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martes, 26 de junio de 2012

EL COMPLICE (cuento)




Cuando al maqtillo de mi pueblito serrano le llega su adolescencia; despierta brusca y peculiarmente retraído de su inocencia, no hace notar su corazón enamorado; pues en él no hay esmerados arreglos del muchachito de ciudad, se enamora toscamente; su galantería informal le hace inspirar coplitas con sabor a huayno y lo silba con tal esmero, de modo que escuche la pasñita de sus sueños que ya brinca disimulada por el amante secreto. El cholito parece imitar al gallito chusco que descubre su canto primerizo y a cada rato repite desentonadamente. A veces se cortejan como los asnos, entre patadas y mordidas de pescuezo, se entienden que son el uno para el otro; a eso dicen “amor serrano”. Pero su sincero corazón va más allá de lo pasajero, se enamoran para siempre, ellos no saben de engaños ni vacilones y a muy temprana edad muchas veces asumen responsabilidades. Casi siempre se hacen padres sin haber concluido su adolescencia.

Allá por los finos parajes de Huallhuayocc se está celebrando la fiestita del pueblo; es la noche de víspera y la pequeña plazuelita está rebalsando de gente del lugar, todos bailan al ritmo apretado de las notas del pinkullo y la tinya, engendros del viento. Toca las agitadas notas del Chachaschay y todos zapatean más, entre tanto, desaparecen en las gargantas de grandes y chicos, botellas de trago y garrafas de chicha. Se encienden humaredas de runatoros y cohetes, la capillita blanqueada con su única torre se ve como suspendida en el espacio.

Por afuera se oye el agua que fluye por la zanja, entre las plantas de aliso y añosos eucaliptos que enfilados se pierden oscuros en la cuesta. La pequeña y bien diseñada capilla con esmero, tiene sus puertas abiertas de par en par, el único arco que sostiene la torre con ancha base, está rodeado por su gradería que sirve de asiento a las mamachas que ya terminaron de rezar, pero sigue llegando la gente empuñando velas para prenderse al “Santo Rostro” y la enorme cruz que descansa apoyada en la pared.  Es curioso ver a los runas con su cabellera desgreñada e hirsuta que aún muestra la marca del sombrero que cubría su testa; por devoción se lo quitaron antes de entrar a la capilla. Las más ancianas del pueblo con el semblante de recogimiento y más atentas, entran como cargando su pecado y dejarlo en una oración para comulgar con el perdón.

Después del rezo de turno, se instalan en la plazuelita que quepa en un palmo para levantar polvareda al ritmo de la tinya y pincullo. Esta vez el mayordomo se ha esmerado, trajo una orquestita parchada de Pazos, cuyos acordes desencajados son genuinas melodías para los oídos de los borrachos. Don Eladio está más ocupado en su cargo de cabecilla y su esposa cuida con ojos severos a Pelaya, su hija, sentada bajo  una pared. La cholita es buena mozona, ya pasa sus dieciséis abriles, sus senitos tamborileantes la hace más coqueta y apetecible a los ojos de los cholitos que emponchados la observan inquietos desde lejos, nadie se atreve a invitarla a bailar, más que por timidez es por temor a doña Bachi que con garrote en mano vigila a la mocita. Los tragos y jarras de chicha vienen de diferentes manos, doña Bachi y mamá Erne ya orbitan en otro mundo hablando mal de sus maridos. Doña Erne por designios de la naturaleza tiene los ojos color del cielo, todos la ven con sorna; su descuido personal ha tornado su tez blanca en color mulato y su sombrero blanco de paja, luce como un caseto de manteca, por eso en el pueblo todos le dicen mantecachuco (sombrero de manteca).
Más allá en el borde de la plazuela bajo una improvisada carpa de costales y mantadas que atiende una soñolienta señora, están dos majtas con sus cincuenta grados de alcohol, entre trago y trago, recuerdan sus mataperradas del cuartel; ya pasan sus veinte años y toman harto como retando a los mayores del pueblo. Uno de ellos es el Wepecha, el hijo mayor de doña Bachi y el otro Gelacio, hijo mayor de don Tulio, ya se están estimando; no falta trago en sus manos, pero algo curioso sucede entre ellos.

El cholito Gelacio ha clavado su mirada en un punto fijo, no ha desviado su mirada que traspasa la multitud y se estrella bajo la pared donde está Pelaya atada al cuidado de su madre, que ya hace  resbalar por su garganta jarros de chicha o trago; si la gente bailarina se interpone para ver a su prenda, tiene que estirar el cuello para asegurarse que la mocita sigue en su lugar. Desfilan muchas ideas por su borracha cabeza, ¿cómo sacarla?; el muchacho está inquieto y no puede disimular. Su compañero de tragos se ha dado cuenta, se le nota muy distraído a la conversación pero muy solícito a los tragos, ni bien se acaba la botella, Gelacio auspicia el gasto, señal de estar haciéndose querer con el futuro cuñado, algo se trae entre manos.

_ Creo has templao de me hermana _ le increpa Wepecha al cholo Gelacio que no deja de ver a la pasñita que habla como cantando.
_ No chuchirita, estás vendo mal, creo el trago ya está en to cabiza.
_ Siguro me tomarás por cujudo, hace rato istás cuidando; si nota intri varones pindijito.
_ Si no te molistas te dego la virdad _ Estaba a punto de sincerarse el cholón enamorado.
_ Habla carajo si iris hombre, por oltemo, me hermana no será para me.
_ La virdad,  virdad; se me gosta to hermana, ista buena la Pelayacha jay, pero nunca hey decho nada.
_ Cuidao caraju con lo que hablas _ Wepecha fingió cierta molestia, pero en el fondo, estaba dispuesto a vender su alma al demonio _ Pero se quires te hago vivir con ella.
_ Pero que derán tus padres, ño Eladio y ña Bachi.

_ ¡Escochame! , cojodeto… en mi casa yo mando, con mes viejos no pasa nada; pero ahura mismo veré si eres macheto o eres un realeto.

El cholo de nariz aguileña, se levantó trastabillante y gambeteando entre la gente se fue donde su hermana que terminaba de sentarse media aburrida y bostezando de frío. Doña Bachi ya marcaba sus cincuenta grados de alcohol; el malcriado cholo cogió de la mano a su hermana y so pretexto de bailar lo escabulló entre la gente. El trompudo Gelacio esperaba timorato en la carpa, los nervios le asaltaban y destilaba sudor incesante por la nariz como Teófilo Huayra, al ver que la mocita de sus sueños se acercaba jalada por su hermano.

_ Ahura vas bailar con él; depende de ostedes no más ya, yo estaré por allá no más.
_ A mamá hey dejao sola _ quiso resistirse Pelaya.

_ No pasará nada con esa vieja, baila no más _ Increpó Wepecha y llevándose la botella de trago los dejó solos.
Los dos tórtolos se fueron entre el ruedo de la gente para sacarle chispas a la noche. Algo siente su corazoncito de cholita inocente, Gelacho le cae bien y es oportuno para poner en prueba sus dotes de mujer que ya terminó de crecer; pues ella también sabe enamorarse. La noche es aún joven y la luna menguante ya está saliendo para iluminar las laderas del viento que mueve acompasado las hojarascas  de los maizales aledaños. Gelacho y Pelaya se han prendido en constantes zapateos y luego de cada ritmo se van a un lado a beber como quien aplaca la sed, entre tanto Wepecha ya hace oír en otro grupo sus desatinadas opiniones haciendo creer algo a los cholitos del pueblo.

_ Tú me gustas Pelaya, yo te quiere mucho._ Se declara Gelacho
_ ¿Cómo será estes cosas?, nunca noy sabido, se enteran mes papás me harán castegar con mi padrino; él es ben recto, no le gusta estes tonteras.
_ No pasará nada Pelayita, ricordarás, además ya estamos en nostro derecho _ El mozuelo ha tomado de la mano a la cholita y está a punto de convencerla a pesar de su huraño proceder que tiene un aire arisco.

Pero el maqta es bisoño en lides amorosas, su temor se está desvaneciendo al ritmo de los efectos del trago que beben a escondidas de sus padres. Mejor se van más allá, a la soledad y más oscurito donde nadie pueda sospechar de sus cuitas; las lámparas de las carpas ya no llegan a iluminar con claridad y al poco rato han desaparecido por completo y en algún pajal  de cebada se está librando una lujuriosa batalla con hondo pecado de amor. Ya bordea casi la media noche y más de medio pueblo está borracho, han quedado como corontas o marlos regados en los rincones y dinteles; pero doña Erne canta hipando obstinadamente el chachaschay.

Ñachu mamayki yachanña chachaschay,
Qori anillo qosqayta chachaschay
Yachachun, yachachun chachaschay
Warma sonqoy qosqayta chachaschay…

Los más cuerdos se retiran llevando a sus borrachos, mañana vendrá el cura Sosa de Pampas a decir su misa; se llevan para el camino una botella de trago y cuesta abajo jaloneándose entre borrachos o con su pareja, unos rodando y otros dando piruetas en el aire, buscan sus casuchas para descansar.

Mama Bachi ya encontró a su marido y falta su hija; _ ¿Dónde está la Pelayacha? _ ¡ah!, por fin la encontraron, está en la puerta de la capilla conversando nerviosa con Mariacha, la hija de doña Erne; también es otra mocita simpaticona del lugar, pero ella ya libró más de tres batallas esa noche; cholos recios galoparon en sus muslos. El cholo Gelacio ya partió medio borracho pero contento, deshojando margaritas por el camino oscuro y solitario que a intervalos está regado de borrachos, wapean y cantan desentonando las letras de algún huaynito serrano de la zona o gruñen como un cerdo encharcado esperando que el frío los despierte.

Pelaya y Gelacho cambiaron sus vidas desde esa noche; ya nada era igual; Wepecha sabía todo; los pactos y encargos funcionaban casi a la perfección. Las visitas a la niñacha ya se hicieron más atrevidas, con consentimiento del hermano y la complicidad de la noche, el cholo Gelacho había encontrado un lugar para escalar la pared del corral y llegar hasta la cama de la muchacha.

