viernes, 6 de agosto de 2010

DON 'HIPO', EL MÉDICO DEL PUEBLO

Don Hipólito Martínez Ruiz, el médico del pueblo cariñosamente llamado “Don Hipo” llegó a Pampas Tayacaja, por los años 1922, en tránsito hacia Ayacucho. Lo acompañaban su hermano Julio y un socio quienes decidieron quedarse allí a reposar el largo y fatigante viaje.


Fue así que a la mañana siguiente, los viajeros se reconfortaban con el sol pampino, en el parque principal. En aquellos momentos, una simpática profesora de ojos verdes cruzó el parque libro en mano, rumbo a su escuela.


El joven farmacéutico sorprendido, le dirigió un fino piropo. La profesora también sorprendida, volteó el rostro y se produjo ese intercambio de miradas, llamado amor a primera vista. Esa química milagrosa que une a un hombre y a una mujer.


El galán había caído, víctima de ese amor, y resolvió quedarse hasta conquistarla. Los compañeros de viaje no tuvieron otro remedio que retornar hasta Apata (Junín).


Así comienza una breve semblanza de la vida y obra del joven farmacéutico que dedicó con amor, medio siglo de su vida al servicio del pueblo de Pampas Tayacaja. El había nacido en Apata, un pintoresco pueblo en el prodigioso valle del Mantaro.


Se había graduado de farmacéutico en la Universidad de Iquique (Chile) y de vuelta al Perú se dirigió a su querida tierra donde lo esperaba su amorosa madre doña Nicolasa Ruiz.

Después de unas merecidas vacaciones formaron una sociedad con su hermano y un socio para abrir una farmacia en Huamanga Ayacucho. Allí se quedarían hasta triunfar.


Juntaron sus ahorros, compraron un lote de medicinas básicas y partieron los aventureros hacia tierras ayacuchanas.


Pero el histórico viaje se truncó esa soleada mañana en el Parque Principal de Pampas, donde el galán decidió quedarse hasta conquistar a la agraciada profesora.


El farmacéutico prendado de aquella joven pampina, tras una larga batalla de cortejos, logró la aceptación de la señorita profesora Rosario Valenzuela Orderiz.


Dulcemente los novios tejieron el clásico nidito de amor, alquilaron una precaria tiendecita en Huanta Calle, donde organizaron los pocos remedios que portaban. Rellenaron con botellas vacías, velas y coca para empezar a ganarse el pan de cada día. Ya en el pueblo había corrido la voz, la presencia del boticario.


Sus primeras atenciones, sus conocimientos, y esa gran voluntad de servicio, le abrieron fácilmente las puertas de la fama.


Al año siguiente la pareja de novios contrajeron matrimonio con la complacencia y el calor del pueblo que los acompañaron entusiastamente durante los festejos de la boda.


Hipólito y Rosario unidos para siempre, encargaron su primer heredero. Tuvieron la suerte de alquilar una tienda con vivienda en la esquina del Parque Principal, donde una brillante mañana se habían conocido.


En aquella esquina inauguraron la legendaria Botica Cruz Roja, donde la figura de Don Hipo se consagró plenamente. La población desamparada que solo contaba con una posta sanitaria, desde ese momento contaba con una farmacia y un farmacéutico dispuesto a luchar contra lo imposible. Don Hipo se convertía en un líder de la medicina En un personaje caído del cielo, irremplazable y milagroso. No se durmió en sus laureles y continuamente se actualizaba con sus libros. Revisaba toda revista o periódico que llegaba a sus manos, buscando las informaciones médicas. que lo ayudaran en su solitaria batalla.


Se afianzó la inconfundible figura de don Hipo, un joven simpático, inteligente, siempre atento, de mandil blanco junto al mostrador de la farmacia. Contaba con dos armas muy poderosas: su claro espíritu humanitario y ese gran sentido de la amistad y cordialidad con que levantaba el ánimo del más dolido. Cultivó esa relación médico-paciente de amor y solidaridad que lamentablemente hoy en día se ha perdido.


Autor: Luis Martinez Valenzuela

Fuente: “Pampas tierra del alma”. Lima 2004

1 comentario:

Violeta dijo...

Una historia muy hermosa, gracias por compartirla.