domingo, 1 de diciembre de 2019

EL AMOR EN LA MELODÍA DEL LONQOR




Leopoldo Pacheco Orellana, poeta nacido en el valle de Pampas, nos ofrece esta publicación de su cuento "El Amor en la melodía del Lonqor" ambientado en época de la Fiesta del Santiago en la provincia de Tayacaja.

En junio llega la época de las heladas, quemando casi todos los pastizales del inmenso valle y de los cerros, el trébol, que verde y fresco crecía en los surcos de los maizales, y la grama de sus bordes, son desolados por el frío quemante de las noches. 

En los cerros, las salvias que pintaban de azul la alegría de las lomas y toda la yerba que en las tardes ondeaba su fresco aroma con el viento, se reducen a palitos secos con algún verdor en la base, solo resisten en el llano, aún con algunas ramas laceradas. Los enormes eucaliptos, guindos y algunos arbustos como el mutuy, el tankar y el maguey de hojas anchas y espinosas cercan los caminos, y en los labrantíos solamente queda el rastrojo de las plantas de maíz.

Los pobladores, en su mayoría agricultores y pequeños ganaderos, almacenan el forraje del maíz o cebada para alimentar al escaso ganado vacuno y ovino que tienen. Los tendales de maíz se secan al sol y sus colores diversos alegran el patio de las casas, en los balconcitos artesanales y en los dinteles bajo el tejado se ven colgadas las huayuncas, mazorcas de choclo amarradas por la panca, que secarán pronto para ser tostadas, convirtiéndose en las primeras canchas del año.

En esa época escasea el agua del río, entonces los pobladores se reúnen en la toma del agua para hacer la faena de limpieza de las acequias y el reparto de papeletas de riego en turnos de día y de noche. Hay que regar esos sedientos terrenos para ararlos con bueyes, preparar el terreno y esperar el momento de las eventuales lluvias para la siembra.

En esa época, precisamente el día 25 de junio empieza la fiesta del Santiago. En las humildes viviendas campesinas, en las noches de luna, en esas casitas de pardos tejados, se pueden ver a la luz de las velas en su salita a dos o tres vecinos chacchando hojas de coca, tomando algún licor y orando a Tayta Exaltación, el Cristo Crucificado. 

También guardando reverencia a la illa, un animal finamente esculpido en piedra, heredado de generación en generación, considerado el espíritu de los animales y protegido por el Tayta Wamani, el gran espíritu de los cerros. Para esa ocasión ambos están en un altarcito, adornados con florecillas del campo o recogidas de sus jardines y como ofrenda velitas encendidas. Así empezaba la fiesta ancestral del marcado del ganado cuyo día central es el día 25 de julio, ese día era, en ese entonces, seguramente el más feliz del año para nosotros los pobladores del barrio de Allpahuasi y todos los poblados aledaños. 

Esa felicidad tenía una melodía que en el día se escuchaba esporádicamente envolviendo la soledad de los campos, a veces no sabía si realmente alegraba o entristecía,  porque en las noches, esa música llegaba como hiriendo la oscuridad, haciendo sangrar alguna llaga en lo más profundo del alma. Esa melodía como el llanto de los cerros salía del lonqor, y yo no entendía cómo de una simple caña tan larga, podría salir tanto dolor, pero que en otros momentos, cuando las familias del barrio cantaban y bailaban, producía una gran algarabía.

El intenso frío de las mañanas de esa época del año, no era impedimento para ir a la escuela. Un gran grupo del barrio íbamos caminando tres kilómetros a la escuela 521 de Pampas. Una tarde, regresando de la escuela por esos caminitos cercados de maguey en cuyas anchas hojas dejaban mensajes de amor los enamorados, me encontré con mi amigo Fortunato, a quien conocíamos como Fortucha

Él, como algunos jóvenes del barrio, a veces trabajaba ayudando en labores agrícolas a mis padres; era el mayor del grupo de amigos y había regresado de la selva a donde lo habían llevado, “enganchado”; así le llamaban a la forma como llevaban peones, jóvenes o niños a trabajar en la selva central. Los llevaban en camiones, les ofrecían las mejores comidas en los restaurantes de las carreteras y hasta podían comprarles ropa nueva; pero cuando llegaban a su destino, les sacaban la cuenta de todos los  gastos, por lo que el pago por el trabajo que realizaban solo alcanzaba para pagar las atenciones del viaje y la comida paupérrima que le daban a diario.