_ Mi hermana durme en segondo piso sola no más _ Había referido Wepecha.
                En una de las tantas visitas nocturnas, el cholo Gelacho ya se retiraba exhausto luego de la “faena” a la hora del sueño propicio; éste acostumbraba llevar huesos para que los perros no lo retacearan, ya era un caserito;  no había advertido en la oscuridad que al iniciar la grada había una lata grande y vacía; a pesar de ir a tientas,  para el mal de sus culpas, tropezó en ella despertando un ruido que alertó a todos los de la casa.

Don Eladio saltó raudo de su cawito, _ Suwa carajo, jatariy Wepecha, suwa _ Pero da la casualidad que hasta los perros cómplices esa noche no ladraron, y mientras duraba el afán de encontrar una linterna, aprovechó el cholo Gelacio y como buen licenciado del ejército brincó de un salto la pared más cercana y fue a dar sobre un ankukichca;  pero eso no importó y siguió su rumbo asustado con las espinas clavadas en toda su posadera. Wepecha salió con un palo en la mano y para no hacer sospechar su complicidad, con furia chancó la pared haciendo el ademán de haberle propinado un garrotazo al supuesto ladrón.

_ Chay gringucham papay _ Echó la culpa a otro.  Había un gringuito de mala costumbre en el pueblo aficionado a la cleptomanía.

Pelaya sudaba frío de susto en su cama. Todos, después de revisar sus ganados, volvieron a conciliar con el sueño; pero… alguien sabía todo el cuento y eso era motivo para tener a la hermana bajo chantaje y ella por su parte tenía que esmerarse en atenciones para comprar su silencio.

Las visitas nocturnas continuaron, pero con más cautela; pero bien dicen que, tanto va el cántaro al agua que tiene que rebalsar. Pelaya embarazó y no se pudo esconder por mucho tiempo el estado grávido. Ella no podía decir el nombre del fulano por los muchos temores que la oprimían y solo terminaba en llanto. Suele suceder en nuestra serranía, los padres son los últimos en enterarse de lo que hacen los hijos, aducimos por la falta de confianza y la ignominia de los campesinos.

El mismo Wepecha tuvo que delatar a su hermana; los padres asombrados, pues nunca habían visto a su hija en amoríos con el tal Gelacho; pero que se hace; a lo hecho, pecho, hay que solucionar el problema, tendrán que casarse.

Entraron en diálogo los padres de ambos para darle formalidad a pesar de las pequeñas broncas. Doña Bachi tenía todo el ánimo de desarmarle la espalda al cholo Gelacho con una rajada de leña por haber deshonrado a su hija, pero el compadre Tulio intervino _ Tranquilida ña Bachi, hablaremos pues; tomando esta copita entraremos en razón, que sacamos peleando entre parentes… Salú don Eladio _ y fueron resbalando por sus gargantas sendos tragos de aguardiente. La noche no tuvo fin, el trago fue el mejor juez y al amanecer se estaban despidiendo ebrios los nuevos compadres después de haber puesto las cosas en su sitio… deber cumplido.

Al cabo de un mes, ese amor de primera vista se estaba convirtiendo en un matrimonio sin orquesta; el cholito Gelacho vestía su mejor traje de gabardina con un pantalón  hasta la canilla completando con un peinado a la cachetada y Pelaya una falda de mil rayas, sus trenzas hasta la cintura terminaban atados con una margarita. El tayta cura los conminó al juramento en la capilla de Pampablanca y se juntaron para siempre.

En las comunidades inhóspitas del Perú, suele vivirse un círculo vicioso; cuando los hijos llegan a cumplir sus catorce, quince o un poquito más años de edad, los padres los hacen casar, so pretexto de estar cumpliendo con un deber; entonces de la pubertad o adolescencia pasan a ser padres de familia sin la debida 
experiencia, cuando llegan a sus veinticinco años de edad, ya cargan con  cinco o seis hijos sumidos en la completa pobreza, y mientras la mujer pueda fecundar, es de imaginarse, llegan a tener hasta más de una docena de hijos sin poder educarlos; tener muchos hijos es la diversión del pobre. Existen abuelos sin haber cumplido sus treinta años. A eso le dicen deber cumplido

Autor: Miguel Angel Alarcón León
Obra: Los Tinterillos y otros Relatos Andinos.
Febrero del 2011

lunes, 18 de junio de 2012

EL TESORO DE LUYCHUPAMPA



Es de conocimiento nuestro, que los antiguos pobladores peruanos, incas y pre incas, han tenido vasto conocimiento de la metalurgia, sobre todo del oro y la plata, prueba de ello son los vestigios encontrados por los estudiosos de las diferentes culturas que nos antecedieron, y es más; cuando el Inca Atahualpa fue apresado por los invasores españoles, él ofreció un pago por su rescate consistente en oro y plata, se estaba perpetrando el primer secuestro en el Perú; pues sabía que los ojos de los intrusos estaban iluminados de ambición y codicia, los había enloquecido la valía y la preciosura de la riqueza. Era claro de entender que existía en abundancia oro y plata en nuestro territorio.

Luego de la capitulación de Ayacucho en 1824, entre muchos beneficios, los españoles y mestizos fueron favorecidos con propiedades, hasta con minas de oro y plata; muchos de ellos llegaron por nuestra zona y hasta fundaron Pampas, pero de alguna forma la herida de la explotación de siglos aún sangraba; los españoles eran hostilizados por los patriotas, ello los obligó cruzar el río Mantaro haciendo uso de waros para establecerse aislados en la parte peninsular de Tayacaja, se fueron al “chimpa lao” lo que quiere decir “los del frente” por lo que los bautizaron con el gentilicio de “chimpino” y que posteriormente se entendió como “chimbino”; tal es así que, a la gente que procede de Salcabamba, Quishuar, Surcubamba, Huachocolpa, Tintay Punco y otros aledaños, los llaman “chimbinos”, gente de tez blanca y ojos claros con apellidos castellanos.

Curiosamente en las rocas ribereñas del Opamayo, partiendo de La Colpa, aguas abajo, existen vestigios de minas y bocaminas antiguas; hasta hoy existe rasgos de un horno de fundición en los bajíos de Qormis donde confluyen el Opamayo y el río Checche como también lo hay en Luychupampa; en toda esa zona, huellas de perforaciones en las rocas de los que han extraído metales, ello se prolonga hasta llegar a la confluencia de los ríosHuanchuy y Mantaro.

En la quebrada de Huanchuy por los bajíos  de Cucharán, aún hay rasgos de ruinas de la antigua abadía Jesuita, como lo hay en Chicyacc; estos grupos religiosos se dedicaban al estudio de la zoología, botánica y la metalurgia. Los apellidos Abad y Monje que ya no abundan en la zona, están relacionados con grupos religiosos pertenecientes a una dinastía. Las abadías eran iglesias  o monasterios que estaban gobernados por un abad, tenía todo el poder en sus propiedades y se hicieron de grandes haciendas en la zona. Por otra parte, el monje es el religioso que vive en un monasterio, caracterizado por ser muy solitario o anacoreta dedicado mucho a la levitación. Las ruinas del monasterio de Chicyacc y la de Huanchuy, es prueba de que han existido grupos religiosos por nuestra zona y que hoy existen solo como apellidos.

Una madrugada de abril cuando las lluvias de la serranía ya están escampando y avizora la llegada de las guindas y las tunas de la quebrada, dos hombres se disponen a forrar los lomos de sus asnos con caronas y esteras asegurándolos con  cinchas y sogas.  La partida es de Mashuayllo, don Víctor Pineda y Eleazar Huaycuchi, jóvenes de entonces muy entusiasmados harán un poco de aventura hacia la profundidad de las quebradas de Huanchuy y el Mantaro, el viaje está programado hasta Mitupata y Luychupampa, deberán caminar por terrenos y caminos agrestes, este viaje está planificado desde  algunos días atrás. Sus equipajes son  un montón de encargos, sobre todo a don Víctor, la esposa le repitió varias veces; _ Me vas a traer tunas blanquillo, no te vayas a olvidar _ a la par le preparaba una opípara merienda con harto refresco para el calor de la quebrada. Partieron respirando frescura apenas el alba hacía distinguir con su opaca luz la senda del camino pedregoso. Las bestias empezaron la bajada con su traqueteo monótono y sus alforjas campaneantes, seguidas por  sus arrieros se perdieron en la espesura de los molles y ccaratos.

Al dar la media mañana los dos gañanes se han refundido en la agreste quebrada de Huanchuy; desde el balconcillo de Cucharán sienten lastimar sus oídos con el estruendoso caudal del río, las piedras enormes irrumpen la agilidad de sus aguas y hace estrellar de peñón en peñón su corriente formando pozas, cataratas y remolinos en las profundidades. El calor es más sofocante cada vez que se internan en el fondo de la quebrada, pero saben soportar los rigores de la serranía, están cuajados por el duro azote de la compleja geografía. Los caminos de metal consumen y agotan sus recias energías oponiéndose a su avance, a esto lo llaman “beta” los caminantes que se tragan leguas; en estos casos es muy urgente alimentarse al instante ingiriendo harto líquido con limón.

Al llegar al borde del río, apenas se puede oír lo que conversan, es preciso comer la merienda, pero los mosquitos del lugar festinan con la sangre de los viajeros y se hace reprochable el descanso que mucha falta les hace; sin embargo han devorado hasta el final una gallina azada acompañado de sendos puñados de cancha, luego se pierden en ambas gargantas porongos enteros de limonada. Los seis burros que arrean, comen hojas de cañaveral que no falta en la zona.

_ Pasaremos hoy mismo hasta Mitupata y si el tiempo nos alcanza llegaremos a Jatuspata donde el ñato Martínez _ dice don Víctor al instante en que asusta con una piedra a uno de los burros que se está alejando del grupo.

_ Hay un poco de tiempo todavía don Víctor, descansaremos un poquito más aunque estos moscos ya me están comiendo._ le responde Huaycuchi.

