miércoles, 14 de marzo de 2012

EL CHOLO MELENDEZ




EL CHOLO MELENDEZ

Desde muy pequeño, aún cuando la razón no orbitaba en su cabecita de cholito serrano, Meléndez había quedado huérfano de padre y madre, la madre murió en el momento del parto; pues alumbrar en domingo siete a un cholito robusto no era tan sencillo; la primera vida que cobró fue la de su madre, era el primogénito. Los vecinos se alarmaron, vaticinando extraños destinos según su creencia para el futuro hombrecito; no eran necesarios los oráculos tebanos para predestinar. El hombre andino vive aferrado a sus creencias, es parte de su existencia. Es casi costumbre en los pueblitos y comunidades alejadas de la serranía, envolverse en supersticiones que por meras coincidencias podría suceder. El viudo se consolaba con el niño que precozmente exageraba en peso y tamaño al nacer; pero, poco duró esta fantasía; también él murió cuando el pequeño vástago empezaba a brincar sus primeros pasitos. Luego de haber asistido a una fiesta patronal de la comunidad vecina, regresaba ebrio en una noche lóbrega de martes trece, se desbarrancó a un abismo muy profundo. El cholito Meléndez quedó huérfano, al cuidado de la solitaria abuelita.

Vivían en una casita alejada en las alturas de Colcabamba, agobiados por la ironía de la pobreza. Raras eran las veces en que la abuelita bajaba al pueblo aprovisionarse solo de lo necesario, sal, velas, azúcar, fósforo y otros de los que no se podía prescindir, ¡ah! También coquita para que en sus veladas acompañe sus penas; para el campesino es artículo de primera necesidad, ellos no lo ven como droga, si no, es parte de su vivir, de su lenguaje. El niño nunca acompañaba a la abuelita al pueblo, hubiera preferido caer muerto antes de ver a gente extraña, crecía cual un ermitaño, un anacoreta.

Los años; consecuencia de la ley cósmica, seguían uno a otro; el niño fue creciendo introvertido, muy huraño y de poco hablar, al extremo de esconderse debajo del cawito o en el maizal más cercano cuando alguien visitaba la casa. Se sumía en su mundo, nunca asistió a la iglesia a oír misa; esos remotos años no había ni escuelas, no conoció amigos, vivía aislado de los demás, en esa paz natural, cuando el hombre no destruía aún el paisaje, el cholo Meléndez estaba gestando en su ser una personalidad macabra, más parecía haber nacido con un signo y que podía hacerse realidad todos los vaticinios.

En su soledad jugaba extrañamente; capturaba moscas y les arrancaba la cabeza para disfrutar a carcajadas con la muerte desesperada amen de los aleteos. La abuela no despertaba ninguna sospecha maliciosa con el juego, hasta le parecía muy normal en un niño de su edad. El cholito crecía junto con su maligno y peligroso juego, ya no era con moscas, lo hacía con los pollos de la abuela, siguieron las gallinas, y a medida que crecía, con los carneros y estaba acabando con los animales de la casa, y no era por hambre que mataba, más por diversión, era una forma peligrosa de hacerse joven, hasta que la abuela entendió que corría peligro cuando supo que su primera víctima había sido un niño que en la soledad pastaba sus animales. Se vio obligada a echarlo de la casa, había descubierto muy tarde que estaba frente a un psicópata, con instinto asesino y que era capaz de cualquier cosa con tal de disfrutar con el dolor ajeno.

El cholo Meléndez divagó por las punas frías y solitarias, su sangre comulgaba con el ambiente tétrico y su recio cuerpo sin alma se fortalecía a la par de sus andadas, su temeroso semblante de pómulos grotescos, albergaba una acerba mirada y profunda, como si en ellos se avivaran las brasas de odio y muerte. Meléndez no conocía el miedo, llevaba tatuado en su cuerpo unos músculos desalineados, cubiertos de una piel cobriza que el sol de los andes pintó con los tintes de su raza; sus brazos de hierro solo obedecían el placer de su macabra mente que mantenía excelsa su frenética sed de matar. De tanto andar di vagante, logró ubicarse en una cueva antigua; en ese machay instaló su centro de operaciones, de él se dominaba las profundidades de los abismos donde se perdía la voz del viento, estratégicamente ubicado y muy apreciable el tránsito de los caminos. Meléndez esperaba a sus víctimas con un chafle bien afilado y luego de decapitarlos, el cuerpo lo aventaba al abismo y la cabeza los coleccionaba en su guarida. En más de las veces llevaba con engaños a sus víctimas para cometer sus fechorías y luego de dar rienda suelta a su instinto asesino, desaparecía los cuerpos. Muchas familias habían perdido a sus seres queridos en manos del asesino, los alrededores se colmaron de espanto, y el perverso no dio tregua a su instinto, como si en el habitara el mismísimo diablo. La gente estaba alarmada y temían por constantes noticias; estaban cumpliéndose los vaticinios de los lugareños, había nacido con un mal signo y la única forma de dar fin a tanta desgracia era eliminándolo.

