viernes, 17 de mayo de 2013

LA FLOR DE PURHUAY







La Flor de Purhuay era un hechizo en flor

¿ Porqué creen que los viejos de Pampas no la olvidan a pesar del tiempo transcurrido?

Cuando se emborrachan lloran desconsolados, algunos por sus apetencias frustradas y. unos cuantos recreando en su memoria sus grandes performances.

Una noche de fiesta en el pueblo estaba Flor de Purhuay luciendo un vestido elegante y oliendo rico, con esos aromas de tentación que nos llenan de calentura todo el cuerpo.
- Me acerqué tímidamente, Florcita le dije, ¿se te antoja un ponchesito?

- No es bueno que nos vean juntos - respondió – eres muy mocoso para mi, aunque ¡Que caray! Eres poeta y te quiero mucho.
- No te preocupes, pago el ponche y me alejo hacia la pileta para lo puedas saborear solita.
- Bueno está bien, respondió, me contestó mirando de un lado a otro.

Flor de Purhuay tenía el pelo largo y muy sugestivo, caminaba con picardía, sabía que todos la miraban y deseaban. Hasta el sastre Hermenegildo García, mas conocido como Yanapuyu, procurando llamar su atención, gritaba en medio del parque: “deja la rosa en botón, deja que goce su verano, todos joden menos yo”. Pero Flor ni lo miraba, y el pobre se marchaba cabizbajo y en silencio.

Antes que concluyeran las celebraciones de enero, me dirigí hacia Purhuay donde vivía Flor. Caminé lentamente amparado por la negrura de la noche. La senda permanecía siempre solitaria, Obligaba a cruzar el cementerio. Su casa era de una sola planta, tenía el techo estaba lleno de musgos y estaba en la última curva antes de entrar en la plaza del pueblo, donde cada año se realizaba una espectacular corrida de toros.

Toqué en clave su puerta, Al abrirme fijó su mirada hacia el camino para comprobar si había ido solo o con alguien más. Ya en su cuarto, alumbrados por tenue luz de una vela, la acariciaba tiernamente recitándole poemas de Neruda que tanto la emocionaba. Ella lloraba.

- ¿Por qué lloras mi amor, que te sucede? le preguntaba, secando sus lágrimas.
- Nada, no pasa nada. Son los años y la vida que pasa como un relámpago, respondía.

Nos abrazamos, vamos a jugarnos la vida juntos gritamos a una sola voz.
Ella me quería, nunca dudó de mi cariño, sin embargo, la idea que el pueblo condenaría nuestra relación, no le permitía demostrar su amor con toda libertad.

Por eso aquella noche, repentinamente, seria y sentenciosa, dijo que lo nuestro debía terminar en ese instante. Pues, presentía que las autoridades, ejerciendo sus poderes, la podían botar del pueblo argumentando corrupción a un menor.

- Bueno, sugerí con toda firmeza, llegado el caso puedes decirles, que aquí hay pecadores adultos, peores que nosotros; que conoces muchos incestuosos, y que si fuera necesario, revelarías sus nombres, entonces si, ahí ardería todo Pampas. Y eso no le convendría a nadie, porque a lo mejor habría excomunión para todos.

-¡Quien sabe!, ojalá resultara como dices, afirmó entre dudas.

Poco tiempo después tuve que viajar a Lima. Al hacerlo una lluvia torrencial de sentimientos inundó mi cuerpo y mi alma. No tuve valor de despedirme de Flor, su recuerdo fue la luz de mis andares.

Dos años después retorné al terruño. Todo estaba como lo había dejado.
Una noche descansando en una banca de la solitaria plaza, escuché el llamado de Florcita. Inmediatamente me dirigí hacia Purhuay. La casa estaba silenciosa. Una cigarra hizo piruetas a mi lado y se marchó – me imagino que era el espíritu de Flor ofreciéndome la bienvenida -. Al ingresar Flor estaba sentada al borde de la cama. Un estremecimiento sacudió mi cuerpo. Me acerqué presuroso y al mirarla, no encontré la luz de sus ojos, sus labios no pronunciaron palabra alguna.

De pronto Florcita se levantó. Su cuerpo desnudo lucía formas voluptuosas. Luego empezó a danzar en medio de la salita, en cuyo rincón un anciano lugareño tocaba huaynos en el violín,

- Mi vida, le dije amorosamente – deja de bailar, ven a mis brazos.

La luna se filtraba por entre la teja rota, y ella se vistió de negro. Repentinamente la lluvia  dejaba sentir su caída estrepitosa. Truenos y relámpagos sacudían el cielo. Temerosos Flor y yo nos cobijamos en el catre cubierto por una manta multicolor, y en un nido de fuego indetenible, nuestros cuerpos se estrecharon como nunca antes había sucedido.

Vuelta la calma, aquietada la sangre, Flor me tomó de las manos y despacito me llevó hacia la puerta. Sin una palabra me dijo adiós.

Salí de la casa. No encontré a nadie en la placita que parecía tatuada en soledad. Ante esta soledad que corroía los huesos, me refugié en una cantina y bebí hasta embriagarme. Entre vaso y vaso recordaba todo el paisaje de ternuras que vivimos, donde el tiempo semejaba una fresca y transparente rosa, o un inmenso reflujo donde nada era imposible para los dos.

Era casi la media noche. El aguacero caía sobre los humildes tejados y las torres de la vieja capilla. El cielo se refugiaba dentro de mi. A esta hora en el camino de retorno, todo era imperio de la soledad donde solo se escuchaba al viento anidándose en las ramas de molles y eucaliptos.

Mucho tiempo ha transcurrido de esas vivencias que pasé, cuando Pampas era una revelación de la vida. Ahora he vuelto. Siento que a Florcita la sigo amando y la seguiré recordando hasta el día que mis huesos se hagan polvo, en las solitarias calles del pueblo donde nací.

Carlos Zúñiga Segura
Colaborador exclusivo de Saposaqta