Reanudaron nuevamente la marcha por esos caminos de la quebrada que son como cintas regadas en la vasta montaña, son cintas que se pierden y aparecen tras una roca o lomada, pero los abismos cerca del Mantaro son extravagantes, una mala pisada y es para perderse en sus turbulentas aguas, por esta misma razón es preciso caminar con cautela, pero las bestias ruteras se perfilan con facilidad como verdaderos pilotos de las sendas andinas.

Las lomadas desérticas de la quebrada silvestre, es hábitat de cactus abundante y plantas de cabuya, en las gigantonas velas de esos espinos, armonizan obstinados chirridos y vuelan las chicharras de un lugar a otro y las lagartijas del sitio cruzan asustados los caminos al captar la presencia extraña de las bestias y humanos. Cuelgan de las rocas altas, waranqos, helechos, el ccaccawayuna y se ve  perderse el cristalino Huanchuy en las turbias aguas del  río Mantaro.

La tarde es fresca en la quebrada, el viento tibio anima la caminata y la cuesta se hace más liviana; los asnos jadeantes dirigen sus orejas hacia la ruta como indicar el deseo de descanso. El sol se ha escondido tras las crestas de la alta montaña occidental tapizada de rocas graníticas, dejando sus últimas luces brillosas en los picos del oriente como si brillaran las luces mágicas escondido en sus entrañas de oro.

Una amistad de la zona que tiene su pequeño fundo les dio descanso esa noche, raleados por el cansancio debilitados por el rigor del calor de la quebrada, quedaron ambos exhaustos. La mañana llegó tan rápido y sabían que las tunas hay que recoger temprano antes que caliente el ambiente y sople el viento para evitar el fastidio de la “hita”, pequeñas espinillas que cubre el fruto, se apuran en dirigirse a las chacras cerca de la meseta de Luychupampa, lugar predilecto para los tunales y de frutos incomparables, morados, rojos y los blanquillos que solo da en espacios especiales, es escaso; tal es así que había que entrar tras de unas rocas por caminos sin señal.

_ Don Eleazar, vayas cogiendo pues, yo iré por el encargo de mi esposa; por blanquillo me ha encargado, más allá en esas rocas hay. _ Dicho esto don Víctor se fue perdiéndose entre las matas y tunales, llevando en la mano una pequeña bolsa de yute.

Haciendo camino se abrió paso, pero curiosamente a medida que avanzaba, los frutos se ofrecían cada vez mejores, más allá eran más hermosas, hasta hacerlo sentir miedo; pero el osado aventurero siguió avanzando ambicionado, por querer llevar lo mejor para su mujer; pero grande fue su sorpresa, al voltear una enorme roca nativa entre la plantación, de una especie de pared con hueco, se derramaba como la arena abundante oro, pero desaparecía en el suelo; el hombre quedó alelado hasta olvidarse de los blanquillos; reaccionó de inmediato y sin pensarlo dos veces puso la bolsa en el chorro hasta llenarlo; como no había otra cosa en que recibir, volvió lo más rápido que pudo en busca de su compañero llevando lo poco que había recogido.

 Al darle la noticia, los dos fueron con más costales hasta el lugar, pero extrañamente de aquella roca estaba cayendo arena; se conformaron con lo que ya tenían y recogiendo la tuna blanca se fueron para apresurar su retorno a casa. Cargaron sus burros y emprendieron el retorno; el calor ya abrazaba la quebrada con sus brazos de fuego, las bestias arrastraban sus pies en la bajada y don Víctor sintió la necesidad de apoyarse, pues estaba sintiendo extraños mareos, ya no estaba bien, parecía sentir sus pies atados y girar el mundo sobre él, caminaba como un borracho y finalmente contaron por ahí que al pasar el puente colgante  sobre el río Mantaro, accidentalmente se cayó y nunca más volvió a su hogar. Huaycuchi debió saber eso y el destino del oro recogido. Volvió sólo con la triste noticia que nadie pudo remediar, acaso los blanquillos fueron el consuelo para su familia. Años después don Eleazar se fue a la capital y montó un negocio próspero.

Durante mucho tiempo los aventureros, y herederos de la ambición española han soñado con encontrar una antigua mina que fue sepultada por una avalancha de toneladas de tierra y rocas con una fortuna que calculan en ocho toneladas de oro y otro tanto de plata por la zona de Luychupampa y los bajíos de Tacana sin poder llegar al punto donde la montaña guarda celosamente el secreto de esa fortuna, se han invertido sueños y trasnochadas ilusiones, pero hasta hoy los Apus entrañan su riqueza.

Autor: Miguel Angel Alarcón León
LOS TINTERILLOS y Otros Relatos Andinos
Edit. Febrero del 2011

miércoles, 14 de marzo de 2012

EL CHOLO MELENDEZ




EL CHOLO MELENDEZ

Desde muy pequeño, aún cuando la razón no orbitaba en su cabecita de cholito serrano, Meléndez había quedado huérfano de padre y madre, la madre murió en el momento del parto; pues alumbrar en domingo siete a un cholito robusto no era tan sencillo; la primera vida que cobró fue la de su madre, era el primogénito. Los vecinos se alarmaron, vaticinando extraños destinos según su creencia para el futuro hombrecito; no eran necesarios los oráculos tebanos para predestinar. El hombre andino vive aferrado a sus creencias, es parte de su existencia. Es casi costumbre en los pueblitos y comunidades alejadas de la serranía, envolverse en supersticiones que por meras coincidencias podría suceder. El viudo se consolaba con el niño que precozmente exageraba en peso y tamaño al nacer; pero, poco duró esta fantasía; también él murió cuando el pequeño vástago empezaba a brincar sus primeros pasitos. Luego de haber asistido a una fiesta patronal de la comunidad vecina, regresaba ebrio en una noche lóbrega de martes trece, se desbarrancó a un abismo muy profundo. El cholito Meléndez quedó huérfano, al cuidado de la solitaria abuelita.

Vivían en una casita alejada en las alturas de Colcabamba, agobiados por la ironía de la pobreza. Raras eran las veces en que la abuelita bajaba al pueblo aprovisionarse solo de lo necesario, sal, velas, azúcar, fósforo y otros de los que no se podía prescindir, ¡ah! También coquita para que en sus veladas acompañe sus penas; para el campesino es artículo de primera necesidad, ellos no lo ven como droga, si no, es parte de su vivir, de su lenguaje. El niño nunca acompañaba a la abuelita al pueblo, hubiera preferido caer muerto antes de ver a gente extraña, crecía cual un ermitaño, un anacoreta.

Los años; consecuencia de la ley cósmica, seguían uno a otro; el niño fue creciendo introvertido, muy huraño y de poco hablar, al extremo de esconderse debajo del cawito o en el maizal más cercano cuando alguien visitaba la casa. Se sumía en su mundo, nunca asistió a la iglesia a oír misa; esos remotos años no había ni escuelas, no conoció amigos, vivía aislado de los demás, en esa paz natural, cuando el hombre no destruía aún el paisaje, el cholo Meléndez estaba gestando en su ser una personalidad macabra, más parecía haber nacido con un signo y que podía hacerse realidad todos los vaticinios.

En su soledad jugaba extrañamente; capturaba moscas y les arrancaba la cabeza para disfrutar a carcajadas con la muerte desesperada amen de los aleteos. La abuela no despertaba ninguna sospecha maliciosa con el juego, hasta le parecía muy normal en un niño de su edad. El cholito crecía junto con su maligno y peligroso juego, ya no era con moscas, lo hacía con los pollos de la abuela, siguieron las gallinas, y a medida que crecía, con los carneros y estaba acabando con los animales de la casa, y no era por hambre que mataba, más por diversión, era una forma peligrosa de hacerse joven, hasta que la abuela entendió que corría peligro cuando supo que su primera víctima había sido un niño que en la soledad pastaba sus animales. Se vio obligada a echarlo de la casa, había descubierto muy tarde que estaba frente a un psicópata, con instinto asesino y que era capaz de cualquier cosa con tal de disfrutar con el dolor ajeno.

El cholo Meléndez divagó por las punas frías y solitarias, su sangre comulgaba con el ambiente tétrico y su recio cuerpo sin alma se fortalecía a la par de sus andadas, su temeroso semblante de pómulos grotescos, albergaba una acerba mirada y profunda, como si en ellos se avivaran las brasas de odio y muerte. Meléndez no conocía el miedo, llevaba tatuado en su cuerpo unos músculos desalineados, cubiertos de una piel cobriza que el sol de los andes pintó con los tintes de su raza; sus brazos de hierro solo obedecían el placer de su macabra mente que mantenía excelsa su frenética sed de matar. De tanto andar di vagante, logró ubicarse en una cueva antigua; en ese machay instaló su centro de operaciones, de él se dominaba las profundidades de los abismos donde se perdía la voz del viento, estratégicamente ubicado y muy apreciable el tránsito de los caminos. Meléndez esperaba a sus víctimas con un chafle bien afilado y luego de decapitarlos, el cuerpo lo aventaba al abismo y la cabeza los coleccionaba en su guarida. En más de las veces llevaba con engaños a sus víctimas para cometer sus fechorías y luego de dar rienda suelta a su instinto asesino, desaparecía los cuerpos. Muchas familias habían perdido a sus seres queridos en manos del asesino, los alrededores se colmaron de espanto, y el perverso no dio tregua a su instinto, como si en el habitara el mismísimo diablo. La gente estaba alarmada y temían por constantes noticias; estaban cumpliéndose los vaticinios de los lugareños, había nacido con un mal signo y la única forma de dar fin a tanta desgracia era eliminándolo.