La provincia entera se había enterado de la noticia, se había expandido la infamia de Meléndez, quejas y querellas de familias lastimadas llegaban a los pueblos, y como cualquier cosa terrenal tiene su límite, colmó la inoperancia, el temor se quebrantó y cansados de tanta saña se reunieron hombres y mujeres de todas las comunidades y pueblos de la provincia y sesionaron en la plaza grande. Pidieron la asistencia del cura de Pampas, se hizo presente para ofrecer una misa de seguridad y de repudio a las acciones del energúmeno hombre del mal y luego de una bendición se fueron llevando consigo todos los sacramentos habidos; no se olvidaron de los encargos del curita que les dio bastante agua bendita y un crucifijo de acero; partieron de todos modos llevando de equipaje un poco de temor, pues se creían enfrentar al mismo diablo, más de medio centenar de runas se perdieron en la última curva que sube la cuesta por las alturas de Colcabamba.

Al promediar el medio día del tercero de búsqueda, ubicaron al sujeto, era el instante del fuerte viento que soplaba por el barranco que no logró despertar a la fiera; un eco se levantaba suave hasta dilatarse en el frío horizonte y con este compás tétrico, los comunes había rodeado la guarida del cholo, lo sorprendieron en plena siesta, no le dieron tiempo para reaccionar, se le lanzaron de a montón para luego inutilizarlo. Todas las armas cumplieron su función, ataron sus pies y manos con sogas de llama, una vez indefenso rociaron su cuerpo con toda el agua bendita, pero no pasó nada, pusieron el crucifijo en su frente y no sucedió lo que esperaban; pues el cura les había advertido que si era el mismo diablo, tenía que derretirse con el agua bendita o prenderse fuego al contacto con el crucifijo, pero nada sucedió; entonces, entendieron que era tan humano como cualquiera de ellos, ello obligó a tener que ejecutarlo y abrirle las entrañas para ver si tenía corazón. Meléndez contuvo todo el dolor y expiró sin ninguna queja, el grito y todo el odio se comprimieron en cada rincón de su cuerpo para la postrimería; los captores continuaron con toda la faena hasta descuartizar el cuerpo y distribuirlo en diferentes lugares y evitar que siga haciendo daño al prójimo.

La cabeza lo llevaron por las alturas de Colcabamba y fue enterrado en la comunidad de Pichccapuquio, hoy comunidad de Independencia; de allí brotaron cinco manantiales de las cinco cuencas de su calavera, se formaron bolsas de agua como manantiales de odio, tanto fue la ira que se convirtió en un gran huayco que arrasó la mitad de la población colcabambina.

Los que fueron de Pampas, trajeron los riñones y el corazón; de paso, enterraron bajo una enorme roca, al borde del Opamayo, en La Colpa de donde brota el agua salada; el corazón lo llevaron hasta Chalanpampa, fue enterrado y empezó a brotar el manantial que hasta hoy calma la sed de muchos pampinos y de los maceteros del cementerio. Los comuneros de Ocoro, también llevaron parte del Cholo Meléndez, las vísceras fueron enterradas por los bajíos de Jabonillo donde se formó Chaquiqocha, una laguna muy cristalina, pero misteriosamente de la noche a la mañana desapareció, ahora solo quedan huellas. Las extremidades inferiores se lo llevaron los pobladores de Churcampa y antes de llegar al pueblo enterraron verticalmente, de ello se formó un profundo abismo llamado Kishuarpata; años más tarde sirvió de patíbulo para la familia Gutiérrez, que por pleitos de terrenos fueron desbarrancados por el sanguinario “Tiraccaya” que sirvió de sicario, cuya vida terminó en la isla del Frontón.