En la mayoría de los casos como en el de Fortucha, viendo la rudeza del trabajo y las inclemencias del clima, con el pasar del tiempo llegaban a conocer los caminos de retorno y escapaban, caminando hasta días enteros para llegar a la carretera y tomar un bus de retorno. En las tardes, cuando nos reuníamos a jugar fútbol, Fortucha nos contaba historias fabulosas de su estadía en la selva central, sobre inmensos y torrentosos ríos, los animales salvajes y hermosas nativas de la etnia Campa que había conocido. Esa tarde, el Fortucha, que regresaba de sus labores agrícolas, me dijo con inusual entusiasmo:

-          Oy Polucha, mi cuñadita quiere contigo carajo.
-          ¿Cuál cuñadita? Le pregunté algo sorprendido.
-          Te acuerdas de la Irmacha, cuando estudiábamos en la escuela de Qarwaturko, de ella pe’ su hermanita.
-          ¿Y cómo sabes? Le pregunté intrigado.
-          Pa’ qué te voy mentir, la Susanacha, ella misma me ha dicho, la verdad no me ha dicho de frente, pero ha preguntado por ti, tu sabes que las chicas nunca preguntan así no má.
-          Pero yo no me hablo mucho con ella. Le dije como queriendo desentenderme.
-          Mira, estamos organizando un grupo para salir al pasiacuy de la fiesta del Santiago, Daniel va tocar su lonqor, la verdad es que a la Irmacha no le dejan salir sola, tiene que llevar a su hermanita.
-          Ah eso era, pero tampoco puedo negar esa chica es muy linda. Le dije.
-          Claro pe’, tu carajo joven ya y sigues jugando como los niñitos ya tendrás siquiera 15 años.
-          No le dije, tengo 12, pero esa niña es hermosa. Reconocí con un suspiro.
-          La verdá yo estoy enamorao de la Irmacha, pero te voy consejar, a las chicas les gustan muchachos que trabajen en la chacra con los piones, que laceen toros y los amansen para bueyes de arado. Además, los sábados y domingos la Irmacha y la Susancha pasan cerca de tu casa llevando a pastear sus vacas a su chacra, que te vean trabajando con los piones, para que vean que ya estás bueno para la Susana.

Esa noche casi no pude dormir pensando en la Susana, ella ya tendría unos 13 años de edad, era muy bonita, habíamos estudiado en la escuela de Qarwaturko hacía algunos años. Recordé que una vez en esa escuela, mi compañero de estudios, a quien le apodaban Kullu puku; le decían así porque en esa época todavía se utilizaban tazas de madera que en quechua les llamaban kullu puku, y a mi compañero lo consideraban así de rústico, fuerte y rudo, por eso le habían  puesto ese apelativo; él era algo mayor que yo.

Una mañana sin ningún motivo, cuando estaba por sentarme en mi carpeta, seguramente para presumir de su fortaleza con las chicas, Kullu puku me empujó queriendo pelear y me dijo “Chócala para la salida”, justamente las chicas de mi aula, entre ellas la Susana, estaban viéndome y no pude evitarlo, le choqué para la salida. Esa mañana ya no entendía nada de las clases, estaba pensando en la salida, cómo escapar o que haya aunque sea un terremoto, para que se olviden, no quería que llegue la hora de la salida, pero había que enfrentarlo.

Seguramente viéndome ansioso, se acercó a mi carpeta la profesora Delia, con cariño maternal me tomó de los brazos, con sus manos blancas y pecosas, y me dijo:
-          Algo te pasa, cuéntame.
-          Nada señorita, no me pasa nada. Le contesté, tratando de disimular mi preocupación.

Cuando salimos, nos dejaron avanzar como una cuadra, en un espacio cerca de las chacras, mis compañeros hicieron un ruedo, allí me defendí a puñetazos, pero sentí un golpe en la nariz hasta hacerme sangrar. Saltaron mis compañeros y nos separaron, varias chicas, entre ellas la Susana, me limpiaron la sangre y me consolaron, pero luego se fueron en grupo con el Kullu puku, dejándome solo. 

Yo tomé otro camino y me fui con la tristeza de la tarde, me lave la cara en la acequia cerca a mi casa, para que no sospechen que había llorado; pero a pesar de haber perdido esa pelea, a partir de ese día mis compañeros empezaron a respetarme más, porque cualquiera no se enfrentaba al Kullu puku. Desde esa época la Susana para mí era como una estrella tan hermosa pero lejana.

El día sábado, mi mamá se quejaba que había pocos peones para roturar el terreno de cerca del río que ya estaba regado, eso fue precisamente lo que yo esperaba.

-          Mamá yo puedo ayudar a los peones a desterronar, es el trabajo más fácil. Le dije.

Además, entre las herramientas teníamos un kurpa waqtaku, que era una herramienta que tenía una base de madera gruesa y un mango delgado, se utilizaba para desintegrar los terrones que dejaban el arado de bueyes y era bastante liviano.

Esperé tanto el día domingo para ver pasar a la Susanita y que ella me vea trabajando con los peones como un varón fuerte. Llegado el día, los peones llegaron temprano, el arador cargado de pasto verde para alimentar a los bueyes, les amarró el yugo y enganchó el arado. Mientras los peones estaban chacchando sus hojas de coca, en la cabecera de la chacra, a la sombra de los guindos con los pantalones y las mangas de las camisas remangadas, estaba el Wisto Félix.