La provincia entera se había enterado de la noticia, se había expandido la infamia de Meléndez, quejas y querellas de familias lastimadas llegaban a los pueblos, y como cualquier cosa terrenal tiene su límite, colmó la inoperancia, el temor se quebrantó y cansados de tanta saña se reunieron hombres y mujeres de todas las comunidades y pueblos de la provincia y sesionaron en la plaza grande. Pidieron la asistencia del cura de Pampas, se hizo presente para ofrecer una misa de seguridad y de repudio a las acciones del energúmeno hombre del mal y luego de una bendición se fueron llevando consigo todos los sacramentos habidos; no se olvidaron de los encargos del curita que les dio bastante agua bendita y un crucifijo de acero; partieron de todos modos llevando de equipaje un poco de temor, pues se creían enfrentar al mismo diablo, más de medio centenar de runas se perdieron en la última curva que sube la cuesta por las alturas de Colcabamba.

Al promediar el medio día del tercero de búsqueda, ubicaron al sujeto, era el instante del fuerte viento que soplaba por el barranco que no logró despertar a la fiera; un eco se levantaba suave hasta dilatarse en el frío horizonte y con este compás tétrico, los comunes había rodeado la guarida del cholo, lo sorprendieron en plena siesta, no le dieron tiempo para reaccionar, se le lanzaron de a montón para luego inutilizarlo. Todas las armas cumplieron su función, ataron sus pies y manos con sogas de llama, una vez indefenso rociaron su cuerpo con toda el agua bendita, pero no pasó nada, pusieron el crucifijo en su frente y no sucedió lo que esperaban; pues el cura les había advertido que si era el mismo diablo, tenía que derretirse con el agua bendita o prenderse fuego al contacto con el crucifijo, pero nada sucedió; entonces, entendieron que era tan humano como cualquiera de ellos, ello obligó a tener que ejecutarlo y abrirle las entrañas para ver si tenía corazón. Meléndez contuvo todo el dolor y expiró sin ninguna queja, el grito y todo el odio se comprimieron en cada rincón de su cuerpo para la postrimería; los captores continuaron con toda la faena hasta descuartizar el cuerpo y distribuirlo en diferentes lugares y evitar que siga haciendo daño al prójimo.

La cabeza lo llevaron por las alturas de Colcabamba y fue enterrado en la comunidad de Pichccapuquio, hoy comunidad de Independencia; de allí brotaron cinco manantiales de las cinco cuencas de su calavera, se formaron bolsas de agua como manantiales de odio, tanto fue la ira que se convirtió en un gran huayco que arrasó la mitad de la población colcabambina.

Los que fueron de Pampas, trajeron los riñones y el corazón; de paso, enterraron bajo una enorme roca, al borde del Opamayo, en La Colpa de donde brota el agua salada; el corazón lo llevaron hasta Chalanpampa, fue enterrado y empezó a brotar el manantial que hasta hoy calma la sed de muchos pampinos y de los maceteros del cementerio. Los comuneros de Ocoro, también llevaron parte del Cholo Meléndez, las vísceras fueron enterradas por los bajíos de Jabonillo donde se formó Chaquiqocha, una laguna muy cristalina, pero misteriosamente de la noche a la mañana desapareció, ahora solo quedan huellas. Las extremidades inferiores se lo llevaron los pobladores de Churcampa y antes de llegar al pueblo enterraron verticalmente, de ello se formó un profundo abismo llamado Kishuarpata; años más tarde sirvió de patíbulo para la familia Gutiérrez, que por pleitos de terrenos fueron desbarrancados por el sanguinario “Tiraccaya” que sirvió de sicario, cuya vida terminó en la isla del Frontón.

Los brazos se llevaron por la zona de Huayllabamba y Mayunmarca, con el tiempo provocó el deslizamiento del cerro y al embalse de Huaqoto. De ese modo el Cholo Meléndez hizo sentir su ira aún después de muerto, siguió cobrando vidas a través de la naturaleza y si es eso cierto según los vaticinadores, entonces que ha de suceder después…?

Por la cumbres del Malpaso, existen enormes rocas, tétricas y solitarias; entre ellas hay una cueva que se llama “Ayamachay” que quiere decir cueva de la muerte; refieren los transportistas que en sus viajes nocturnos y solitarios, parecen ver la sombra enorme de un cholo sin rostro y de tórax vacío; sus descarnadas manos empuñan con firmeza una guadaña reluciente a la luz del carro y se pierde en las oscuras redes de la noche como un espíritu que lleva el viento, estrellando ecos roncos de carcajadas que se tropiezan y viajan con los truenos dilatándose en el espacio.


Autor: Miguel Angel Alarcón León
Obra: Los Tinterillos y Otros Relatos Andinos
Editado: Febrero del 2011
Imagen: Fotografía de Teófilo Hinostroza (Colcabamba)

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LA HORA DE LA MUERTE (cuento corto)




La zona nororiente de la provincia de Tayacaja hace muchos años atrás, estuvo plagado de hacendados, dueños de tierras que los colonizadores se apropiaron libremente, Surcupampa, Sachacoto, Tintay, fueron los primeros pueblos que aparecen en la historia virreinal del Perú; estos pueblos pertenecían a los españoles que llegaron a la zona.

Cuentan que hubo un hacendado que llegó a tener más de ciento ochenta hijos, en una casa que compartía con más de cuarenta mujeres en la casa hacienda de largos corredores. Estas mujeres eran sus concubinas, vivían en completa armonía, el hacendado estaba con todas a la vez.

En los años en que todavía no había carretera por esa zona, el tránsito obligado de los lugareños para llegar a Pampas o Huancayo era por los difíciles caminos de herradura, teniendo como única alternativa para cruzar el río Mantaro por el antiquísimo puente de Chiquiaq construido con cabuya trenzada, fastuosa herencia incaica. Luego de cruzar el río Mantaro habían dos caminos que divergían; para ir a Huancayo tenía que tomarse la ruta por la localidad de San Antonio, Loma, Rocchac etc., y para dirigirse a la ciudad de Pampas, la ruta era por Kichcapata, un camino como hecho de espinas.

En esas épocas, en Chiquiaq, la otrora abadía de los jesuitas, muy cerca al puente, existía una casa, designada para quien cuidara el puente; dicha persona era asalariada por las comunidades que hacían uso del puente; este guardián tenía por costumbre invitar una limonada a los viajeros, pues el calor de la zona era insoportable, las piedras se calcinan durante el día y el sentarse en ellas hacía que se quemen las posaderas de los viajeros.

Don Segundino Torres, era el puentero de aquel tiempo. En un día caluroso, la hora en que el sol daba con aplomo a la quebrada, don Nino, como se le conocía, estaba ocupado en el tejido de las cabuyas para mantener el puente en buen estado, y extrañamente escuchó una voz como de trueno que venía de las profundidades del río.

A un inicio no tomó importancia del asunto, pero aquella voz persistió con más frecuencia, entonces dejando su faena se asomó cerca al río y le pareció ver que las aguas turbias y remolinantes se abrían en su cauce escuchando decir “Apúrate don Sebastián…”. El puentero muy asustado consideró un mal presagio aquel hecho, y coincidentemente al dirigir la mirada al camino que viene bajando de Surcubamba, divisó a un jinete que apresurado aceleraba el paso de su yegua, levantando polvareda en el camino, a medida que se acercaba, y reconoció que se trataba de don Sebastián Herrera, propietario de un pequeño fundo que estaba al borde del río Surco.

Don Segundino esperó al viajero y cuando llegó al lugar, invitó a servirse un refresco de limonada.- No hermanito, estoy muy apurado, debo llegar temprano a San Antonio- Se negó don Sebastián al ofrecimiento, sin embargo el puentero insistió con el fin de evitar que cruzara el puente, por la voces que había escuchado momentos antes, premunía que algo le iba a suceder; llegando a convencerlo que se quedara.

Don Sebastián desmontó de su yegua color bayo a tanta insistencia e ingresaron a la casa por el refresco de limonada.- Siéntese don Sebastián debe estar cansado- insistió don Nino, pero éste no aceptó el descanso aduciendo su apuro; recibió el jarro de limonada y al tomar con tanta prisa al primer sorbo se atoró hasta no poder respirar desplomándose al suelo Don Segundino intentó reanimarlo pero fue en vano el intento. Don Sebastián había muerto atorado, realmente era la hora de su muerte; de no haber aceptado la invitación probablemente se hubiera caído al río.

Don Segundino Torres fue acusado de la muerte de don Sebastián y fue apresado por las autoridades del lugar para su juzgamiento en la ciudad de Pampas, donde estuvo encerrado injustamente cerca de un mes en la cárcel. Al no encontrarle responsabilidad en los hechos, luego de una minuciosa investigación, fue puesto en libertad.

Todos tememos la hora de nuestra muerte, se han visto accidentes y sucesos increíbles de los que muchos han salido ilesos y otros que hasta con un tropezón cobran fatalidad; Nadie muere en su víspera, si no en el día designado, debemos estar preparados plenamente para ello y considerar que la muerte es la parte complementaria de la vida o quizás el inicio de otra forma de vida.

Autor: Miguel Angel Alarcón León
Fuente: "Los Tinterillos" y otros Relatos Andinos
Publicado en. Febrero del 2011

viernes, 21 de octubre de 2011

UNA FORTUNA (cuento)


Nuevamente tenemos el honor de publicar un nuevo cuento del escritor tayacajino Miguel Alarcón León para deleite de nuestros multiples lectores del mundo entero, cuyas publicaciones anteriores han tenido una buena acogida y multiples comentarios de la crítica especializada.

UNA FORTUNA
En la margen izquierda del sinuoso cauce del Opamayo, que serpenteante va y viene haciendo curvas caprichosas a lo largo del vergelero valle pampino, y se cierra en la caprichosa quebradilla de La Colpa; se guarda celosamente innumerables misterios de antepasados, con vestigios y sin ellos. Para ser más preciso, me refiero al espacio frente a la antigua escuelita de Pampablanca; entre montículos de tierra arcillosa, hierbas y pastos del lugar, se esconden aún vigentes, los rasgos casi intactos del antiguo mata molino de la otrora hacienda Aqotupi, hoy anexo de Santa María.

Aqotupi, una hacienda próspera, pertenecía a la familia Zuñiga, se extendía desde las orillas de Opamayo, hasta las cumbres de Antamina, fértiles tierras de abundante cosecha en granos para ser almacenados en trojes y tubérculos que los guardaban en pucullos. El molino era muy utilizado para la hacienda y los agricultores aledaños.