Los brazos se llevaron por la zona de Huayllabamba y Mayunmarca, con el tiempo provocó el deslizamiento del cerro y al embalse de Huaqoto. De ese modo el Cholo Meléndez hizo sentir su ira aún después de muerto, siguió cobrando vidas a través de la naturaleza y si es eso cierto según los vaticinadores, entonces que ha de suceder después…?

Por la cumbres del Malpaso, existen enormes rocas, tétricas y solitarias; entre ellas hay una cueva que se llama “Ayamachay” que quiere decir cueva de la muerte; refieren los transportistas que en sus viajes nocturnos y solitarios, parecen ver la sombra enorme de un cholo sin rostro y de tórax vacío; sus descarnadas manos empuñan con firmeza una guadaña reluciente a la luz del carro y se pierde en las oscuras redes de la noche como un espíritu que lleva el viento, estrellando ecos roncos de carcajadas que se tropiezan y viajan con los truenos dilatándose en el espacio.


Autor: Miguel Angel Alarcón León
Obra: Los Tinterillos y Otros Relatos Andinos
Editado: Febrero del 2011
Imagen: Fotografía de Teófilo Hinostroza (Colcabamba)

jueves, 23 de febrero de 2012

ANTIGUA ACTIVIDAD COMERCIAL EN PAMPAS


Tayacaja no es solo una provincia, es un sentimiento. Su historia está alimentada permanentemente, por la inteligencia y voluntad de cada uno de sus hijos. Cierto, hombres y mujeres que viven, respiran y palpitan bajo su incomparable cielo, aportan su singularidad al colectivo Tayacaja, ancestral y siempre joven, que marcha hacia un futuro mejor.

El panorama de la actividad comercial en la provincia es un tema poco difundido pese a su importancia. Su gravitación económica es rubro de primer orden, en la medida que incide en el desarrollo de las múltiples aristas de la experiencia humana.

Aquí, les ofrecemos un brevísimo apunte a manera de Galería Comercial en Pampas, Tayacaja.

El rubro sastrería nos presenta a la Sastrería Americana de Hermilio G. Llantoy y Padilla quien confeccionaba vestidos para caballeros exigentes a precios cómodos en su local del jirón Bolognesi 175.

Mariano M. Monge era propietario de un establecimiento comercial en el jirón Grau 102-104, donde se podía comprar Locería, cristalería, ferretería, géneros, abarrotes, escopetas, conservas, etc.

El Establecimiento Comercial de Carlos M. Zúñiga del Jirón Bolognesi 105-107 vendía: Géneros de lana y algodón, artículos de fantasía, locería, conservas. “El mejor de su clase en la ciudad” reza el aviso en los diarios de la época.

Román Landa se desempeñaba como Representante de la Singer Sewing Machine Company. La Agencia Singer que funcionaba en el jirón Grau 62 vendía las afamadas máquinas e implementos Singer con grandes facilidades de pago.

Maximiliano Monge gerenciaba la Antigua Casa Comercial (Jr. Grau 92, 94, 96, 107, 109) Gran surtido de mercaderías y abarrotes, licores extranjeros, todo, a precios bajos.

Otro establecimiento comercial de géneros y abarrotes que funcionaba en el jirón Grau 111-113 era propiedad de E. García Espino.

Nuestra provincia tenía antaño diarios de gran importancia a nivel regional, nacional e internacional, en sus páginas se daba cuenta de todas las actividades en las diferentes localidades de la provincia. Páginas culturales, sociales, políticas, deportivas palpitaban al ritmo de la actualidad. En el camino de la investigación literaria e histórica estos medios son fuente imprescindible, para conocer el rostro material y espiritual de la provincia donde nacimos. A su ejemplo, en estos tiempos novísimos, se abren ventanas como Saposaqta, pampinos.net, Hatun Huancavelica, etc. que tienen la generosidad de difundir nuestro modesto trabajo literario e histórico.