Él, quitando la nervadura de una hoja de coca entre los dientes cuyas comisuras estaban teñidas de verde y negro, y viendo que yo no masticaba coca, comentó, moviendo la cabeza:

-          Este todavía está muy chiuchi, manaraqmi (todavía no). Todos sonrieron, pero yo me creía un peón más, y mi mayor ambición era que la Irmacha y la Susancha me vean trabajando cuando pasen con su ganado.

Don Fermín que había trabajado en labores agrícolas durante años para mis padres a manera de consuelo dijo:

-          Yo carajo mey enganchao para yer a la montaña a los doce años, junto con peones mayores, acaso me han ganao?

Yo seguía esperando que pasen las chicas especialmente la Susanita que no me había dejado dormir casi toda la noche. Cuando empezó el trabajo, el arado de bueyes dejaba la huella del surco y los cuatro peones teníamos una línea imaginaria que respetábamos para desterronar con nuestros kurpa waqtakos. Al principio yo avanzaba el trabajo de igual a igual con los peones, pero poco a poco me estaba retrasando y los trabajadores sin piedad estaban dejando mi parte, mis manos ardían  y dolían pero no pasaban las chicas que esperaba. 

Como a las diez y media de la mañana, los peones guiados por el sol, pararon de trabajar para descansar el miskipa aku, así era llamado el primer descanso del día. Para mí fue un alivio porque mis manos me dolían demasiado, cuando  vi la palma de mis manos tenía tres ampollas en cada palma, en ese corto descanso quise dar solución a esas ampollas, cogí espinos de anku kichka y reventé con cuidado las ampollas, creyendo que retirando la aguadija  me calmaría el dolor, pero fue peor, mis manos se enfriaron con el descanso, y el dolor no me permitía  tomar el mango de la herramienta. Allí nomás mi madre me salvó, me llamó y me dijo que la pastora de los animales no había llegado y que tenía mi fiambre listo para llevarlos a pastar a los cerros; justo cuando me iba derrotado, aparecieron la Irmacha y la Susanacha, siguiendo sus vacas, ya ni les miré de vergüenza.

Tomé un palo grande y me fui siguiendo a los animales por el camino sobre el cementerio, a esos pequeños pastizales que se habían salvado de las heladas por estar protegidas por los alisos, que crecían en los bordes de la acequia que bajaba del cerro. Mientras los animales buscaban el poco pasto que había, yo corría con mi honda de jebe tras las palomas, o a veces de las perdices que aparecían en las lomas.

Así llevando siempre el ganado a los cerros me enamoré de esos campos, de esas colinas, de sus caminos, de la lejanía y de la soledad. A veces en esos cerros, cantaba con todas mis fuerzas sin ninguna vergüenza porque nadie me oía, gritaba buscando ecos; pero también, en las tardes me llegaba la nostalgia al ver de lejos el inmenso valle con su serpenteante río Opamayo, como presintiendo que algún día me alejaría para irme a otros pueblos, a veces sin motivo me salía lágrimas cuando el sol se moría triste en la tarde ensombreciendo los cerros y el cementerio con su melancolía solitaria.

Serían las seis de la tarde del día pactado para el pasiakuy, cuando escuché el silbido característico de mi amigo Fortucha, salí corriendo, algo avergonzado por no haber logrado que las chicas me vieran trabajando junto con los peones, pero felizmente no tocó nada de ese tema. Impetuoso me dijo:

-          Nos vemos a las siete de la noche en la puerta de su tienda de tía Úrsula, allí será reunión.
-          Voy a pedirle permiso a mis papás para salir, claro yo salgo a jugar y conversar con los muchachos en las noches, pero cerca de la casa para que cuando me llamen regrese; pero ahora será diferente, saldremos a lugares alejados. Le dije preocupado.
-          No se seas sonso, para salir en la noche no le digas nada a nadies, ándate a adormir y cuando están descuidados sales nomá.

Salí de mi casa despacio y con mucho miedo, más que por mis padres, por los caminos oscuros que tenía que pasar. Incluso pasaría solo, en esa oscura noche, esos lugares donde hacen descansar a los cadáveres cuando los llevan a enterrar al cementerio, pero la emoción de ver a la Susana, me hizo increíblemente fuerte, no tuve nada de miedo al momento de pasar esas zonas donde a veces decían que las almas penaban.

Cuando llegué a la plazoleta, la luz de la lámpara de la tienda de mi tía Úrsula alumbraba a un grupo de amigos del barrio. El vecino Daniel ya estaba con su lonqor, ese instrumento que en las noches sonaba como el lamento de los espíritus de los cerros, como si estuviera hecho de los huesos gigantes de los gentiles que estaban enterrados bajo las inmensas rocas en los cerros. El músico estaba emponchado, con sombrero y chalina, como la mayoría de los muchachos. Algunas chicas conversaban en un grupo aparte, todas llevaban sus tinyas, esos tamborcitos dolorosos que acompañan las canciones. Los varones pidieron colaboración para comprar licor de caña con gaseosa, cigarros y algo de hoja de coca.