Cuando se visita por el camino de herradura desde Rumichaca, por Atahuara, Huillto, Kichcapucro, Santa María, hasta Huallhuayocc, se disfruta de hermosas campiñas; senderos bordeado de arbustos, guindales y plantas del lugar, entre ellos también aparece todavía la antigua capillita ruinosa de Aqotupi debajo del camino; hasta la misma casa hacienda aún resistiéndose al tiempo. En esa capillita celebraba misas jocosas de matrimonios y bautismos para los serviles de la hacienda y los indios de la zona; el cura apellidado Negrón, por cada visita el hacendado le daba de wallqa un toro y carneros; el curita volvía a su parroquia como ganadero wanca.

Los años pasaron sobre la hacienda, vinieron consigo las reformas y los hacendados vendieron sus propiedades, fueron distribuidos entre los trabajadores; se olvidó el molino, pues la tecnología también lo sepultó, aún existen vestigios de los dos arcos hechos de piedra y barro, finamente diseñados, que el tiempo aún no ha podido borrar.

Pasaron muchos años; una fresca mañana de setiembre, cuando los primeros rayos del sol calentaban sutilmente el crisol del rocío, una niña que estudiaba en la escuelita se adelantaba a cumplir su labor escolar, sorpresivamente vio dos conejitos blancos como la nieve; comían muy a gusto los pastos frescos del lugar cerca a los huecos del antiguo molino. Se agazapó animadamente y luego de admirarlos, se animó acercarse a tientas para atraparlos, pero los animalillos al notar la presencia de la intrusa cada uno corrió a un hueco; sin embargo la niña hizo un esfuerzo y finalmente los atrapó en la entrada de los huecos. De inmediato vació sus cuadernos de la bolsa de tela, metió a los conejitos y luego de atarlos, los escondió en el mismo hueco tapándolo con hierbas para llevárselos al salir de la escuela.

La niña estaba muy contenta, toda la mañana, no hacía más que pensar en los conejitos, las clases de la maestra tomaron su propio rumbo y no atraparon su atención, estaba extraña. En el recreo contó a algunas amiguitas sobre el hallazgo, no veía llegar la hora de la salida, se hacían eternos los minutos, hasta que por fin, sonó el silbato de salida y más apurada que nunca, cortó camino y acompañada de dos amiguitas, cruzaron el río y llegaron al antiguo molino.

Seguía la bolsa en su lugar, muy emocionada y mostrando orgullo ante sus compañeritas, desató la bolsa y… grande fue su sorpresa; ante el estupor de sus amiguitas y ella, vacío de la bolsa dos enormes sapos amarillentos de granulada espalda y dando sus brincos, cada uno se metió en un hueco. Esta escena los dejó atónitas, sin habla, mudas ante el asombro infantil; la desilusión caló hondo en la niña.

Alelada partió rumbo a su casa, parecía no sentir las pisadas ni la rudeza del camino, le asaltó la tristeza y se le esfumó todo el ánimo. Llegó a su casa como en sueños, no quiso comer y sintió estallarle la cabeza de dolor. La noche fue más cruel, no alcanzó a dormir y se sumió en una fiebre delirante e inusual. Los padres inmutados, no comprendían la causa del mal, pues la niña guardó como secreto lo sucedido.

Desde entonces ya no fue a la escuela, los curanderos no dieron con el mal, hicieron pagos y llamadas, hasta jobeos y huywachas, extrañamente no encontraron el mal. Los siguientes días permaneció postrada en la cama, hasta que una mañana que siguió a una larga noche de convulsiones, la niña amaneció muerta en un lecho de sangre, producto de una hemorragia vaginal; todo fue extraño.

Contaban los lugareños que, en las noches los labriegos que regaban sus chacras, veían en el viejo molino, arder titilantes candelitas azulejas y fosforescentes. Aprovecharon una noche de luna los caza fortunas y fueron a excavar el molino, llevando consigo kerosene, coca, trago, y otros menjunjes; al abrir, encontraron dos hermosas barretas de oro y gracias a ello han salido de la pobreza…

Autor: Miguel Angel Alarcón León
Fuente: “Los tinterillos” y otros cuentos andinos
Editado en Febrero del 2011

domingo, 11 de septiembre de 2011

YAULI QOCHA


Publicamos este hermoso cuento de Miguel Alarcón León, historia que transcurre en el distrito de Pazos. Podremos saborear una vez más la exquisita pluma de éste buen escritor tayacajino colaborador de este Blog.

YAULI COCHA
Por las alturas del distrito de Pazos, existe un fascinante espejo de agua, tan transparente que la vista penetra hasta sus profundidades; invitan sus frías aguas a templar los ánimos por la soledad que reina en sus alrededores. Todos dicen en el pueblo que Yauli Qocha, no es una laguna de fiarse, han desparecido personas, animales y cuando llueve, pulula sobre sus aguas una nube negra, tan temerosa como las noches de invierno; sin embargo, vierte un caudal tan cristalino como el rocío que resbala de las frescas hojas de una planta y beberlo es como lavarse el alma y riega las pendientes y laderas de los pueblitos aledaños.

La gente del lugar cree que Yauli Qocha es el hogar de una hermosa ninfa, que en las mañanas de fría helada antes que salga el sol, vaga sobre la faz de las aguas como un espíritu que se mueve con un largo vestido de seda blanca y que su leve movimiento enfría más el ambiente.

Cierta tarde cuando el sol estaba por declinar en las lejanas montañas del horizonte, un pequeño pastorcito, había llegado por distracción a las cercanías de Yauli Qocha arreando sus ovinos y para el mal de sus culpas, se puso a jugar descuidando el ganado y al darse cuenta que ya no estaban las ovejitas, se fue a prisa en su búsqueda y los encontró al borde de la laguna, de prisa empezó a juntarlos y se dio cuenta que le faltaba una pequeña cría, desesperado brincó por todos lados, pues sabía del castigo si uno le faltaba.

Al voltear una roca prominente, vio algo maravilloso que ojos humanos no han visto; sobre una gran piedra estaba sentada una hermosa mujer jugando sus pies en las frías aguas, su blonda y larga cabellera de oro, se columpiaba con el viento y cubría su cuerpo un vestido blanco de seda fina, cuyas faldas terminaban en el agua; sus ojos claros como el infinito, destellaban desde el cerco orlado de sus pestañas, diáfanas miradas. Sobre la benigna roca descansaba una silueta casi divina de fina postura y su cuello angelical sostenía un collar de finas perlas. El niño se asustó, a pesar de tener nublados los ojitos de lágrimas, pudo distinguir con inocencia que la bella dama no ofrecía peligro; cuando estaba a punto de huir, escuchó una suave voz de melodía, tan sutil y canora que le hizo volver. _ Espera no huyas… yo se lo qué estás buscando, te puedo ayudar a encontrar; sécate las lágrimas y ven conmigo. _ La dama de las aguas tomó de las manos al niño y lo condujo hasta el medio de la laguna caminando sobre él; de pronto se abrió como una puerta de cristal y se vieron entrando por un sendero casi celestial nada temible.

¡Qué magia!; el niño viajaba por un mundo diferente, los muros de cristal, los peldaños brillaban como el espejo y pronto se apoderó de su inocencia la sensación de un encanto; parecía estar entre sueños del que no pretendía despertar jamás. Lo trasladó por un pasillo elegante adornado de hermosas flores, habitaciones de elegantes cortinas de color púrpura que se columpiaban con una suave brisa; hizo descansar al niño sobre un asiento de plumas blancas como la nieve y lo rodeó de manjares, exquisitas comidas que nunca había probado en su mundo de pobreza, era un premio mágico a su sacrificado vivir diario. Esta experiencia era para el niño como largos días de felicidad, quizá hasta ya no quiso volver.

La bella dama una vez visto satisfecho al niño, le indicó tras de las ventanas un hermoso jardín, en el estaba apaciblemente comiendo el corderito que había perdido. _ Tómalo con suavidad y condúcelo abriendo esa puerta. _ El niño pronto se vio por un callejón casi oscuro y como en un abrir y cerrar de ojos, apareció saliendo de una cueva de piedras a su mundo real, se dio al encuentro con su padres que desesperados lo buscaban.

El niño contó la historia como si fuera un cuento de hadas, pero nadie le creyó, desde entonces fue triste; todas las tardes se asomaba al borde de la laguna para ver a la ninfa, día tras día, año tras año, sin que asome su noble cabeza al desengaño; nunca más volvió a verla, sueño tras sueño se fue consumiendo y cuando ya su corazón adolescente sabía lo que era amar, murió de amor. Cuentan que cuando llueve por Yauli Qocha, el viento solano lleva consigo el gemido ronco de un adolescente que busca a su amada, luego se tropieza con los truenos y viaja haciendo ecos torpes en el cielo. En lengua quechua, Yauli quiere decir amada y qocha es el agua presa o laguna; entonces juntos significa “laguna de la amada”.

Autor: Miguel Alarcón León (escritor tayacajino, colaborador de Saposaqta)
Fuente: Los Tinterillos y otros Relatos Andinos
Publicado en Febrero del 2011

lunes, 21 de marzo de 2011

MAS RELATOS TAYACAJINOS


El Blog Saposaqta publica en calidad de primicia el maravilloso cuento titulado El Joyero cuyo autor es el escritor tayacajino Miguel Alarcón León, y fue extraído de su última publicación de Relatos Andinos.





EL JOYERO


Eran tres hermosas damas que partieron de tierras warpas, tres lindas mujeres como tres gotas de agua, sus bellezas, eran el reflejo de la pureza de su alma. Las tres Marías del cielo iniciaron su largo peregrinaje por nuestras inhóspitas tierras andinas; donde iban, colmaban de bendiciones, su afán transeúnte tenía por equipaje un caudal infinito de fe y esperanza, paz y hermandad en los pueblos donde sus divinos pies pisaron y sus cuerpos a descansar.