Carlos Zúñiga Segura
Colaborador exclusivo de Saposaqta

domingo, 12 de febrero de 2012

ALGUNOS ALCANCES SOBRE EL QUECHUA


El quechua es el idioma que nos ha legado el imperio incaico. Era el idioma oficial del Tahuantinsuyo, y actualmente es también uno de los dos idiomas oficiales del Perú. Este idioma se ha originado teniendo como base las lenguas originarias de los quechuas y aymaras, con el aporte de los diferentes dialectos de las tribus que fueron conquistadas por los incas, tales como: chancas, pocras, huancas, tarumas, anqaras, huaris, etc.

En el proceso de la transculturación, el idioma quechua ha recibido también el aporte del idioma castellano, ya que los patrones culturales que trajeron los españoles tuvieron que integrarse a la lengua nativa. Es así como actualmente no podemos hablar de un idioma quechua nativo, sino de un quechua mestizo.

Nuestra intención no es hablar sobre la pureza del idioma quechua, ni tampoco dar una cátedra, esa tarea la dejaremos a los lingüistas, que son las personas más capacitadas y con autoridad para opinar sobre esa materia.

El propósito que nos impulsa a emitir algunas opiniones sobre la escritura del quechua, es con el objeto de aclarar el motivo por el que se ha modificado la escritura tradicional que conocíamos ancestralmente.

En uno de los Congresos de quechuólogos realizado en Bolivia, con el objeto de unificar criterios sobre la escritura del quechua, se aprobó el alfabeto quechua eliminando algunas consonantes, que consideraron estaban demás y dando normas genéricas para perfeccionar la escritura. Entre las principales modificaciones que acordaron, podemos citar las siguientes:

Las letras: C, S y Z tienen el mismo sonido, por lo tanto se eliminan la C y la Z .Ejemplo: las palabras: sepas (mujer joven), supay (diablo), simi (boca), sara (maíz), etc.

La C y la K tienen el mismo sonido, por lo tanto se elimina la C. ejemplo: las palabras: tika (flor), kaspi (palo) o kusi (alegre), anteriormente se escribían: tica, caspi y cusi, respectivamente.
La B y la V tienen el mismo sonido, y se elimina la V.

La doble CC no existe como consonante, por lo tanto se utiliza la Q en vez de CC. Por ejemplo, las palabras que antes se escribían: ccanto, occe o ccoñecc se escribirán actualmente: qanto (flor de cantuta), oqe (gris) y qoñeq (caliente), respectivamente.

La letra H tiene el sonido de la letra J. Así por ejemplo las palabras: hamuy (venir), hina (así) y harcay (detener), tienen el mismo sonido de jamuy, jina y jarcay.

En los diptongos la U es reemplazada por la W, eliminándose la H. Así por ejemplo, las palabras que antes se escribían así: huiñay, hueccro y huarmi se escriben actualmente: wiñay (crecer), weqro (cojo) y warmi (mujer), respectivamente.

Es por estas razones que, respetando la escritura actual de la lengua quechua, me he permitido actualizar algunos términos, a fin de que los lectores puedan despejar algunas dudas sobre la verdadera forma de escribir nuestro idioma.

El alfabeto quechua está conformado por las siguientes letras: A, B, CH, E, H, I, K, L, LL, M, N , Ñ, O, P, Q, R, S, T, U, W, Y.

Finalmente, para tener una idea mas aproximada del idioma qechua o runa simi, la construcción de las palabras se realiza a base de afijos y todos los verbos en infinitivo terminan en “y”, así por ejemplo, el verbo amar::

Kuyay (infinitivo). Amar
Kuyana amada
Kuyanan a la que ama
Kuyanapaq para amar
Kuyakuy ama tú
Kuyakusqay la que amo
Kuyananchikpaq para amarla
Kuyanakuy que se aman
Kuyanakuychik ámense
Kuyaspa amando
Kuyayllapaq para amarla (que bonito o hermoso)
Kuyakustin amando.

Como se puede apreciar en este pequeño ejemplo, la construcción del lenguaje kechua, se realiza a base de prefijos y sufijos que se colocan en las raíces de los verbos o sustantivos.

Autor: Hernán Canales Acevedo
Colaborador de Saposaqta

domingo, 5 de febrero de 2012

CARNAVALES DE TAYACAJA




TIPAKI TIPAKI

En el vasto reino de las tradiciones y costumbres que florece desde tiempos ancestrales en la provincia de Tayacaja, el carnaval o el Tipaki Tipaki constituye sin duda uno de sus registros identitarios. Es un baile de cuaresma cristiana enraizada en Tayacaja específicamente en los distritos Acraquia-Ahuaycha y consiste en un desafió de baile por espacio de 20 a 30 minutos en una expresión que denota “saltando-saltando”.