Yo estaba algo alejado, pero cuando llegó mi amigo Fortucha, me dijo:

-          Qué haces paraú ay, entra al grupo, tienes que impresionar a la Susanacha, si por siancaso nos encontramos en los caminos con algún grupo ajeno que quiere sobrepasarse con nuestras chicas, tenemos que defenderlas a puño limpio, cuando vienen a joder los muchachos de la ciudad es fácil porque esos no tienen fuerzas, no alcanzan ni para un ñeque, pero en otros barrios si hay personas recias a los que tenemos que enfrentar.

-          Vamos carajo. Le dije, haciéndome el valiente.

La pandilla partió por esos caminos solitarios en la noche, bajo la tenue luz de la luna, adelante Daniel tocando el lonqor, atrás las chicas con sus tinyas, cantando; más atrás los varones en columna de dos. Conforme se iba tomando el licor de caña, las canciones iban sonando más alto y las mujeres que estaban adelante se iban emparejando con los varones, mi amigo Fortucha tomó a la Irmacha y puso a mi lado a Susanacha.

Cuando la tomé de la mano, la noche era más hermosa, las canciones tenían sentido, la música del lonqor, me envolvía el corazón, hasta podía pasar ese licor amargo con más facilidad. Qué hermoso era cantar Santiagos con ella, esos caminos cercados de guindos y maguey, se iluminaban de alegría en esa noche de jolgorio. “He llegado o no he llegado a la casa que he deseado, o me estaré confundiendo con el polvo del camino…”, “Alfalfita verde flor moradita a ti te persiguen lindas mariposas, a mí me persigue solo la desgracia…” “Casi, casi yo me he casado en esta cuadra de los casados, imallapaqraq kasarakuyman kay runa hina waqallanaypaq...”. Y la tinya de la Susanacha, de mi Susanita, sonaba en mi corazón, mi corazón ya era una tinya que cantaba con cada mirada de mi amada; embriagado de su belleza más que del cañazo le dije que la amaba, ella me miró y me dijo:

-          Todavía no pienso en tener enamorado, más adelante quizá, debemos conocernos más.

Pero cada vez que en la oscuridad el camino pedregoso nos tastabillaba, sentía que ella con confianza se tomaba de mis brazos y eso era suficiente muestra de que luego podíamos llegar a ser enamorados.

En el camino algunas parejas salían del grupo y luego retornaban, ya eran enamorados y eran mayores. Cuando regresamos pasada la media noche, a la plazuela donde iniciamos el pasiakuy, nos despedimos con alegría y una confianza inusitada, luego Fortucha y yo, llevamos de regreso a las muchachas a su casa. Algunos tramos yo llevaba de la mano a la Susanita, con un aire de triunfo, hasta que la dejamos en la puerta de su casa.

Esos días no dejaba de pensar en la Susana, tenía encendido de ilusión el corazón. Una tarde me armé de valor y la esperé cuando regresaba de su escuela, intentando aparentar que el encuentro fuera casual. Pero antes que yo me acerque, ella me llamó:

-          Hola Polito, te he estado buscando, el día 25 en la mañana vamos hacer la fiesta del Santiago en mi casa, dile al Fotunato para que vayan.

 Me dijo con toda naturalidad, mientras que yo lleno de nervios atiné a decirle:
-          Gracias -pero aproveché también para preguntarle si podía salir antes para conversar.
-          No puedo mis papás no me dejan, sospechan que estoy enamorada.
-          De quién. Le dije
-          En la fiesta te cuento. Me dijo y se fue.

Esa tarde mi corazón se quería salir de mi pecho, llegué corriendo a la casa de mi amigo Fortucha.

-          Tenemos que ir a la fiesta del Santiago de la Susana -le dije como rogándole.
-          Si, ya sé -me dijo- vamos a ratar a su toro más fuerte, allí vas a demostrar que eres valiente.
-          Yo por la Susanacha soy capaz de ratar a un elefante. Le dije bromeando.

El día de la fiesta nos sentamos sobre unos troncos en el patio de la casa, allí la Irma trajo un plato de cuy chacktado, para mi amigo Fortucha y luego apareció la Susana con otro plato similar para mí y me entregó con una sonrisa pícara. Después de la comida sirvieron upito de chicha con achita, luego pasamos al corral donde empezó la ceremonia del Santiago. Los caporales con mantas multicolores a la espalda armaron la “mesa” que era una manta extendida en el suelo, en ella unos corrales con ichu y las hojas de coca en cada espacio, para que los asistentes escojan las mejores hojas que representaban el ganado. 

Un vecino disfrazado de párroco, fomentaba risas con sus rezos distorsionados, a quien luego de haber “bendecido” la fiesta lo llevaron a la “cárcel” por sus pecados. Tenían que sacarlo los “abogados”, sustentando sus alegatos en hojas de eucalipto; al aceptársele el recurso, le dieron  libertad, exigiéndosele que tome una buena copa de cañazo. Luego sucedió lo que esperábamos, autorizaron que se tomen de los cuernos al ganado para ponerles la cintas en las orejas.

-          Ya pueden ratar a las vacas y toros.