_ Pan para nuestra hambre _ y el hombre andino allí estaba con su pobreza. _ Cobijo para nuestro frío _ decían al llegar a otro pueblo, y allí estaban las bayetas y pullos de lana artísticamente tejidas por diestras manos femeninas de la serranía. _ Agua para nuestra sed _ y los límpidos manantiales daban sus más puras y cristalinas aguas vivificantes a merced de tan lindas mujeres.

Las tres hermanas siguieron su largo peregrinaje, andando y descansando, haciendo camino en la dura ruta de la agreste serranía. _ ¿Dónde nos llevará el destino? _ decía una de ellas _ Tenga paciencia vuestra merced, ya llegaremos, el señor tiene un lugar para cada una de nosotras. _ decía la más cauta y purísima de sentimientos.

Una mañana muy jubilosa, estaba por finalizar el siglo XVIII, los pueblos de la serranía nunca olvidarán; las tres hermanas llegaron muy cansadas a un pintoresco caserío; la brisa era muy tibia, la caminata muy larga y por quebradas cálidas, las casitas muy alejadas unas de otras, eran muestra de una desunión infranqueable, mucha indiferencia, ajenas unas de otras; el pueblito era reflejo de mucha enemistad y atraso. Para cerciorarse una de ellas fue a pedir agua para la sed, pero que mal, no halló respuesta; entonces la más Purísima propuso; _ Una de nosotras se debe quedar aquí, este pueblo necesita de nuestra ayuda para superar sus males, alguien que los hermane y los una para siempre._ Unas a otras se miraron y al fin Candelaria dijo: yo me quedaré y lo llamaré Occoro, donde estamos sentadas haré mi casa, este pueblo será de gente unida que prosperará y sin indiferencias. _ Que el cielo te bendiga hermana y estaremos pendientes de ti _ replicó la más Purísima de ellas.

Dicho esto las dos hermanas partieron la empinada cuesta en cumplimiento de su misión; siguieron sorteando rutas y caminos admirando fecundas tierras y paisajes lejanos, les era un encanto la serranía de profundas quebradas, de picos elevados, de punas infinitas, donde el viento susurra al oído sus frías notas; ningunas sabían su parada final. _ Nuestra hermana ya se quedó, a dónde llegaremos a parar nosotras? _ decía una de ellas, pero la más purísima de sentimientos, siempre más cauta le decía; _ calma hermana, ya nos tocará nuestro lugar, solo sé que también nos separaremos, cada una cumpliremos nuestra misión por separadas.

Desde las cumbres de granito, observaron un hermoso valle azul, parecía un inmenso espejo de agua que reflejaba el cielo, era el hermoso valle de Pampas; estaba inundado sus prados y chacras de la hermosa flor de linaza, muy similar a un lago azul. De tanto andar por el vergelero valle pampino, llegaron a una plazuela que solo contaba con algunas casas de anchas paredes el rededor; propiedad de los principales del pueblo, como dijera Arguedas, de esos que odiaban a los forasteros y despreciaban a la gente del campo. El pueblo no excedería los mil habitantes, en la plaza había una capilla y algunas veces se recordaban de San Pedro; pues en 1702 se había designado como cofradía de San Pedro y consiguientemente era el Patrón del pueblo.

_ Este pueblo nos necesita, bastante coraje se debe tener para quedarse, hay muchos necios y hay que llegar hasta sus corazones. _ manifestó una de ellas rasgándose las vestiduras. _ Tú debes quedarte hermana mía; eres la más cauta y tus sentimientos son purísimos, con la sabiduría que tienes podrás conquistar estos necios corazones y ablandar sus sentimientos para que se quieran unos a otros; yo seguiré mi camino, ya habrá un lugar para mí.

Dicho esto la otra María se marchó, tomo el rumbo del camino que va hacia Huancayo, pasando por Rumichaka, Yarccacancha; caserío donde había un inmenso corralón y la gente por ese lugar sufría de hambre sin tener nada que ofrecer al viajero, posteriormente pasó por Huancaycucho para llegar a Obrajería, Quesera, hasta Pamuri, donde hacía mucha falta el agua. Esta María se propuso solucionar el problema y emprendió su caminata por la cuesta hasta llegar a las cumbres de Champaqocha, abrió dos pequeñas lagunas y para descansar se posó sobre una piedra y al moverse la roca empezó a brotar abundante agua; desde entonces se quedó la Virgen de Champaqocha.

Por su parte, María Purísima se quedó en Pampas para ser la patrona. La santa solía tomar el cuerpo humano, transformada en una mujer muy hermosa y humilde se iba por los campos y pueblos aledaños del valle, para mostrar su esencia divina, muy dedicada con los necesitados, sobre todo con la gente humilde del campo, cumplía con afanes domésticos y del campo ayudando a los humildes y en la tarde volvía a su altar.

Los valles de Pampas y el Mantaro eran unidos por caminos de herradura; las mulas y acémilas en piaras viajaban por el antiguo camino inca, el Capaccñam, uniendo pueblitos antiquísimos de Mullaca y Pazos, para bajar a Pucará y empalmar al valle Wanca. Los comercios y trueques se hacían de esa forma, tomaban semanas enteras en viajar comerciantes y compradores.

El wanca Surichaqui, era dueño de una joyería en Huancayo, hacía sus viajes esporádicos a Pampas tres o cuatro veces al año para proveer de hermosas y codiciables joyas en oro y plata con acabado de piedras preciosas para sus lujuriosos clientes del pueblo. Adquirían contadas mujeres presumidas de maridos gastadores y vanidosos. El wanca embustero, dejaba hasta al crédito con tal de vender su mercancía aunque fuese a precios judaicos.

Una tarde que estaba de vuelta a Huancayo, encontró en el borde del camino a una hermosa mujer de facciones divinas; nunca antes sus ojos se habían complacido con tal encanto de mujer; vestía trajes andinos y sus ojos color cielo eran una ventana para ver un mundo de sinceridad; el wanca Surichaqui fue picado por el gusanito lívido de la curiosidad y la galantería y so pretexto de pedir agua para su sed, se acercó a tan agradable dama; no le negó, con agradable sonrisa, transparente y una mirada resplandeciente de amor puro y sincero, atendió al caminante. Éste encantado por todo se sentó cerca a ella y empezó a galantear; a pesar de estar tartamudeando por emoción extra y trémulo daba a entender que podía amar a esa mujer. La hermosa dama le seguía la corriente, pues entendía el corazón del mortal.

Le embargó una emoción inmensa que, sacó de su equipaje un par de pendientes de oro de elevadísimo costo entre todas sus joyas y la ofreció como regalo, como quien hace méritos para ganarse su cariño. Ella aceptó con mucha algarabía y agradeció con bastante complacencia. A esto aprovechó el wanca para preguntarle donde vivía. _ En la Plaza de Pampas _ dijo ella _ búscame cuando quieras, te estaré esperando.

El wanca en su engañado corazón pensó que ya había conquistado, entonces le hizo una cita, fijando fecha, hora y lugar; a la que la damita aceptó con mucho entusiasmo. El joyero continuó su camino muy feliz, desojando margaritas, pues consideraba muy buena conquista. En la ruta se fue llenando de ilusiones y sueños de amores y planeando noches sin final al lado de tan bella mujer pampina que terminaba de conocer.

Todas las noches soñaba con ella, los días eran de impaciencia y deseaba que el tiempo pasara a raudales, tenía turbado el corazón; hasta que llegó el día, tenía que viajar a Pampas al encuentro. Preparó otro precioso regalo para asegurar el corazón de la fémina y con más prisa que antes, enrumbó el viaje.

La mañana tenía la alegría primaveral sin par como los hay solo en la tierra pampina; el sol acariciaba con sus brazos de fuego el valle esmeraldino de tintes azules; el atrevido joyero había elegido el mejor de sus trajes para impresionar a quien había cautivado su aventurero corazón y media hora antes de la indicada, ya estaba bien plantado en la misma plaza; empezó a disfrutar de la espera cual adolescente flechado; pues para los corazones enamorados, esperar es un placer, un deleite, que no pase el tiempo de la demora, si fuera posible que se demore más, para poner a prueba el instinto de amar; la paciencia es un árbol de hojas amargas, pero de frutos muy dulces.

Infausta la espera, la dama más bella de Pampas nunca llegó a la cita; decepcionado el joyero wanca no creía haber sido engañado por la dama de sincero mirar. Se pasó una hora más de lo previsto y para consolar su engañado corazón decidió entrar a la iglesia; ingresó desganado y llegó al altar, se hincó de rodillas y al ofrecer una plegaria alzó los ojos y grande fue su sorpresa; los aretes que había regalado pendían relucientes de los pabellones finamente perfilados de la Virgen Purísima y al ver con más detenimiento, reconoció a la dama de quien se había enamorado. _ ¡Dios mío! _ se dijo _ Qué hice, cómo haberme enamorado de la virgen, este humano corazón como pudo palpitar por una deidad; te imploro perdón _ Se quedó el wanca Surichaqui como sin alma por su osadía, pero desde entonces su más fiel devoto.

Juró ser su fiel adorador hasta su muerte; el joyero en pago a su herejía, mandó hacer una hermosa corona de oro puro con piedras relucientes y desde entonces mientras vivo, nunca dejó de asistir a las fiestas que por entonces solo se celebraba el ocho de diciembre y sus obsequios consistían en alhajas de oro y plata.


Autor: Miguel Alarcón León

Colaborador de Saposaqta

Fuente: Relatos Andinos Obra: Los Tinterillos Editado: En marzo del 2011

miércoles, 3 de junio de 2009

PABLO LIZARBE (cuento)

PABLO LIZARBE

I

Allá por los finos paisajes del ancestral villorrio donde aún pululan los espíritus vivos de mis antepasados, como nota genuina de permanencia que matiza la memoria; entre el fresco aroma de los maizales de la temporada y las cosechas agostinas del lugar; nacen historias de personajes que marcaron acciones en la memoria con singular característica como la de don Pablo Lizarbe.