Se realizan carrera de caballos en medio de la algarabía popular y en ese contexto cobra gran trascendencia la estancia denominada “Orcon pucllay” o encuentro con las distintas comunidades, quienes desde su singularidad se amalgaman en el colectivo provincial para suscribir así un señorío ancestral y siempre joven.
La cantautora Carmela Morales Lazo nacida en Salcabamba el 16 de julio de 1934 autora de los libros Cuando canta la tierra, y Yaykupakuy nos ofrece canciones de esta tradicional expresión carnavalera de nuestra provincia que les ofrecemos en ocasión de evento que se aproxima este mes.

TIPAKI TIPAKI
CONFRONTACIÓN- CONFRONTACIÓN
(Carnaval del distrito de Ahuaycha)

En el morro de Ahuaycha una botella vacía.
En el morro de Ahuaycha una botella vacía.
¿Con qué cosa tuya vamos a confrontarnos?
¿Con qué cosa tuya vamos a preguntarnos?

Conmigo nomás nos confrontaremos,
conmigo nomás nos preguntaremos.
En la plaza de Pampas nos preguntaremos
en las calles de Pampas nos confrontaremos.

En la rinconada de Pillo hay un pez piedra.
En el “Río Opa” hay un pez madre.
¿De qué nomás estás llorando?
¿Por cuánto estás sufriendo?

Como tú, yo también estoy llorando.
Como tú, yo también estoy entristecido,
mi mala suerte mira mirando
mi mala vida cuenta contando.

SAPOSAQTA recopilación 2012

miércoles, 25 de enero de 2012

CLAVELINA CHALAMPAMPA





Presentamos en calidad de primicia, el cuento “Clavelina Chalampampa”, de nuestro colaborador Carlos Zúñiga Segura, el cual forma parte de su más reciente publicación: "Flor de Purhuay".



“Clavelina Chalampampa”

Yo la amaba aún antes de conocerla. Ella lo sabía.


Aquella noche, la esperé con mis amigos Venancio, Gustavo y Teodosio. Por algún misterioso impulso, me sonrió en el momento de bajar del bus y preguntarme por un hotel que brinde comodidad. Le recomendé el Central, de la familia Valenzuela, frente al local del Municipio, con sus balcones desde donde se podía mirar lo que sucede en el parque. Era preferible alojarse en este hotel; pues, en el Grau, de doña Mercedes Mujica, todos los sueños aparecían revelados en algún libro de cuentos.

Llegó al pueblo, como lo había soñado, a bordo de ese ómnibus gigante que, con las justas, podía superar las curvas estrechas de la carretera polvorosa de Huancayo a Pampas. Cuando arribó, a su lado también estaba su esposo.

Un domingo, lo recuerdo, a la hora de la misa, fue cuando la gente se quedó pasmada al verla luciendo un pantalón apretadísimo, altas botas blancas y una blusa pequeñísima que dejaba en libertad sus pechos incitantes. Todo el parque era un ir y venir de miradas en torno suyo.

Pero uno, no se le podía acercar tanto, pues, en aquellos años la plaza principal pertenecía por completo a los policías. No se podía hacer nada sin la mirada de ellos, porque casi siempre o se hallaban parados en la puerta de la comisaría o estaban sentados en la banca de enfrente, prestos a efectuar los arrestos.

Cuando Clavelina se paseaba por las calles, era fiesta para todos los ojos. En los jóvenes y adultos el ritmo de la sangre se aceleraba y los deseos eróticos se encadenaban en la plenitud de sus ansias. Algunos osados la pretendían abiertamente, y otros sufrían en silencio al verla inalcanzable.

Cada vez que nos encontrábamos, me sonreía y se ponía colorada. Intuía, quizá, el florecimiento de mi amor, o tal vez, el canto de los jilgueros ya le había revelado este secreto mío. Pero yo no tenía valor para decirle que le amaba, ¿cómo iba a decírselo si estaba casada y con un militar?