Los muchachos salieron en tropel a coger a las vacas y toros de los cuernos. Fortucha corrió detrás del toro que habíamos escogido, lo tomó de la cola, el toro saltó la cerca y con él Fortucha. Ya en el rastrojo de maíz, logró llegar corriendo al lomo del toro y luego a sus cuernos, yo que corría atrás llegué al otro lado del cuerno. Entre los dos lo controlamos, el toro por momentos corría para zafarse de nosotros, nos llevaba en el aire pero al tocar suelo lo frenábamos en los surcos con los pies, hasta llegar a una pared. Nunca he sentido tanta emoción como cuando rataba a los toros, sentir que se puede dominar a un animal tan fuerte.

Luego llevamos al toro hasta el corral, allí, mientras le ponían cintas en las orejas a los otros animales, nos invitaban cada cierto tiempo, casi obligándonos a tomar alcohol de caña, después se nos acercó la Susana y con una delicadeza casi acariciándome me embadurnó  harina de maíz molido en todo el rostro y se fue a seguir cantando.

Cuando llegó el turno de ponerle las cintas en la oreja al toro que estábamos ratando, las cantantes se acercaron alrededor, la voz de mi amada Susana era distinta, delicada como de esas torcazas que posaban en las altas ramas secas de los eucaliptos. Nosotros  teníamos tomado del cuerno al toro, pero con una mano tapándole el ojo, para controlarlo mejor, cuidándonos que no levante la cabeza que podría lastimarnos, pero el licor de caña y las canciones me embriagaron, más aun viendo a mi amada Susanacha bailar y cantar. La música del lonqor y la tinya envolvía toda la alegría del campo, y la sonrisa de mi Susana iluminaba todo el regocijo de mi corazón enamorado, me sentía en las nubes, como un personaje valiente que podía dominar las fuerzas de un gran animal.

Al término del marcado del ganado, como premio, nos dieron unas huallqas consistentes en frutas y quesos secos con rosquillas, lo cual lo comimos para que nos pase un poco el efecto del licor, caminamos abrazados con mi amigo Fortucha, orgullosos, con aires de triunfo por haber ratado el toro más brioso.

Terminada la fiesta, nos fuimos bailando y cantando a la ceremonia del cerrojo, nos buscamos con la Susanacha, sus tibias manos se enredaron a las mías, y así tomados de la mano fuimos detrás de los caporales y de las personas mayores que llevaban en una manta la “mesa” de la fiesta a un cuarto oscuro. Allí cantamos “Hasta huknin wata kunan hina kama, cerrujuy, cerrujuy…”

Mientras la tinya y el lonqor llenaban de música la habitación oscura, los labios de Susana y los míos se juntaron, en esos besos que no se olvidan nunca. Mi corazón como una lámpara encendida de amor iluminaba todo el amor que sentía por mi adorada Susanita. Así empezó ese sentimiento puro que hasta ahora lo guardo como en una urna en mi alma y cada vez que oigo la melodía del lonqor, su recuerdo es una herida, un río sin consuelo que me atormenta.  Ahora que estoy lejos, la melodía del lonqor seguirá hiriendo las noches de mi pueblo, pero no tendrá quien lo derrame en su alma, como yo, suspirando por el amor de una pampina.

Autor: Leopoldo Pacheco Orellana
Publicación del Blog Saposaqta
Fotografía: Claudia Ugarte



sábado, 19 de octubre de 2019

SAPOSAQTA: 12 AÑOS DIFUNDIENDO CULTURA




SAPOSAQTA: 12 AÑOS DIFUNDIENDO CULTURA

En octubre del año 2007 publicamos por primera vez un artículo de reconocimiento al pintor César Yauri Huanay, nacido en el distrito de Ahuaycha y radicado en España. Para nosotros era importante realzar su obra tratándose de un tayacajino neto. Era el nacimiento de nuestro Blog

Nuestro propósito, fue convertirnos en un medio de difusión, que sea leído por las nuevas generaciones de jóvenes, para así sensibilizar su amor por nuestra tierra, conociendo su historia, a sus escritores, a sus poetas, a sus pintores, a sus artesanos, a sus fotógrafos, a sus cineastas, a sus músicos tayacajinos.

El Blog SAPOSAQTA en la actualidad viene cumpliendo el objetivo que nos habíamos trazado cuando empezamos esta aventura. Hemos recorrido todos los confines de nuestra provincia donde hemos conocido hermosas historias y relatos de estos maravillosos pueblos, hemos publicado relatos, crónicas, semblanzas, artículos de escritores nacidos en Tayacaja, o artículos relacionados a nuestra provincia en la pluma de escritores o estudiosos nacidos en otras latitudes, hemos difundido eventos culturales, exposiciones de pintura, exposiciones de fotografías en este noble fin de Saposaqta.  