Era un lugareño de prominente nariz aguileña y algo corva; unía sus cejas despobladas de negro pelo, hasta terminar en nivel agudo en la delgada comisura de sus labios. La onda cuenca de sus ojos albergaba sus párpados rugosos cuyas pestañas escasas disimulaban el matiz rojizo de su córnea que avizoraba el arrebato de muchos sueños y sus andadas de noctámbulo. Su entrecana cabellera contorneaba la pálida frente sin arrugas, su tez blanca poblada de escasas barbas era sombreada por un grasiento sombrero de lana descolorido que casi nunca abandonaba su pequeña testa.

Pablo era un personaje vulgo en la zona de mediana talla y macilenta contextura; de día y noche, en el frío y calor, estaba embozado con un poncho negro. Vivía cerca a los altares del gran Uysus, una humilde mujer tenía por compañera.

Todas las mañanas pasaba don Pablo por el sendero guijarroso entonando su preferida canción santiaguera cual muletillo – cerrojoy…, cerrojoy…-- en cualquier época del año. Sus pequeñas parcelas de terreno tenían dos visitas, siembra y cosecha, nunca el resto del trabajo, era de los que solía decir a los chiquillos del lugar; -- Si apuntas con el dedo al arco iris, se te pudre la mano --- y los chiquillos tenían miedo. También solía decir, -- si apuntas con el dedo a la calabaza, esta se pudre —curiosas supersticiones.

Su audacia mal empleada, le permitía ser el contrabandista de alcohol más arriesgado del lugar; era experto en el oficio, pues nadie de la zona se atrevía alquilar acémilas para tal ilícito afán; sin embargo, nuestro personaje no veía imposibles para cometer sus fechorías. Aprovechaba de la complicidad nocturna para robar con sigilo, algunos burros del lugar, mientras los dueños dormían y luego refundirse en las profundidades de las quebradas hacia los destiladeros de caña. Los contrabandos nocturnos le permitían trasladar regulares cantidades de alcohol y llevarlos al depósito del viejo Monge, principal acopiador en el pueblo. Era un hombre robusto de canosa cabellera, sus ojos orientales refulgían una mirada rojiza propia de los desvelos y noches de borrachera sin final, pues vivía en un ambiente de alcohol; sus compoblanos le correspondían con cierto temor por su carácter de bravucón e irreverente, claro, aparte de alcoholes, no sabía otra cosa más. Pero, don Pablo solía zaherirle en más de las veces y al escape le insultaba – Cullcu ñahui machu – Cuando regateaba el precio o no quería asumir una deuda; sin embargo tenía que olvidar, de lo contrario perdería a su mejor proveedor.

Si no amanecían los burros en sus corrales, los vecinos ya sabían quien se los había llevado.

Para don Pablo, la vida seguía en curso sinuoso de aventuras noctámbulas, asechado por su propio temor de verse acorralado en el riesgo de caer abatido en su afán ilícito. Eran testigos los burros ajenos que hurtaba en préstamo, siempre rumiando su canto preferido que acompañaba su soledad en esas rutas agrestes como solo los hay en el corazón de los andes peruanos, en noches lóbregas y otras de luna, igual; conocía como el zorro su camino.

II

Esther era una doncella de la comarca, seguramente de dieciséis abriles, tenía dos trenzas largas de color castaño, las mejillas de color rosa suavemente desvanecido, pintadas por el rubor y casi siempre jugaba en sus labios cariñosos una sonrisa casta que revelaba su inocente felicidad difícil de ocultar. Sus ojos anchos, orlados de pestañas largas, expresaban diáfanas miradas de inocencia pero leales al color de su raza; blanca la tez y de cuello virginal del que pendían para colgarse a través de sus hombros, un pañolón de moza cubriendo en un ángulo parte de sus bustos pronunciados cual volcanes a punto de estallar, hasta acabar en su cintura. Esther usaba faldas hasta la pantorrilla; sus piernas blancas relucían en su andar de ritmo andino.

Era su padre, don Víctor Betalilluz; un hombre rubicundo y bonachón, muy serio y de poco hablar, vivían en una casa grande y antigua rodeado de maizales. En su corralón aledaño ramoneaban algunos caballos rapados de crin y cola, correteaban potros y algunos burros viejos se sometían a la meditación, enralecidos por el carguío y la crueldad de sus arrieros. Don Víctor era chucarero, amansaba las acémilas del valle y las haciendas de la región, muy conocido y recomendado por todos, hombre de respeto y de decisiones firmes. El pastoreo de los ganados que poseía era trabajo de Esther en los terrenos de Aguidawayqo.

III

Un día de esos en que don Víctor andaba ocupado en su oficio de domador, retornó de la hacienda San Lorenzo luego de dos días y solo encontró en casa a su esposa, consternada y sumida en una preocupación profunda, los menores hijos llorando la ausencia de Esther, nadie sabía de su paradero. Turbado, montó la noble bestia, fiel compañera de sus viajes, que con escorzo elegante, partió en un salto al sentir en sus ijares el agudo punzón de las espuelas. Andó preguntando de casa en casa y a quienes se encontraba en el camino; sus ojos precisaban una acerba mirada y su seño fruncido avizoraba una irremediable ira cada vez que vanas eran sus averiguaciones.

No tardó en resolver su infausta motivación; alguien le dijo que: -- Anteayer en la tarde conversaba con Pablo Lizarbe mientras pastaba sus animales – justo coincidía con el día de la desaparición.

El viejo Betalilluz rasgó las sospechas de que realmente, Esther había sido objeto de un rapto, se indignó más aún al resistirse en creer por ese inusual atrevimiento de cómo un vetusto, macilento, endeble y remedo de hombre tan feo había osado en seducir a una niña tan hermosa, no había duda que su inocencia había cegado la razón. La rabia le subía despacio, despacio, y un silencio muy huraño le lastimaba el alma. Adormecido por la ira y el pensamiento viajero, posó sus sentaderas en la cabalgadura y partió con ágil trote por el sendero guijarroso que cubría la cuesta.

El desagravio le hacía pensar con violencia, pues, era de esos hombres serios que infundían respeto y temor, con aires de terrateniente, y quienes osaban faltar su honor, caro pagaban su pecado, hasta con la muerte.

Al llegar a media cuesta, tomó rumbo hacia la izquierda; ruta que lleva a Qasapata y no tardo en llegar a la casa de Pablo; por el mismo patio pasaba el camino. El potro jadeante y trémulo hizo sonar sus cascos herrados en el patio empedrado; sus belfos espumantes, clavado en sus pecho hizo sonar como dos rebuznos.

Una mujercita humilde, salió de la cocina y al ver al temerario visitante tuvo por segundos una sensación escalofriante, pues no sospechaba el motivo de la visita. El viejo jinete con su voz ronca y violenta preguntó: -- ¿Dónde está tu marido? – La campesina innocua sin saber nada de nada, dijo: “que estaba escondido por la leva en los altos de la casa”. (Antes la gendarmería del estado, reclutaba gente para el servicio militar obligatorio, visitando de casa en casa; se iban a caballo por las comunidades y arreaban atados a jóvenes y adultos para encerrarlos en los cuarteles.)

IV

Los altos de la casa de Pablo, tenía un solo acceso, por dentro de la sala se colocaba una escalera y se entraba por una abertura, allí solía guardarse las cosechas del año, muchas veces de escondite servía. Llevado por su astucia había jalado la escalera para que su mujer no subiera, y solo tiraba de una soga para alzar la comida.

El viejo Betalilluz al saber del escondite, sin apearse empujó la antigua y pesada puerta de aliso, los goznes y ejes enmohecidos rechinaron, acarició las crines y el cuello aterciopelado; y el noble bruto con las orejas tendidas entró en la sala con jinete y todo. Éste se puso de pie sobre la cabalgadura y metió cuerpo por la abertura y sus sospechas se confirmaron; Pablo tenía escondida a Esther en esa pocilga.

La furia incontenible se desató para ensañarse con el atrevido cholo; le prendió por los pelos y lo aventó al primer piso, una vez abajó le cortó la piel a fuetazos con el zurriago del caballo hasta hacerlo sangrar. Pablo gritaba mil perdones, pero la ira ensordeció la razón y siguió arrancándole la piel a chicotazos. La crueldad se apoderó del viejo Betalilluz, sus ojos se desorbitaban como de un toro iracundo – Amaña – se desesperaba la mujercita. No obstante, descalzó sus pies y atándolo con una cuerda las manos juntas lo arrastró con el caballo cuesta abajo por el sinuoso y pedregoso camino hasta la pampa ante el estupor de los vecinos; semimuerto y sangrante soltó la soga; lo envolvió de una mirada sórdida, lanzó un escupitajo, se dio la vuelta, y se marchó en su caballo de ancas relucientes por el camino polvoriento.

Fue santo el remedio; Pablo no volvió a sus andadas, mucho demoró en recuperarse, de alguna forma quedó tullido, y se aferró a la vida a lado de su humilde mujer, que supo perdonar…

Esther, para nublar la deshonra y la vergüenza ante los compoblanos, fue enviada a la capital y olvidó su terruño.


De: Cuentos Andinos y Poesìas
Autor: Miguel Angel Alarcón León
Edición: Setiembre 2008

miércoles, 28 de enero de 2009

LOS ABIGEOS


CUENTO: LOS ABIGEOS

Las luces del alba encendían cada vez más la cima del Waqrawillca, gran Apu de las montañas andinas; las sombras de su negro crestón eran desalojadas sutilmente por los rayos primerizos del Sol; encendiendo por el oriente, flancos de nubes vestidas de púrpura con sombra gris. Los ichus chiflones enmudecidos por el manto blanco de la escarcha y la negra superficie de la tierra terciada por el chiclanco, mostraba sus primeras formas acompasados por el monótono concierto matutino de los animales lugareños que despertaban en sus estancias.

