraba muy buena conquista. En la ruta se fue llenando de ilusiones y sueños de amores y planeando noches sin final al lado de tan bella mujer pampina que terminaba de conocer.

Todas las noches soñaba con ella, los días eran de impaciencia y deseaba que el tiempo pasara a raudales, tenía turbado el corazón; hasta que llegó el día, tenía que viajar a Pampas al encuentro. Preparó otro precioso regalo para asegurar el corazón de la fémina y con más prisa que antes, enrumbó el viaje.

La mañana tenía la alegría primaveral sin par como los hay solo en la tierra pampina; el sol acariciaba con sus brazos de fuego el valle esmeraldino de tintes azules; el atrevido joyero había elegido el mejor de sus trajes para impresionar a quien había cautivado su aventurero corazón y media hora antes de la indicada, ya estaba bien plantado en la misma plaza; empezó a disfrutar de la espera cual adolescente flechado; pues para los corazones enamorados, esperar es un placer, un deleite, que no pase el tiempo de la demora, si fuera posible que se demore más, para poner a prueba el instinto de amar; la paciencia es un árbol de hojas amargas, pero de frutos muy dulces.

Infausta la espera, la dama más bella de Pampas nunca llegó a la cita; decepcionado el joyero wanca no creía haber sido engañado por la dama de sincero mirar. Se pasó una hora más de lo previsto y para consolar su engañado corazón decidió entrar a la iglesia; ingresó desganado y llegó al altar, se hincó de rodillas y al ofrecer una plegaria alzó los ojos y grande fue su sorpresa; los aretes que había regalado pendían relucientes de los pabellones finamente perfilados de la Virgen Purísima y al ver con más detenimiento, reconoció a la dama de quien se había enamorado. _ ¡Dios mío! _ se dijo _ Qué hice, cómo haberme enamorado de la virgen, este humano corazón como pudo palpitar por una deidad; te imploro perdón _ Se quedó el wanca Surichaqui como sin alma por su osadía, pero desde entonces su más fiel devoto.

Juró ser su fiel adorador hasta su muerte; el joyero en pago a su herejía, mandó hacer una hermosa corona de oro puro con piedras relucientes y desde entonces mientras vivo, nunca dejó de asistir a las fiestas que por entonces solo se celebraba el ocho de diciembre y sus obsequios consistían en alhajas de oro y plata.


Autor: Miguel Alarcón León

Colaborador de Saposaqta

Fuente: Relatos Andinos Obra: Los Tinterillos Editado: En marzo del 2011