Además, SAPOSAQTA, se ha configurado en un referente de institución cultural eficaz, que en su existencia ha logrado incorporar y difundir magistralmente tradiciones y vivencias de la cultura Tayacajina, a pesar no disponer de activos materiales (fuentes de financiamiento ni infraestructura necesaria), tan solamente con activos simbólicos, como iniciativa, creatividad e inteligencia de sus creadores, logrando concretar el nacimiento y vigencia sostenida de tan original e importante espacio de expresión, al tiempo de entregarnos una hermosa enseñanza de desprendimiento y vocación de servicio.

Nuestras publicaciones han sido alimentadas por nuestros colaboradores que gentilmente han cedido sus artículos. Son muchos los que han hecho llegar sus artículos para que sean difundidos al mundo y desde este Blog queremos hacer una mención especial para Antonio Muñoz Monge, Carlos Zúñiga Segura, Hernán Canales Acevedo, Miguel Angel Alarcón León, Magno Gutiérrez, Enríquez, Miguel Martinez, Raúl Chávez Alvarez, Néstor Godofredo Taipe Campos, Juan Taboada Méndez, Leopoldo Pacheco Orellana, Juan José García Miranda, Aída Chumacero Rodriguez, Isaac Huamán Manrique y a todas las personas que nos brindaron su aliento y apoyo para seguir adelante en la búsqueda e investigación de la cultura tayacajina.

Han pasado muy rápidamente estos 12 años, y sentimos orgullo de haber sido el primer BLOG de difusión de Tayacaja.

Queremos compartir un saludo llegado a nosotros:
SAPOSAQTA es la gran ventana donde podemos observar la cultura de Tayacaja, en sus máximas expresiones. Danza, literatura, costumbres, historia, etc. Se nos presentan de manera amena y nos acercan profundamente a nuestra identidad. Sin duda, una labor admirable de los intelectuales pampinos, a quienes extiendo un saludo de gratitud. Feliz Aniversario.

César Ochoa Chávez
Sub editor de Proyectos
Revista Etiqueta Negra

Infinitas gracias por vuestros saludos en este 12 Aniversario del Blog Saposaqta.





lunes, 12 de agosto de 2019

CLAUSURA DE LOS JUEGOS PANAMERICANOS




DANZANTES DE TIJERAS  …  LOS HERMANOS CHAVEZ

La apoteósica clausura de los Juegos Panamericanos pasará a la historia por la belleza y mejestuosidad, de un evento donde se resaltó a través de las danzas de la costa, sierra y selva la grandeza del Perú como país multirracial y  pluricultural.

Debemos estar muy orgullosos como TAYACAJINOS que la Danza de Tijeras  que vimos admirados durante la Ceremonia de Clausura fue ejecutada por 30 danzantes bajo la dirección de FREDDY CHAVEZ, tayacajino de nacimiento y de corazón.

Queremos felicitar por el maravilloso espectáculo que brindaron los 30 disciplinados danzantes, quienes,  luego de un duro ensayo de cuatro semanas nos regalaron una coreografía perfecta en movimientos y ritmos, conservando la esencia original de este maravilloso arte. Cabe resaltar el desprendimiento de los 30 danzantes para poder representar a Huancavelica en forma voluntaria y dar su cuota de belleza a un evento que pasará a la historia. (MASUFLO)

domingo, 5 de mayo de 2019

LA BAJADA DE LA CRUZ





LA FIESTA DE LA CRUZ

Los recuerdos de José María Arguedas en Pampas, capital de la provincia de Tayacaja datan de 1928. Tenía entonces 17 años y cursaba el tercero de media en el Colegio Santa Isabel de Huancayo, cuando su padre decide ejercer la profesión de abogado en Pampas. En un acápite de su relato de Los ríos profundos Arguedas relata los acontecimientos ocurridos durante su estadía.

Además Arguedas escribió la Fiesta de la Cruz(La Cruz de Pampas), publicado en el diario La Prensa de Buenos Aires en 1941 1943 y recogidos en “Indios, mestizos y señores” (Ed. Horizonte 1989).

Este Blog Saposaqta se complace en publicar un fragmento de La FIESTA DE LA CRUZ del escritor José María Arguedas, extraído del libro “Pampas Tayacaja en la memoria de Arguedas” del escritor Tayacajino Carlos Zúñiga Segura.

La grandes cruces que los indios clavan en la cumbre de los cerros son bendecidas una sola vez. Nuevas todavía reciben la bendición en el atrio de la iglesia; después la cargan en faena centenares de indios entre el griterío de los que dirigen la faena y el ruído de las bandas de músicos nativos. Suben los cerros despacio descansando, cantando en los relevos y llamando al pueblo de cada recodo del camino. Ya clavada la gran cruz queda ahí para siempre, mirando al pueblo y dominando todas las tierras que son del pueblo. Y los caseríos próximos, las chukllas (chozas) de los alrededores, las estancias, se creen amparadas; los indios se sienten seguros viendo la cruz.

En noches de luna, la cruz aparece en la cima de la montaña; en los días de tormenta, los rayos caen cerca de la cumbre donde está la cruz y los indios creen que los rayos danzan en torno a la cruz sin herirla nunca; y cuando están cerca, en el cerro, se guarecen bajo las piedras que sirven de pedestal a la cruz y miran tranquilos la tormenta, y el pueblo oscurecido por la lluvia.