Austera como todas las mañanas, despertaba la comunidad de Rayán; entre el arrebol y las auras sorprendió el claro a una que otra casita humeante que mecidos por ventiscas frías se esparcían sin rumbo, mezclándose en el ambiente con el inmoble olor a estiércol. Todo parecía igual; el tiempo empezaba a transitar por los mismos caminos; esos caminos serranos, cual arrugas marcadas en el viejo rostro de la cordillera andina, se perdía entre lomas y quebradas como guías de caminantes citadinos; las reses bramaban igual, los perros seguían husmeando las huellas de sus dueños que con porongos en mano volvían de algún puquial aledaño para cocinar la merienda del día.

Se cruzaban las venias y los saludos, y en la pequeña plazuelita ya se juntaban uno que otro comunero para comentar sobre el estío, el perjuicio de sus siembras y la falta de alimento para sus ganados.

-- Anoche robaron la casa de Julián Curo – dijo al llegar agitado un maqtillo de ponchito corto, un lapichuco cubría su testa; sus pies sin color aguaitaban de los llanquis de jebe. Todos en busca de la noticia corrieron a la casa de Julián.

Doña Antuca no dejaba de llorar balbuceando su queja, su rostro pálido avizoraba el susto mezclado en pena, y de rato en rato se jalaba la cabellera desgreñada en señal de desesperación. –Dicen que eran los “compañeros” – comentó don Julián -- ¿Cómo van ser “compañeros”?, san llevao mis dos nuvillos, mi carnirito tamben, hasta a mi Vicintita han abusao, yo conozco a eses desgraciados.


Los pobladores altruistas siguieron el rastro por el camino hacia Accoyanca, pero estos se perdían en el sendero guijarroso que lleva hacia las cumbres del Waqrawillca. Todo hacía sospechar que habían venido de Chuspi.

Se comentó del hecho durante los días siguientes, hubo alarma entre la gente; el temor reinante sacudió en desvelos a los comuneros de Rayán, pero el tiempo, bálsamo del olvido, fue medicina para la tragedia de Julián Curo y al fin quedó como un suceso más para la comunidad…

Una madrugada, mucho más temprana que todas, otra vez se alarmaron los comuneros de Rayán; esta vez dos hermosos novillos del viejo Ceferino Soto había sido presa fácil de los malhechores. A la hora en que todos dormían el sueño propicio, llegaron como cuatro runas con chalinas, ponchos y gorras que les cubrían el rostro; llevaban linternas y machetes; ingresaron sigilosamente y una vez dentro de la casa, ataron con sogas a los dueños e hicieron de las suyas; solo un chiquillo de la casa había logrado esconderse en el gallinero y cuando ya se fueron los ladrones pudo correr a avisar con llanto trémulo a la casa del Agente Municipal.

Don Ceferino había reconocido a uno de ellos – Era ese canalla Anselmo Carhuapoma; ese es pues de la comunidad de Lloqe, a la vista su nariz chuico; seguro han llevao mis ganaditos a la feria de Tucuqasa...

Formaron un grupo de recios comuneros para seguirlos; con sus perros ovejeros, hacían husmear las huellas de los cuatreros; preguntando por el camino a quiénes se encontraban. Una que otra pista, hasta verse consumidos por esos caminos cobrizos de la serranía y no dar con los ladrones. Pero alguien se enteró que Anselmo Carhuapoma había vendido ganados a unos comerciantes de Anco y volvieron con esa noticia.

En la reunión comunal el Agente de Rayán alzó la voz para decir—La semana pasada fueron vistos dos de los ladrones en la feria sabatina de Tucoccasa; Anselmo Carhuapoma y Elio Machuca; esos desgraciados se hacían pasar como comerciantes ganaderos en todas las ferias de la zona; ese tal Jacinto Poma de Huancay, el Honorato Montero de Occoro, y algún soplón más que vive en la comunidad vecina de Accoyanca. Tenemos que capturarlos, ya los conocemos quienes son; no hay que bajar la guardia – La comunidad ya estaba organizada.

Una nochecita de esas que recién se iniciaba; cuando recién dormían las gallinas, el Teniente de la comunidad alarmó al pueblo con su sonoro silbato; todos acudieron a la plazuelita; era reunión comunal; cuando ya todos juntos, grandes y pequeños, niños, ancianos y jóvenes; la autoridad blandió su castellano mal masticado con voz aguda sobre la plebe – Queridos compoblanos, les he llamao para comunicarles que ayer en la madrugada, los valientes compañiros de la cumunidad de Ranra han capturao a varios abigios y lo han llevao a las autoridades de Pampas; hemos pensao ir algunos compañeros para edentificar y reclamar lo que nos han robao, que dicen ustedes--- Todos, a una voz aprobaron la propuesta.

Formaron una comitiva y en la madrugada antes que cante el gallo ya los comuneros se perdían entre las sombras de la noche por el camino sinuoso y escarpado rumbo a las cumbres del gran Waqrawilca, rumiando sus esperanzas de por fin hallar justicia para sus males. Después de tanta travesía al dar el medio día, ya la comitiva estaba bien plantada en la Comisaría – Somos Autoridades y comuneros de Rayán, queremos reconocer a los ladrones; a nosotros también nos han robao -- El policía de turno recibió la denuncia y los llevó donde los detenidos; tras las rejas del calabozo pestilente y frío estaba Honorato Montero como un león enjaulado; se movía de un lugar a otro, su rostro raído y sus contados bigotes raciales estaban como marchitos y demacrados. Anselmo Carhuapoma; fresco como la lechuga, no le hacía mella la “jaula” era como un triunfo más en su haber, renqueado en las batallas del mal, abigeo de renombre, ya no temía nada una raya más al tigre no le hacía diferente, mas bien fulminó a los comuneros con mirada amenazante; su nariz aguileña destilaba un sudor incesante; su semblante sin resignación avizoraba su pronta salida. Entre ellos estaba un muchacho más asustado que todos, el hijo de Gregorio Pacuri de la comunidad de Accoyanca, lloraba en la celda balbuceando mil arrepentimientos. Y había un cuarto varón más, muy cholón y desconocido, pero fornido; calzaba botas de cachaco.

Los policías bien “machitos” en su comisaría, luego de la inspección les dijo con ronca voz – Vayan no más; estos carajos se podrirán en la cárcel – y volvieron con ese consuelo creyendo en la palabra de la autoridad. Misión cumplida y ya no habrá más robos; todo Rayán ha creído la noticia. Y, pero… ¿Los novillos y carneros de Julián Curo?... y… ¿Los enormes toros de Ceferino soto?,… y… ¿Los otros robos de la comunidad?,… ¿que será de eso?..., eran las preguntas que nunca tuvieron respuesta. Todos volvieron a sus quehaceres.

Después de dos semanas corrió la noticia…-- Han salido de la cárcel—pero ¿Quién sabe como?, otra vez se alarmaron los campesinos, se convencieron que la justicia estaba lejos de su alcance—Ya no hay que creer en las autoridades—dijeron y empezaron a organizarse en rondas; pues, presentían que, cualquier noche serían visitados por esos canallas vengativos.

Las reuniones eran con frecuencia en la casa de Petronila Layme que estaba ubicado en la plazoleta. –Tenemos que cuidarnos y capturar a esos perros – decía el agente Celestino Quispe – para los pobres no hay justicia, con la plata de sus robos habrán pagao, por eso han saliu rapidito.
--Pero tenemos que ser unidos todos, así como los dedos de las manos, sin cobardías; aquí en Rayán se acabaron los cobardes—replicó el tal Justino Oronccoy—Tenía media completa el joven, por eso hablaba así y era asediado por las mozuelas de Rayán.

Después de cinco meses a la media noche se quebró la rutina, ingresó la alarma por la entrada oeste del pueblito, se oyó el silbato sórdido y desesperado de los ronderos; los perros ladraban con furia; todos empezaron a salir de sus casuchas, eran las primeras horas de la madrugada, sogas, palos, hondas, huaracas, todos a correr – Rateeerooooo…, currimuychic carajo – se oía las voces desde la casa de Oswaldo Mitma; trepando muros y cortando caminos llegaron al lugar, había un desorden, Teófila; su mujer, estaba prendido de los pelos de un cholo flacuchento – Este desgraciado es… kaymi, kaymi – y no lo soltaba. Ante la turba no podía resistirse, lo hicieron un blanco de golpes por doquier, descalzo y sangrando lo llevaron a la plazuelita y lo ataron a un palo. Los golpes se repetían una y otra vez – rimay carajo, quien es tu compinche – y más golpe.

Los gallos ya daban su monótona clarinada y los comunes ya estaban borrachos; el cholo sangraba por todas partes balbuceando incoherencias entrecortadas. Y ya al rayar la aurora entre dos luces, entraban por el camino que viene de la quebrada; otro grupo de comuneros, traían a golpes a otro cholo sangrante de mediana estatura atado con una soga, pusieron junto con el compinche y más golpe. Los comuneros seguían bebiendo más trago y propinando de golpes a los capturados.

Antes que ilumine el Sol las tierras cobrizas de Rayán; los capturados ya no respiraban. – Ya no respiran carajo, están freyos – grito Amadeo Vilca; estaba borracho – están muertos, ya nos jodimos, aurachalla.

Cállate carajo, cállate – lo reprimió Justino Oronccoy – Ahora que haremos.

Los comunes se alarmaron a pesar de estar adormecidos por el trago y el desvelo de la noche; estaban asustados.

Pero, alguien dijo; -- Nades ha visto nada, no cuenten nada, solo cuatro valintes vamos a saber el destino de estos pierros misirables – y llevando los cadáveres en dos burros temblorosos por el frío, se perdieron en la lomada de Muyuna y no se vio, ni se supo más, nadie reclamó nada.

Al medio día volvieron los cuatro comunes bien borrachos y con los labios verdosos de tanta picchada; se encantinaron donde mama Petronila sin hablar del asunto.

Era la justicia, su propia justicia; desde entonces no se vieron abigeos en Rayán; ellos lo hicieron señor…todos… y ahora no hay más robos…

Autor: Miguel Angel Alarcón León
De: Cuentos Andinos y Poesías
Imagen: Oleo de Pérez Lara