Un 19 de junio, domingo de fútbol, después de haber salido victorioso con mi equipo el Real Pampas, la vi salir del estadio y me animé a seguirla. Luego de transponer la puerta y, mirando a todos lados, Clavelina siguió por la calle angosta y solitaria que conduce hasta el río Viñas. La seguí sigilosamente, cuando extendió su cuerpo sugerente sobre la temblorosa hierba, me escondí entre el maizal esperando conocer a la persona con quien se había citado.

Pasaría media hora, o una hora quizás, nadie llegó al lugar. Rampando y sacando fuerzas escondidas en mi sangre, me acerqué hacia ella. La posición de su cuerpo daba la impresión que estaba dormida. Acercándome más y poniéndome de rodillas, pude observar las delicadas facciones de su rostro y, entonces, encomendándome a todos los santos de la buena suerte y decidido a lo que sucediera acaricié su sedosa cabellera, besé sus labios y mis manos encontraron la fuente de todas las locuras.

El mundo, en aquel momento, cerró todas sus cortinas. El amor fue cielo e infierno juntos, revolcándose sobre la hierba.

Carlos Zúñiga Segura
Colaborador exclusivo de Saposaqta
Libro: Flor de Purhuay

jueves, 19 de enero de 2012

LOS GLOBOS DE ENERO


Pampas Tayacaja está celebrando su fiesta Patronal del 20 de enero y es ocasión para nosotros publicar un hermoso cuento del escritor tayacajino Antonio Muñoz Monge, donde describe con nostalgia y ternura, recuerdos vividos en su juventud.



EL GLOBO


Fue en ese año en que besaba tímidamente a Niskar, buscando que sintiera mi olor a mentol chino para que me creyera mayor, cuando vimos caer el globo a la altura del corral de mi casa. Corrí feliz, nervioso de alegría. Sobre el techo del gallinero terminaba de desinflarse. Ahí estaba como dormido, acurrucado sobre las tejas. Un tímido vientecillo soplaba sobre su arrugada piel. Desde aquí abajo, quería tocarlo, doblarlo con cuidado y llevármelo escondido en mi pecho.


Ha venido desde lejos. Seguro que hay fiesta en Ahuaycha, por Acraquia; hermosos lugares de eucaliptos, alisos y guindos donde vi llorar a las pencas atravesadas de hondazos. Lo guardé por varios días, en silencio, casi en secreto.


Meses después, una tarde de sol, lo saqué al patio de la casa, del baúl donde estaba durmiendo. El suave papel de su cuerpo se desarrugó con leves sonidos que acariciaron mis recuerdos. Fue entonces cuando llegó Teodoro, quien me ayudó a desenroscarlo con delicadeza. Una pequeña ráfaga intentó inflarlo graciosamente mientras lo sujetaba del aro y los alambres. Fue un remilgo, un coqueteo con esos aires ramplones, a ras del suelo. Pensando en la próxima gran fiesta del pueblo, fui doblándolo con cuidado para no herirlo, para no rasguñarlo. Todavía faltaban meses para la fiesta patronal. Entonces si, lo ofrecería orgullosos al Mayordomo para que volara abiertamente por esos cielos.


Un camaretazo madrugador anuncia el inicio de las Novenas. Parado en la esquina de la tienda de Saravia, mirando a la plaza del pueblo, Teodoro Apacclla espera gozar de la “Novena” de su compadre Hipólito Poma. Pero su compadre no ha llegado.


Conforme transcurren las horas, Teodoro se escabulle nervioso, por cualquier lugar queriendo esconder, su frustación, su pena. Todos lo conocen al antiguo empleado de la familia, al “buen Teodoro”. Por donde iba le confirmaban la noticia; “no hay globos para la fiesta, don Hipólito Poma no ha podido viajar”.


Entre ponche y ponche, Teodoro abrigado con su amplísimo y viejo saco, su oscuro sombrero de paño de cintas negras, reconoce que está triste, descubre que la nostalgia lo ha capturado y se deja llevar por el recuerdo de otras fiestas patronales de enero, cuando había globos de sobra, volando por el cielo de fiesta de Pampas, su pueblo.