Pero hay un pueblo que hace bendecir su cruz “calvario” todos los años. Es un pueblo grande y raro. Un pueblo donde los vecinos principales odian a los forasteros. En las tierras próximas al pueblo siembran linaza y esto también es raro, porque es la única tierra de la sierra donde he visto sembrar linaza; y cuando la linaza está en flor, todo el campo parece un lago azul un lago que sube a las laderas, que se tiende en los baleríos y en las orillas del riachuelo que cruza la quebrada

Este pueblo se llama Pampas y está en el centro del Perú. Los indios de Pampas hacen bendecir todos los años la cruz “calvario” que está clavada en un gran cerro que comienza desde el canto (extremo) del mismo pueblo. El cerro está desnudo, y en el mes de mayo, el poco pasto que brota en los meses de lluvia ya está marchito, los arbustos de tankar y kopayso están negruscos y sin hojas. Por eso los indios no bajan la cruz por el camino, sino de frente, por la cuchilla del cerro. Todos los indios suben a la montaña en la madrugada con la cruz del amanecer y se reúnen al píe de la cruz, cuando sale el sol, desde el pueblo medio vacío los principales miran a los indios hormigueando en la cima del cerro, junto a la cruz “calvario”.

Es una cruz enorme de eucalipto. Casi medio día luchan por sacarla de su pedestal, y el otro medio día la arrastran por el cerro, con cuidado, abrazados por todo lo largo de la cruz y a sus dos brazos gritan al cerro de rato en rato y van reemplazándose. El que ha visto una vez esta bajada de la cruz “calvario” de Pampas, no puede olvidarla nunca.

Llegan oscureciendo, cuando el crepúsculo ilumina la quebrada y las crucecitas de los techos parecen tristes bajo la luz dorada del cielo. Los indios llegan a la plaza, con la cruz “calvario” casi en silencio, cansados. Y pasan la noche en la misma plaza, velando la cruz, conversando, tranquilos, y tomando chicha y aguardiente en silencio sin hacer bulla. Porque esta región es pobre en danzas y en canto (….)

José María Arguedas
La Prensa, Buenos Aires 29 de Julio de 1941


lunes, 21 de enero de 2019

FIESTA DE ENERO EN PAMPAS





La Santísima Virgen Purísima es la Patrona de la ciudad de Pampas Tayacaja, y la celebración de su fiesta se realiza anualmente en este mes de enero, motivo por el cual, la ciudad se viste de gala y alegría. Es tradicional el retorno de sus hijos a su terruño, al reencuentro con su Santa Patrona, y al reencuentro con familiares y amigos luego de ausencias obligadas por el destino.

La celebración se inicia a partir del 10 de enero con “novenas” religiosas organizadas durante las noches en la iglesia principal, para luego del “rosario”, los feligreses sean agasajados con sendos “calientitos” para combatir el frío de la noche. Actualmente los novenantes suelen contratar a una orquesta típica o una banda de músicos para que al son de un huayno logren  invitar al público a dar unos pasitos de baile embriagados por la alegría de la noche.  

El día 18 de enero termina las novenas y es el gran “remate”. La noche se torna más alegre con la llegada de la banda y orquesta “oficial” de la fiesta. Muchos pampinos retornan para esta fecha desde diferentes ciudades del Perú y el extranjero. Se dice que solo en esta fiesta, Pampas alberga nuevamente a sus hijos que un día partieron a tierras lejanas. Solo en este mes de enero se podrá encontrar a las amistades y amigos de antaño. En otras fechas del año será muy difícil hallarlos.

 Al día siguiente 19 es la “víspera” del día central. Es una noche inolvidable por la alegría y algarabía reinante en la ciudad. La iglesia bellamente iluminada adorna la plaza, el cielo es invadido por globos aerostáticos multicolores, en las esquinas encienden fogatas para dar calor al visitante, las luces de los fuegos artificiales iluminan los rostros de la muchedumbre, las bandas y orquestas típicas entonan melodiosos huaynos, mulisas y tunantadas de moda, los jóvenes y chicas bailan en armoniosas rondas en las esquinas y centro de la plaza, otros celebran el reencuentro con viejas amistades bebiendo néctares preparados con caña de la región en pequeñas carpas instaladas en la plaza, parejas de amantes se juran amor eterno a escondidas de las miradas ajenas, los vecinos agolpados en las esquinas miran asombrados la quema de los castillos de la noche, mientras los niños juegan a lo largo y ancho de la plaza.

Al día siguiente la ciudad es despertada por 21 detonaciones de dinamita muy de mañana llamados “camaretazos”, las campanas de la iglesia repiquetean incesantemente llamando a misa  a la feligresía. Luego de la Misa en honor a la Virgen Purísima celebrada con la presencia del Mayordomo y las principales autoridades de la ciudad, se inicia la Procesión del trono de la Virgen Purísima bellamente adornado, haciendo un recorrido por las principales calles de la ciudad.

Los acompañantes hombres y mujeres, vestidos con sus mejores galas, elevan sus plegarias rezando y cantando en cada esquina de la ciudad, siguiendo el recorrido tradicional de la procesión. Algunos acompañantes esconden todavía en sus rostros los estragos de la noche anterior con gafas oscuras, pero satisfechos de estar cumpliendo con la Mamacha.

Luego del retorno de la Virgen a la Iglesia, los Mayordomos de la Fiesta invitan a la población en general al tradicional Banquete o almuerzo masivo, en agradecimiento por su participación. Terminado la gran comilona con los mejores potajes pampinos como el plato de “cuchicanca” con su porción de mote de maíz hervido “toda la noche” y algunos brindis ofrecidos por el mayordomo, se dirigen hacia la plaza de armas a continuar con la tradicional  yunza o cortamonte al frente del local Municipal. 

Esta costumbre es propia de los carnavales en todo el Perú, pero en Pampas, desde hace algunos años han instituido esta costumbre. Y son varios los árboles que caerán esa tarde al compás de las bandas y orquestas generando algarabía en la gente. Paralelamente a este acontecimiento se realiza el “tradicional Jala Pato” que hoy, por suerte, el noble pato ya no es decapitado cruelmente como antaño donde nuestros antecesores sometían a suplicios al pobre animal, haciéndole beber aguardiente de caña para emborracharlo, luego pasearlo exhibiéndolo ante el pueblo para finalmente decapitarlo por gente sin escrúpulos mostrando luego la cabeza del pato como trofeo de guerra al son de alguna fanfarria ejecutada por la banda de músicos.

Esta costumbre felizmente ha pasado a la historia gracias a las nuevas generaciones de jóvenes que han optado inteligentemente por colocar al pato en una canasta de mimbre, adornada y con cintas de seda colgantes para que los participantes jalen las cintas, encontrando en cada una de ellas una sorpresa de compromiso para regalar el próximo año al mayordomo el mensaje adherido a la cinta.

En los siguientes días se realiza la entrega de toretes al Mayordomo, becerros tiernos comprados a última hora, o en algunos casos alquilados o “comprados” al mismo mayordomo para hacer la finta de entrega del noble astado. Esta entrega de ganado se realiza en el barrio de Chalampampa, en el barrio de Daniel Hernández y la entrega más pintoresca es en el cerro San Cristóbal, rememorando tiempos idos cuando los hacendados de entonces aparecían por las cumbres del Yanapadre con el toro ofrecido, ataviados con poncho, macora y pañuelo blanco al cuello. 

La concurrencia a estos lugares es masiva, acompañando a los “obligados” que así se llaman a los donantes, por amigos y familiares. Esta gran fiesta de entrega de toros termina con un baile general y con muchos tragos encima.

Como si fuera poco la fiesta termina con una gran corrida de toros, con diestros traídos de lugares donde se practica esta afición.

En conclusión la “Gran Fiesta de Enero”  en homenaje a la Santísima Virgen Purísima Patrona de Pampas, resulta inolvidable para propios y extraños. Los forasteros que llegan por primera vez terminan tan encantados que hacen promesas de volver año tras año. Aquí nacen amores para toda la vida, como amores pasajeros  llamados “de fiesta de enero”

En los últimos días de la Fiesta se acostumbra a proclamar al nuevo Mayordomo para el próximo año, labor que éste,  deberá desempeñar comprometiendo a los amigos y conocidos, durante todo el año, asistiendo a todo evento que se organice, sea publico o privado, esto es, ceremonias cívico patriotas, cumpleaños de los supuestos colaboradores, para lo cual el nuevo Mayordomo tendrá un presupuesto especial para gastar en estos menesteres.  

En el mes de noviembre el Mayordomo tendrá que recordarles a los colaboradores que estamparon su firma comprometiéndose a colaborar. Este acto se llama “Yaycupacu” o “Yuyarichiq” y consiste en enviar una fuente de dulces, bocadillos de la localidad y una botella de licor que varía según lo ofrecido a cada colaborador.

Esta Fiesta del veinte de enero, de homenaje a la Santísima Virgen Purísima tiene una magia increíble para el visitante; lograr el reencuentro de amigos y familiares separados por el destino, que agradecidos prometen retornar año tras año, a este hermoso valle de Pampas. Y termino estas notas con unos versos de Leopoldo Pacheco, poeta Tayacajino.

Nunca un adiós duele tanto como en Rumichaca
jamás las lagrimas calcinan tanto la herida abierta
nunca un puente da tanta sombra al dolor humano
jamás su lamento en la noche hiere tanto el alma

Pero al volver al vergel celestial de mi Pampas
todo el puente canta, como ahora está cantando
los pajarillos trinan, como ahora están trinando;
el río dócil sonríe acariciando la verde romanza…” 


Artículo: Manuel Suárez Flores
Poema: Leopoldo Pacheco Orellana
Imagen: Plaza Principal de la ciudad de Pampas