Esa noche Teodoro se confundió entre la multitud, bebiendo solitarios tragos que le alcanzaban anónimas manos. Más tarde, ya en la amanecida turbia, cuando, de los bullicios racimos humanos, se separaban solitarios borrachos para irse a descansar, Teodoro acompañado del zapatero Llacclla, a quien ladran y persiguen por gusto los perros del pueblo, de Yanapuyo, alcohólico sastre remendón, y Socracha Barrientos, guitarrista insigne; abrazado de la tristeza y confundido en un hipo de lagrimeos, confesaba su pena: no habrán globos para la fiesta, el cielo estará desolado como nunca, a quien se pedirá ahora los deseos y las esperanzas, ya no sentiremos ese cosquilleo en todo el cuerpo mientras seguiamos el incierto vuelo de los globos… “si cae antes de la casa de la tía Etelvina, pierdo y no se cumple mi deseo. Si logra pasar la altura de los eucaliptos, allá por Qoqapata, feliz, todo me irá bien”


Los niños ya no corretearán persiguiendo la aventura de las caídas, las hondas se quedarán colgadas sobre sus pechos tiernos de los muchachos, enroscadas en las muñecas o guardadas para siempre en sus fríos bolsillos.


Majestuoso, lleno de vida, repleto de aire, remonta, rozando las altas copas de los eucaliptos. Sube cada vez más alto, balanceándose al capricho de los vientos. El pueblo está de fiesta, manos y ojos del gentío que baila embriagado, despiden alegres, el triunfal vuelo.


Las orquestas desenroscan huaynos nostálgicos. Los sonidos de saxos, clarinetes, violines se entremezclan en el aire serrano de esta noche estrellada. Un borracho feliz arroja por los aires su viejo sombrero. Poco antes, mientras Teodoro lo alimentaba de aire caliente con la antorcha de trapos y waipe empapado de gasolina, su cuerpo que iba tomando forma ya quería irse por los aires.


Después de llevarlo a un claro, haciendo espacio entre el gentío acompasando el ritmo del cuerpo, se le soltó dándole un fuerte envión en círculo. Teodoro lo despidió con un salto y un guapido, orgullosos.


Se fue elevando calmo, parsimonioso, como dándonos tiempo para mirarlo, para admirarlo en esta atmósfera que ya era suya. El gentío aplaude este triunfo mientras los cohetes retumban aquí y allá rompiendo en colores el cielo. Un fuerte olor a pólvora nos vuelve bondadosos y nostálgicos. Se eleva seguro, pleno, con la champa de trapos amarrada al centro de los cuatro alambres que sujetan el aro. La champa gotea fuego. En la noche negra, el globo abre un camino de luz, con el nos vamos por esos abismos celestes. Teodoro me abraza y en un susurro que sale de su pecho me dice, “gracias niño, gracias”.


Esa noche nos acompañamos como cuidándonos, bailando, brindando unos tragos, abrazados, conversando alegres cualquier cosa.


Otras veces, otros años, para que se queden por ahí cerca enredados en algún árbol o desfallecientes en un techo, los heríamos de muerte.


Agazapados, armados de hondas, escondidos bajo las sombras de los muros, apenas iniciaban su vuelo, soltábamos una andanada de diminutas piedras o alpuntos, que silbando por el viento, buscaban sus cuerpos de papel de colores. Pero la mayoría se remontaba siguiendo la dirección de los vientos…. “Ese pasa por el cementerio, llega hasta Purhuay”, decíamos sabedores. Las apuestas se hacían en medio de brindis de ponches y “calientitos”.


El año pasado llegó uno hasta las alturas de la hacienda Pillo - a veces se exageraba conforme avanzaban los tragos – yo encontré uno en unas chacras de Pazos cuando la mayordomía de Carlín Morales.


Pero muchos se quemaban en pleno vuelo, otros volaban de tumbo en tumbo, sin fuerza, para caer en cualquier tejado cercano, como esa vez en mi casa. Cuantas veces, al caminar por las chacras, lejos ya del pueblo, encontrábamos retazos viejos de papel cometa que llegaron volando hasta estos lugares. Entonces, volvía a nacer la conversación, los recuerdos sobre la fiesta de enero, la fiesta en honor a la Santísima Patrona de Pampas, de los castillos de fuegos artificiales, de la entrega de toros en la faldería del cerro San Cristóbal, de las corridas y los voluntarios de turno, de las peleas de gallos, de los amores que nacieron en esos días, de algún huayno que hizo época: “Vaso de cristal”, “El Alizal”, “Entre licor y licor”, “Piedra en el camino”, “Dile”. “Olvido que nunca llega”…

Autor: Antonio Muñoz Monge
Fuente: “El Patio de la otra casa” Edición 1992 Lima

viernes, 13 de enero de 2012

LA AMILDA ESTA EN EL CIELO (cuento corto)


Saposaqta publica este hermoso cuento corto del escritor tayacajino Jesús Gutarra Luján extraído de su libro 'Tiempos de fuego y alegría'. Queremos con esto, dar a conocer a los nuevos valores de la literatura tayacajina para beneplácito de nuestros lectores.

La Amilda está en el cielo

Esa vez que los pichiusas dejaban escuchar su pichiu pichiu de alegría y una raya azulina parpadeaba en todos los contornos de los cerros anunciando un nuevo tiempo en esta vida.

Esa vez que ese terrible pájaro negro, fabricado de metal y silicones, escupía fuego sobre nuestras huellas. Y las golondrinas, chihuacos, tuyas, chihuillos, torcazas, cuculíes y picaflores de pecho rojo se pegaron a su cuerpo y lo estrellaron contra el roquedal de Paltarumi. Esa vez que el agüita cristalina del puquio de Pampa Hermosa dejaba escuchar un huaynito de esperanza. Esa vez no debí hacer lo que hice. “Quiero decirte la verdad, la purísima verdad, Edelino. Yo nunca te he engañado. Si le seguí a su casa al taita cura fue porque me dijo: Si quieres ir al cielo, ven conmigo que soy el representante de Dios en la tierra para bendecir tu espíritu.

Y nunca, jamás, me imaginé que tenía que hacer todo eso con mi cuerpo. Ese Leoncio también, como había aprendido a decir palabras bonitas en el ejército, me llevó a Tupay Huayko, aprovechándose de su fuerza de cachaco bruto, me tumbó sobre los helechos y arrayanes, y se sobó como perro alunao, levantando mis polleraschas y diciéndome bajito en mis oídos cosas feas que no quiero repetir… Pero tú, Edelino, siempre me has mirado con tu sonrisa de chiuche inocente”.

Así fue Amilda. A lo más mis ojos se entretenían con esos dos bultitos que se formaban en tu pecho y me bastaba tu risa de pasña bullanguera. Ahora estoy mirando la mariposa amarilla y el cachi-cachi que está besando la superficie del agua tranquilita. ¿Por qué me dijiste la verdad, Amilda?. Mejor te hubieras callado. O hubieses inventando uno de esos cuentitos hermosos que les contabas a tus taitas en noches de luna llena. No sé de dónde me salió la cólera, algo como un fuego me subió derechito al cerebro. Y tú, tranquilita, palomita urpi desamparada, descubriéndote el pecho, desplumándote ante un gavilán sin misericordia. Una reventazón de rosas rojas y tus manos fuertes, durísimas, sin desprenderse de mis manos.

Los comisarios vinieron cuando todavía estaba mirando tu cuerpo deshojado por el viento, todo atontado, tratando de encontrar una justificación por todo lo que estaba pasando. ¿Qué has hecho con la Amilda, Edelino? Y yo, ocultando el cuchillo detrás de mí. La Amilda se ha ido al cielo… Después me han llevado lejos. Nunca supe exactamente a dónde. La Comisión de Ayuda y Solidaridad me ha sembrado los ojos de nueva alegría. Yo no tenía derecho a castigarte, Amilda. “No, Edelino. Yo no merecía vivir. Por eso te llevé la mano para que hundieras ese cuchillo en mi corazón”. Sonrisa de picaflor siwar kenti, trencitas de pelo de choclo, Amilda, te recuerdo con mucho respeto y cariño.

Tu tumba junto al ichu áspero y silbador. Una mano franca sobre mi hombro. “Hay que seguir el camino, compañero”. Y desde esa vez, Amilda, he jurado traer el cielo a la tierra para que mucha gente no vaya a buscarlo., También hemos jurado todos conquistar la alegría para que todo tenga el color del agüita cristalina de los puquios, de los ríos, de los lagos y de los mares, nuestra esperanza verdadera.

Jesús Rafael Gutarra Luján. Notable escritor tayacajino.
Fuente : Tiempos de fuego y alegría